lunes, 16 de mayo del 2022
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El no a la guerra debe ser innegociable

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Por Iosu Perales

No hay nada que pueda justificar la muerte de inocentes. La sociedad mundial debería decretar que quienes inician una guerra sean acusados y juzgados por la Corte Penal Internacional. Es inmoral que no haya castigos a los verdugos del sufrimiento. Sea por conquistar territorio, por aspiraciones nacionales, por robar materias primas, por volver a la gran Rusia, por seguridad de las fronteras, por religión, por implantar una democracia, por el progreso, por acumular poder, por razones geopolíticas, por cualquier otra idea u objetivo, nada, nada justifica la guerra que deja cenizas y cadáveres por dónde pasa. Ahora mismo en las calles se grita paz y los ecos nos replican guerra.

Yo era uno de los muchos que creían que no habría guerra -si choques e incidentes-. O sea, no daba crédito a las advertencias de Joe Biden. Ahora, en plan ventajista, algunas voces gritan ¡Biden tenía razón! ¡El mentiroso es Putin! Sin embargo, siendo que la mentira forma parte sistemática de las políticas internacionales de Estados Unidos y que ya escarmentamos en Irak, donde finalmente no había armas de destrucción masiva, era muy razonable nuestro pronóstico.

Hay muchas visiones que tratan de contextualizar la guerra iniciada por Vladimir Putin. Surgen por todos lados jugadores de ajedrez que explican desde todas las variables posibles lo que está sucediendo y se aventuran a pronosticar e incluso a aconsejar la próxima jugada. Es loable la voluntad didáctica de ayudar a entender lo que está pasando, pero antes que nada y de forma incondicional se debe condenar la guerra. Se debe decir que la invasión de Ucrania nos trae horror, una extrema angustia provocada por una decisión criminal que no puede ser justificada por un contexto. Paren la guerra y hablen de la paz.

Da igual de que lado estén las simpatías, la diversidad de ideas y sentimientos no pueden estar por delante de la paz. El no a la guerra es un imperativo. La humanidad toda se retrata en su posición frente a la guerra. Nada hay más importante que la vida, que las vidas de los que cada día mueren en Ucrania. He escuchado voces que justifican la decisión de Putin en la represión sufrida por las repúblicas separatistas del Este, Donetsk y Lugansk, en los últimos años. Aunque fuera verdad, el no a la guerra sigue siendo prioridad. Deberemos condenar las represiones que puede haber cometido el gobierno ucranio, pero ni eso debe cuestionar lo que debe ser el grito unánime y urgente de la paz.

Por eso, no me parece correcto vincular el no a la guerra con el no a la OTAN. En el ámbito de las conversaciones está muy bien tratar de contextualizar la guerra, pero en el campo de la movilización y de las consignas no se debe restar fuerza al no a la guerra. La unión de ambos gritos puede dar a entender que el destino de la guerra pasa por el destino de la OTAN. Pero no debe haber lugar a un intercambio de cromos. El sufrimiento humano de los que huyen de las bombas, la muerte de muchas personas, requiere un no incondicional. Llegará el momento de ajustar cuentas con la OTAN. Todavía la república de Granada, en el Caribe, espera justicia por la invasión norteamericana en 1983, por la “amenaza” de que la URSS convirtiera la isla en un portaviones con misiles. Granada era un país soberano.

Pero, hablando de soberanía. Hay quien defiende que los países que se integran en la OTAN lo hacen desde su soberanía. Y occidente, que no quiere a Ucrania en la alianza atlántica, esa es la verdad, se suma a la tesis de la soberanía para elegir con quién haces las alianzas. Pero la realidad, en este mundo globalizado, no es así. Todo está interconectado, y las decisiones que se toman muchas veces, por ejemplo, en economía, incide sobre diversos actores. ¿Somos soberanos en las grandes decisiones financieras y económicas en general? ¿No es verdad que también somos dependientes? ¿Los acuerdos de la cumbre de Kioto no tratan de evitar que en nombre de la soberanía cada país destruya el planeta como quiera? También en geopolítica somos inter-dependientes. La OTAN a las puertas de Rusia es una provocación. Pero debemos poner toda la fuerza en las negociaciones. La gente inocente que sufre y muere no puede ser el precio a pagar. 

Desde luego que tenemos que ajustar cuentas con la OTAN, una alianza en la que muchos no queremos estar. Digamos que es lamentable que desde 1982, año en el que entramos manipulados por aquella consigna “de entrada no”. Si colocamos el no a la guerra en el frontispicio de nuestra ética, podemos ir hablando de lo demás. Queremos paz para el pueblo de Ucrania.

Por ejemplo, mucho se habla de cómo Rusia está violando las leyes internacionales. Estoy de acuerdo con la condena. Pero, al menos la mía, condena asimismo a Israel que es el Estado que bate el récord mundial de violaciones del derecho internacional. Condenemos la ocupación de Ucrania por Rusia y la imputación de su territorio. Pero hagámoslo también con Israel que lleva 70 años ocupando territorios palestinos, y cada día muerde más terreno para levantar colonias. Crimea es a Rusia lo que Jerusalén y Cisjordania es a Israel. Territorios robados.

Vladimir Putin lleva días jugando con la amenaza nuclear. Cuenta con 6.255 cabezas nucleares, muchas de las cuales están activadas en espera. Quienes juegan a buscar atenuantes para su guerra ¿consideran legítima semejante amenaza? Sus amenazas no pueden caer en saco roto. Es un sociópata al que temen sus propios ministros, dirigentes del partido, científicos, periodistas, opositores candidatos a ser envenenados, la ciudadanía rusa que se manifiesta estos días en calles y plazas. ¿Habrá algún incauto que crea que Putin representa la idea de un mundo mejor?

Hay quienes piensan que todo el peso de la responsabilidad la tiene la OTAN por haberse extendido hacia las fronteras de Rusia. No niego que ha sido un movimiento propio de las ambiciones norteamericanas de someter a su rival. Y por lo tanto ese movimiento ha sido temerario, irresponsable. Por favor, no seamos inocentes. Putin utiliza a la OTAN para justificar su esfuerzo por recuperar un poder mundial perdido. No pienso en que quiera reconstruir la Unión Soviética, algo imposible. Hablo de una gran Rusia, poderosa en el mundo, para lo que necesita del concurso de Ucrania y Bielorrusia.

Es verdad que en esta guerra hay malos y malos. A mí no me cuela que Putin es el demonio y Joe Biden el ángel bueno. Se trata de dos agresores que montan guerras con políticas viejas para que mueran muchos jóvenes y muchos inocentes. Las guerras exigen armas y las armas necesitan guerras. La desmilitarización mundial sería la mejor decisión. Al decirlo veo que soy un ingenuo. Pero al menos lo tengo claro: entre el Kremlin y la Casa Blanca maldigo a los dos. Afganistán, Irak, Siria, Libia, Palestina, Yemen, Chechenia, Osetia, Crimea, Ucrania… Las dos potencias se disputan el liderato de la maldad.

Sea cual sea el curso de los acontecimientos el no a la guerra y el no a la invasión de Ucrania deben prevalecer como innegociables.

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Iosu Perales
Periodista y escritor español, colaborador y columnista de ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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