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sábado, 24 de julio del 2021

El niño y los recuerdos de Roque Dalton

Las vivencias de un pequeño de siete años reflejan la nobleza y calidez del poeta

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Hace unos meses leí­, casualmente el artí­culo “La última vez que vi a mi padre” y poco después una carta titulada “Carta de la familia Dalton a los admiradores de Roque”. En ambos casos su lectura llevó mis pensamientos al recuerdo que tengo del Tí­o Julio y Pancho.

Seguramente fue en los primeros meses de 1975 cuando a la casa en la que viví­a con mis hermanas, mi madre y mi padre, llegaron, un hombre al que desde ese momento conocimos como Tí­o Julio, y junto a él llegaba Pancho. ¿Qué hací­a Roque Dalton y Pancho viviendo en nuestro hogar? No tengo detalles sobre esto, pero con mucha seguridad tuvo que ver con proveerles de una cobertura familiar que les facilitara vivir de manera inadvertida, exigencia propia de la lucha en la que participaban. Naturalmente, en ese tiempo y teniendo siete años, estos temas no eran de mi conocimiento.

De Roque y de Pancho tengo muy pocos recuerdos y ellos tienen que ver con los intereses que un niño puede tener a los siete años. Así­ pues, de Pancho recuerdo como le divertí­a cargar a mis hermanas y a mí­ al mismo tiempo. A mí­, sentándome en sus hombros y a mis dos hermanas, una en cada brazo. Nosotros seguramente la pasábamos muy bien haciendo aquel juego con él.

A Roque me cuesta recordarle fí­sicamente, no sé por qué. Recuerdo que dormí­a en la misma habitación que yo, tengo un recuerdo lejano viéndole sentado frente a una pequeña máquina de escribir color blanco. Lo que recuerdo claramente es encontrar monedas que él dejaba para mí­ dentro de mis zapatos y que descubrí­a cuando me preparaba por la mañana para ir a la escuela.

Mi madre me cuenta que a Roque no le gustaba que mis hermanas y yo tuviéramos que comer incómodos según él, en el comedor con los adultos de la casa, así­ pues un dí­a llegó con Pancho a casa cargando una mesita y tres pequeñas sillas para que mis hermanas y yo la usáramos como comedor, y así­ fue que muchos años mis hermanas y yo la usamos como tal. Supongo que en ese comedorcito mis hermanas y yo disfrutamos muchas veces del pan que Roque traí­a a casa en algunas ocasiones y que al dárselo a mi madre le decí­a: “aquí­ le traigo un libro”.

Después de tantos años, hace muy poco vi a mi sobrinita sentada en una de esas sillitas que aún está en casa.

En otra ocasión, supongo que sin mayor razón, le dije a Roque que le tení­a miedo a los fantasmas, y él me dijo que en realidad a quien habí­a que tenerle miedo era a los vivos (cuanta razón tení­a y que en ese momento, naturalmente no pude entender). Este es quizá el último de los recuerdos que tengo de él.

Yo no recuerdo cuándo fue la última vez que vi a Roque ni a Pancho, no recuerdo cuándo supe que ya no estaban con nosotros como les habí­a conocido. Mi madre me cuenta que después de su muerte, le explicaron que Tí­o Julio era en realidad un gran escritor de nuestro paí­s y que habí­a sido asesinado junto a Pancho.

Pasaron casi diez años para que los recuerdos de Roque y Pancho volvieran. Fue quizá a mediados de 1985 en la Ciudad de la Habana que conocí­ a uno de sus hijos. Él supo que habí­amos conocido a su padre y me preguntó sobre mis recuerdos de él, que a pesar de ser tan pocos, no se los puede terminar de contar. Yo supe en ese momento el profundo dolor que sentí­a su familia por su partida, yo lo supe. Un par de veces después, en un bar, en una reunión de amigos, quisimos hablar de estos recuerdos y siempre fue difí­cil, siempre duele haberle perdido.

Como he dicho antes, no recuerdo cuando fue la última vez que le vi, lo bueno es que tampoco sé la última vez que le ver锦 siempre encuentro su rostro en una pared, en un libro, en internet, y claro, en sus poemas que tan poco he leí­do”¦

Publicado originalmente el 18 de octubre de 2013

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Rudy Romero
Colaborador
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