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miércoles, 10 junio 2026
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“El pueblo unido jamás será vencido”

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Por Nelson López Rojas

Hay canciones que nos marcan por diversas razones. Las escuchamos, las heredamos de nuestros padres, las transmitimos como una certeza emocional que sobrevive, incluso cuando la historia que las rodea se desmorona. Está aquella de Los Bukis donde el de los timbales tiene un flow súper intrigante; aquella otra de navidad o aquella que de chiquitos cantábamos en inglés sin saber lo que decía; y están otras como “El pueblo unido jamás será vencido”, compuesta por Sergio Ortega e interpretada por Quilapayún, que es tan simple como irresistible. Esta canción nació en Chile hace más de medio siglo, en un momento en que la esperanza y la unidad era lo único que tenían los chilenos.

En los murales de Ciudad Delgado se destiñen las consignas del Frente cuando ganó Funes. “Viene la esperanza” —rezan. Pero las canciones no envejecen igual que los procesos históricos ni que los murales. Las canciones permanecen, pero ya todos sabemos que la historia es complicada.

Hace poco, una amiga me envió un clip de Instagram con esa melodía. Me dijo que todavía la hace llorar y no por nostalgia, sino por la sensación de traición. No es la primera vez que escucho eso. En El Salvador, como en otros lugares, hay quienes no solo recuerdan la lucha, sino que sienten que aquello por lo que se luchó se diluyó cuando llegó al poder. La revolución, dicen, no fue derrotada desde afuera, sino desde adentro.

La escuché también —accidentalmente— en una marcha pro-palestina en Canadá, pero en inglés: “The people united will never be defeated”. Ahí estaba, intacta, limpia, pero sin las capas de desencanto que carga en otros contextos. Para quienes la cantaban, era todavía una promesa viva, pero para mí, era otra cosa, era un nosequé, una especie de eco atravesado por la duda en un país extraño.

Lo que plantea la canción es, en esencia, una ficción necesaria, una idea de un “pueblo” homogéneo, moralmente coherente, capaz de sostener su unidad incluso frente al poder.

¿Pasa? No.

La historia, o Dios, tiene esa manía de irrespetar nuestras ficciones. Los movimientos que nacen desde abajo necesitan construir un “nosotros” claro, movilizador y casi puro. Sin esa claridad, no hay marcha, no hay consigna, no hay impulso colectivo, no hay gane. El problema empieza cuando ese “nosotros” llega al poder.

Ahí, lo que era convicción, lucha y sacrificio se convierte en negociación, aunque no siempre por maldad abierta, sino por una combinación más difícil de señalar. Dicen que en “el arca abierta hasta el justo peca”, pero también está el pragmatismo, la supervivencia, la ambición, la comodidad y, sobre todo, el hambre de poder. Cuando quien no ha tenido, llega a tener y a ejercer, el poder se habita. Y al habitarlo, transforma, si no, veamos miles de ejemplos de guardias de seguridad que se creen los dueños del centro comercial o del condominio.

Es en ese punto donde la advertencia de George Orwell en Animal Farm deja de ser literatura para volverse espejo. “Todos los animales son iguales,” decía. “… pero algunos animales son más iguales que otros”. No como una acusación aislada, sino como un patrón que se repite una y otra vez en Chile o en El Salvador. Las jerarquías regresan, los privilegios se reorganizan, los discursos se ajustan, los ideales se desvanecen y cambian los nombres, cambian los símbolos, pero la estructura persiste.

Aquí ocurre algo más doloroso que la derrota del Frente o de ARENA en las elecciones, aparece el desencanto de quienes marcharon, arriesgaron y creyeron en la promesa original, de los que lucharon —como mi amiga que me recordó la canción. Ellos son los que no se reconocen en lo que vino después. Ven a antiguos compañeros convertidos en administradores del poder, en beneficiarios de aquello que antes denunciaban. Casas, gasolineras, negocios, influencias…

Pero hay una trampa en esta lectura, pues no podemos asumir que todo fue mentira desde el inicio. Tal vez no lo fue. Tal vez la convicción era real, pero incompleta. Tal vez el problema no es que el sueño fuera falso, sino que era más grande que la capacidad humana de sostenerlo sin deformarse. Las personas no dejan de ser humanas cuando acceden al poder; si acaso, lo son más. Y con eso vienen las mismas tensiones de siempre, con los mismos de siempre. He ahí donde desaparece la conciencia y aparece el interés propio, miedo, deseo de estabilidad, necesidad de justificar decisiones y, otra vez, el desencanto.

Pero volvamos a la canción. Esa canción que no pierde su fuerza, al contrario, la conserva precisamente porque no describe la realidad. Es una aspiración contra la cual se puede juzgar lo que vino después y por eso sigue emocionando, incluso a quienes ya no creen del todo en ella. No habla de lo que es, sino de lo que pudo haber sido.

Escucharla hoy para mí es un acto ambiguo. Siento la potencia de la unidad y la impotencia de su fragilidad. Quizá lo más honesto para mi amiga, para mí y para miles de personas que no olvidan la canción no sea renunciar a ella ni aferrársele como verdad absoluta, sino entender su lugar. La canción no fue mentira; la guerra no fue mentira, pero tampoco fue garantía que las cosas iban a cambiar. Ni ARENA, ni el Frente, ni Bukele. Entonces me pregunto, ¿qué tendría que pasar para que, esta vez, el pueblo unido no solo resista, sino también gobierne sin olvidarse de sí mismo?

Ese “pudo haber sido” no existe.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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