domingo, 14 julio 2024
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El engaño en la educación

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La educación en El Salvador viene arrastrando serias deficiencias que socavan su propósito fundamental y la pandemia lo evidenció de forma alarmante.

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Por Nelson López Rojas

Hace unas semanas les dije a mis estudiantes que íbamos a usar ChatGPT para escribir un texto narrativo. Todos sonreían pues lo que normalmente toma horas de esfuerzo lo podrían hacer en segundos. Iniciamos: “por favor escribe una narrativa de 500 palabras de la noche del 31 de octubre donde tuve mucho miedo” y el resultado fue espeluznante.

Lo hicimos.

Luego procedí a decirles a mis estudiantes que ya teníamos la narrativa como ejemplo y que ahora ellos debían hacerla en papel en la sala de aulas. Muchos no terminaron ni el primer párrafo, pero cuando me entregaban tareas en línea se esforzaban por escribir sendas páginas.

La educación en El Salvador viene arrastrando serias deficiencias que socavan su propósito fundamental y la pandemia lo evidenció de forma alarmante. Mi sobrino me dice que tiene nota final de 9 en matemáticas en el colegio y yo sé claramente que no sabe ni hacer las operaciones básicas. El otro, el universitario, me dice que sacó 6 en una clase porque la vieja docente no sabe explicar, pero que no le importa porque gol es gol y pasar es pasar. Ambos casos resumen este artículo: el engaño y la mediocridad.

Todos sabemos que existe un enfoque deficiente, deshonesto y engañoso en el sistema educativo donde se transmite la ilusión de la importancia en el aprendizaje, pero en realidad, tanto las instituciones como los educadores y los estudiantes parecen no valorar verdaderamente el contenido educativo. Hay un ciclo de engaño mutuo, una dinámica de falsas expectativas y de mediocridad que perpetúa una situación en la que todas las partes se benefician, pero a costa de defraudar a la sociedad en general y que alimenta una farsa que nos perjudica a todos.

El Ministerio de Educación espera que los educadores desempeñen un papel fundamental en el proceso educativo, pero con un cursito obligatorio de 4 módulos como “certificación” y por el simple hecho de pasar el curso y mostrar tu carné no quiere decir que estés calificado para pararte en frente a los educandos. En muchos casos, quienes certifican a los docentes hacen lo que predican no hacer: te llenan de un montón de PDFs y enlaces de videos sacados de YouTube. ¡Total!

Se quiere que los docentes tengan compromiso con la enseñanza, pero, ¿cuánto gana un horaclase? ¿Cuántos alumnos se le asignan a un profesor? ¿Cuántos empleaditos se van a tomar el esfuerzo de revisar 50 narrativas en clase o fuera de clase cuando no se les paga por calificar tareas? Aunque muchos educadores parecen carecer de la pasión y dedicación necesarias para inspirar a sus alumnos, tampoco tienen los incentivos económicos. En lugar de buscar la excelencia y motivar el aprendizaje, algunos se limitan a cumplir con su tarea sin ofrecer un verdadero compromiso. Esto se traduce en profesionales mediocres que carecen del conocimiento y las habilidades necesarias para tener éxito en el mundo laboral.

Por otro lado, las instituciones educativas contribuyen al engaño al mantener prácticas poco éticas. En muchos casos, estas instituciones se enfocan más en el beneficio económico que en proporcionar una educación de calidad. Los padres de los estudiantes pagan las matrículas esperando recibir una educación valiosa, pero en cambio, se encuentran con un sistema que simplemente les pasa las clases mientras estén al día en sus mensualidades, les otorga un título sin garantizar una formación adecuada. Incluso si un estudiante reprueba un curso, se le ofrece la opción de pagar un examen de recuperación, lo que refuerza la idea de que el esfuerzo y la dedicación son innecesarios e innecesaria es, también, la asistencia al curso pues un estudiante con la pila que están por “competencias” vendrá a sus evaluaciones sin la formación necesaria.

La perpetuación de la mediocridad y el tener falsas expectativas perjudican a todos los involucrados en el sistema educativo. Los estudiantes se quejan que no reciben una educación de calidad para poder ingresar al mundo laboral, pero su desinterés y sus múltiples distracciones no dejan que ellos mismos puedan aprender por su cuenta a pesar de un sistema maleado. Esto también afecta a la sociedad en su conjunto, ya que se priva de profesionales capacitados y talentosos que podrían contribuir al desarrollo del país: ya sea graduados de turismo que no conocen el Centro Histórico, graduados de ingeniería civil sin fundamentos para hacer una casa que no se caiga o los de medicina que están más enfocados en el prestigio que tendrán cuando los llamen “doctor” en lugar de formarse para servir.

Para mejorar esta situación, antes de pedir un cambio profundo en el enfoque educativo en El Salvador, es necesario ajustar la actitud de todos los involucrados donde los padres no se quejen que sus hijos llevan malas notas, donde los alumnos se importen por llegar a clases y prestar atención no por una nota, pero sí por el conocimiento, donde los profesores quieran dar clase con un contenido fresco y dinámico, donde las universidades le paguen mejor a los docentes para que haya un incentivo económico real.

Se requiere una mayor inversión en la formación y desarrollo de los docentes, así como en la mejora de los planes de estudio y la infraestructura educativa. Asimismo, las instituciones educativas deben asumir la responsabilidad de garantizar una educación de calidad para sus estudiantes, es decir, no solo proporcionar un título, sino también asegurarse de que los estudiantes adquieran los conocimientos y habilidades necesarias para sobresalir en su campo. Se deben establecer estándares claros de rendimiento y evaluar de manera objetiva el progreso de los estudiantes, no solo para un show mediático.

Lo más preocupante es la falta de consecuencias reales para aquellos estudiantes que no cumplen con los estándares académicos, pero eso es algo que como sociedad debemos mejorar: basta imaginar cuántos “profesionales” compraron títulos de universidades que ya no existen. O cuántos poetas se autopublican porque no aceptan las críticas del status quo editorial. O cuántos conductores compraron sus licencias. O cuántos “becarios” sobornaron al que decide quién va dónde para que se le vea bien en el currículum. En fin, debemos promover una cultura del esfuerzo y el compromiso donde los estudiantes valoren la educación como una herramienta para su crecimiento personal y profesional. Les recalco a mis estudiantes que se quejan que X profesor no les enseñó tal cosa: debe haber responsabilidad individual, de querer aprender. Hay que romper con el ciclo de la mediocridad, el engaño, la meritocracia y la complacencia, y establecer estándares exigentes que los estudiantes deben cumplir para obtener sus logros.

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Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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