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domingo, 01 de agosto del 2021

El Profe no entendí­a por qué lo golpeaban

El Profe era un profesional salvadoreño que habí­a sido encarcelado en Chile por ser de izquierda y apoyar al Presidente Salvador Allende, el cual habí­a sido asesinado por los militares en un golpe de estado hací­a apenas tres dí­as. Él se encontraba en una celda personal tan estrecha que era difí­cil sentarse; lo habí­an hecho dos preguntas en el interrogatorio: cuál era su nombre y el número de su cédula de identidad. No se habí­a podido acordar del número de ese documento, lo habí­an golpeado severamente en la espalda, estómago y pecho hasta que se desmayó; recobró el conocimiento en esa celda, habí­a logrado comer unos fideos en proceso de putrefacción, porque tuvo la idea de sacar su zapato por una abertura que tení­a la puerta en la parte de abajo, para que le sirvieran comida.

No lograba comprender porque le habí­an hecho sólo esas dos preguntas. Entendí­a que se enojaran por que no se acordaba del número de carnet de identidad, ya que en Chile todas las personas se lo saben de memoria. Pasaba horas tratando de acordarse de ese maldito número, pero no le era posible, ya habí­a utilizado varias formas de recordar: la visión del carnet, pero cuando llegaba a la parte en donde estaba el número no habí­a nada; habí­a utilizado cientos de combinaciones de los primeros números, tení­a la creencia que era una cifra de ocho números; se habí­a acordado de varias ocasiones en que le pedí­an su número de carnet y él lo buscaba en su cartera, pero cuando miraba el documento se le borraba toda la imagen.

Comprendí­a que los militares estuvieran enojados con él por ser un extranjero que formaba parte de la comisión de lí­mites territoriales gubernamental, en donde se codeaba con los máximos jefes militares de la región de Tarapacá y de la inteligencia militar; por ser gerente de la universidad católica de la provincia, en donde estudiaban los jóvenes más adinerados de todo Chile; por ser un profesor muy querido por los estudiantes, los profesores y el personal administrativo; por vivir en la casa que un capitán del ejército le alquilaba; por ser parte de la  estructura militar de los partidos de izquierda para defender el gobierno de Allende; por ser comunista y asistir con sus hijos todos los domingos, observar la parada militar de izamiento de la bandera nacional y luego saludar cordialmente al oficial que dirigí­a esa actividad protocolar. No creí­a haber abusado de la amistad con la secretaria de la comisión de lí­mites, la cual era muy bonita (cara, cuerpo y corazón), además de ser la esposa de un capitán de aviación destacado en la región. Creí­a haberse portado profesionalmente cuando el máximo jefe militar de la región le reclamó amistosamente por el hecho que el Profe dirigí­a directamente una actividad de extensión universitaria que consistí­a que los mejores alumnos(as) de la carrera de administración de empresas (todos ellos hijos de familias adineradas del paí­s) ejercí­an como ejecutivos de seis grandes empresas industriales gubernamentales  en sustitución de los profesionales que habí­an decidido abandonar el paí­s por miedo al socialismo.

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