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El barranco

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"Para la fantasía vecinal no había que ir a Europa del Este para contemplar la tumba y los restos de Vlad Tepes “El Empalador” que ahora yacían ocultos en el túnel de la Colonia Toluca en San Salvador", narra Gabriel Otero.

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Por Gabriel Otero


Frente a la casa familiar había un barranco. En la temporada de lluvias la tierra se desgajaba. Para evitar los derrumbes trabajadores del Ministerio de Obras Públicas rellenaron una parte usando trascabos y construyeron una bóveda de tres metros de diámetro adonde cohabitaban sapos, murciélagos, lagartijas, culebras, zancudos y otras alimañas trepadoras.

Un día de verano decidimos explorarlo, tomé prestado el fusil de municiones de mi hermano Mario. El rifle funcionaba con aire comprimido y se cargaba al hacer palanca en el cañón con una sola munición casi como si fuera un mosquete.

Era estorboso y más grande que cualquiera de nosotros, no tenía correa, pero seguro nos protegería de los colmillos de murciélagos insaciables de sangre de infantes. Para la fantasía vecinal no había que ir a Europa del Este para contemplar la tumba y los restos de Vlad Tepes “El Empalador” que ahora yacían ocultos en el túnel de la Colonia Toluca en San Salvador.

Y con un par de mochilas en las que metimos lámparas de mano, sándwiches y municiones emprendimos la expedición, bajamos entre carcajadas, lo primero que vimos en la entrada fue un charco de agua estancada del tamaño del océano, Moti pisó mal y se hundió hasta la cintura, el agua era de color horchata y con la ayuda de una rama quebrada lo sacamos, nadie se le quería acercar por apestoso.

Seguimos caminando y a medida que nos adentrábamos en la oscuridad Moti tuvo la puntada de imitar el llanto de un bebé, nos invadieron risitas nerviosas y percibimos movimiento y chirridos en el techo del túnel. No es que fuera una colonia de quirópteros, eran cuatro o cinco que aleteaban al detectarnos. Se nos olvidaron las razones para bajar el fusil al barranco y corrimos al lado contrario de donde entramos.

Encontramos una poza cristalina, a Coqui se le ocurrió relatarnos que el lugar estaba igualito a otros en los pueblos adonde se aparecía la Siguanaba con su vestido blanco, la cara de calavera y sus tetas hasta las rodillas.

Distraído levanté la mirada, estábamos a unos setenta metros debajo de la superficie y entre la maleza y unos bejucos largos pude ver un bulto parecido a un brazo cercenado que caía lento y sangrante hacia la poza, estaba tan absorto que los demás también elevaron los ojos y lo distinguieron. El objeto ¿el brazo? jamás cayó, tampoco las gotas de sangre y de la sorpresa pasamos al susto.

¿Sugestión o alucinación colectiva? Nunca supimos, algo o alguien no quería que estuviésemos ahí y corrimos como si se nos escapara la vida, el corazón se nos salía por la boca.

Subimos a toda prisa y en silencio, a diario suceden cosas raras de las que no nos percatamos, después hablamos muy poco del suceso, de hecho yo lo recordé años después cuando las imágenes llegaron a cuenta gotas mientras se desenterraban de mi subconsciente.

Fue la única vez que descendimos a las profundidades del barranco.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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