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sábado, 15 de mayo del 2021

El Paraestado salvadoreño

Habí­amos postergado nuestro encuentro durante varias semanas, entre mi trabajo y sus ocupaciones no lográbamos hacer tiempo. Marisela, futura antropóloga de 24 años, quiere entender cómo la migración indocumentada ha cambiado su pueblo, Lislique, ubicado al norte del departamento de La Unión. Me pidió ayuda para confeccionar su diseño de investigación.

Un sábado por la tarde tomo el bus a su colonia. Me ubicó “a lo salvadoreño”: subir las gradas a la par del taller de bicicletas, cruzar el parqueo, seguir recto, al quinto edificio a la izquierda, subir las gradas del fondo al tercer nivel en el 305.

El ambiente luce lúgubre. Solo los ladridos de un chucho interrumpen el silencio sobrecogedor del lugar. Subo unas escaleras y llamo a Marisela para avisarle que estoy en su edificio. Marisela asoma la cabeza desde su balcón, pero se dirige a los dos muchachos que vienen detrás de mí­ desde hace algunas cuadras —de cuya presencia no me he percatado—: “¡Él viene conmigo, bichos!”. Uno de ellos, el que exhibe en su pecho un número XVIII tatuado, le responde: “Ya sabe que tiene que avisar si trae visita”. Marisela contesta con un “vaya” sin descongelar una sonrisa nerviosa.

Entro, cierro la puerta del apartamento, como si cerrándola se acabara el miedo que me invade. Marisela se disculpa conmigo, olvidó explicarme el protocolo para ingresar al paraestado salvadoreño (su colonia). Entre tazas de café y semita, avanzamos en su diseño de investigación. De pronto, Marisela me revela que San Salvador le parece muy caro. Este multifamiliar fue lo más asequible que encontró. Esto a pesar de que esta colonia exige gastos extras: cada apartamento paga “sereno”, es decir, “los postes” o vigilantes de la pandilla ubicados en cada esquina.

Quienes tienen carro deben pagar parqueo a la clica. Las visitas están restringidas hasta las seis de la tarde. Cada negocio paga una “colaboración” y tienen permiso de funcionar hasta las 8:30 de la noche, si alguno de los negocios quiere funcionar luego de esa hora, deben pagar una colaboración más alta o ayudar de otra forma a la pandilla. Doña Tere, por ejemplo, tiene un toque de queda al estilo de Cenicienta, tiene permiso de vender tortas mexicanas hasta la medianoche. A cambio debe almacenar droga en su local.

En el paraestado salvadoreño los profesionales deben ponerse al servicio de la pandilla. Un médico atiende sus emergencias cuando así­ lo requieren. Un árbitro ha organizado una escuela de fútbol y una profesora les brinda clases de refuerzo, a cambio gozan de un descuento en el monto de su colaboración.

Tengo que irme, ya es tarde. Marisela me acompaña al taller de bicicletas a tomar el bus. Más tarde le escribo para comentarle que he llegado bien a mi casa. En cambio, ella me cuenta que uno de los postes la ha parado para preguntarle quién soy yo, y que “no la quieren ver vacilando con alguien que no fuera del barrio”.

René Franco
René Franco
Columnista Contrapunto

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