miércoles, 19 junio 2024
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El milagro jorobado del eclipse

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Gabriel Otero recuerda el eclipse del 11 de julio de 1991 y su tiempo taciturno, en El Salvador

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Gabriel Otero


Era una mañana de verano en la que no teníasnada por hacer, el sol se abría paso en el azur del cielo y la hierba se esparcía por doquiercuando caminabas hacia tu destino. Que lujo, iniciar un párrafo con una frase de Dylan Thomas y tener como trasfondo el olvidarse por un momento de obligaciones, y escuchar en tu estudio a todo volumen que el Mayor Tom se perdía en el universo narrado por la voz andrógina de David Bowie en compañía de una guitarra acústica y de un sintetizador que sonaba como remolino.   

Entonces te acordaste del 11 de julio de 1991 cuando viste el milagro jorobado del eclipse, ese espectáculo de la naturaleza guardado en un anaquel de tu memoria, el de los recuerdos espléndidos, ubicado justo abajo del de las tragedias, en tu cerebro hay toda una taxonomía de remembranzas acorde a tus emociones.   

Ese día no trabajaste por alguna razón, pero habías ido a Diario Latino a encontrarte con los poetas de siempre, Javier Alas o André Cruchaga, o ambos, tenían hambre y fueron más temprano que de costumbre a la pizzería de la esquina, la Boom, la que estaba en aquella casona casi frente al Parque Cuscatlán, solo que ahora no pidieron las usuales jarras de cerveza, comieron rápido y se despidieron.

Tomaste un taxi destartalado en la Rubén Daríoy llegaste a tu casa, en la que vivías con Nora, tu hermana mayor, y la abuela Ángela, contemplarían juntos el eclipse desde el tendedero del segundo piso. 

Mientras la luna seguía su curso en la esfera celeste y el eclipse se contemplaba en otros lugares lejanos, en San Salvador la expectativa rebasaba los presagios, había gente que creía que el apocalipsis se aproximaba y se olvidaban de que el país aún estaba en guerra y en el mejor de los casos habría tregua cuando la noche invadiera el día, aunque los enfrentamientos continuaron en el campo, en uno de estos falleció la poeta Amada Libertad. 

En tu casa carecían de vidrios de soldar del número 14, los únicos filtros efectivos para ver el sol teniendo el límite de diez segundos, lo demás era la retinopatía solar, el lastimar la retina de forma irreversible, por lo que prefirieron esperar hasta que el círculo de luz formara una joroba en la luna y casi cubriera el sol.

A las 13:45 horas las aves regresaban a sus nidos a toda prisa y los animales domésticos hicieron su rutina del sueño durante los poco menos de siete minutos que duró el eclipse, las luces de la calle se encendieron, fue una vivencia maravillosa compartir esos momentos con la enciclopedia de experiencias de la abuela Ángela, a ella le dio risa cuando escuchó desgañitarse a los gallos en la brevedad del anochecer, de inmediato la luz del alba asomándose por el cerro de San Jacinto y en segundos la intensidad del sol vespertino a todo lo que daba.

TIEMPO TACITURNO

En junio de 1991, tuviste una iluminación, al estilo de Rimbaud, mientras tu hermana Nora fumaba la eternidad de un Benson, empezaste a escribir unos versos en tu cuaderno y te retiraste a tu recámara, tachabas y reescribías, la metodología de la ausencia de oficio es la terquedad, pasada la medianoche tenías cuatro poemas a los que llamaste Tiempo Taciturno, en esos versos te referiste al eclipse como un milagro jorobado:    

Hace un milenio partí perdido

a un crepusculario de piedras

vagué por las resbaladillas

de la galaxia húmeda

depilé el himen pudoroso

de las estrellas

tatué orugas en el apéndice

de un hoyo negro

me infecté con el veneno 

del escorpión

hoy regresé por el milagro

jorobado del eclipse.

Lo taciturno del tiempo lo rememoraste 32 años después.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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