Por Alonso Rosales.
La narrativa oficial en gran parte del mundo árabe insiste en denunciar las agresiones de Israel contra el pueblo palestino. Sin embargo, tras esa retórica se esconde una realidad mucho más incómoda: los vínculos financieros y energéticos que unen a Israel con Jordania, Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Egipto. No es el “Domo de Hierro” ni la superioridad militar lo que realmente mantiene a Israel en pie, sino el blindaje que le ofrece un sistema de alianzas económicas donde el gas y el petróleo son la moneda de cambio.
Energía: la nueva diplomacia
Uno de los ejemplos más claros es el gas natural del Mediterráneo Oriental. Israel ha desarrollado con rapidez los yacimientos de Leviatán y Tamar, que han convertido al país en un exportador energético emergente. ¿Quiénes son sus compradores? Precisamente algunos de los gobiernos árabes que en foros internacionales dicen defender a Palestina. Jordania firmó en 2016 un contrato por 10.000 millones de dólares para importar gas israelí durante 15 años, a pesar de la oposición popular que veía en ese acuerdo una traición al pueblo palestino.
Egipto, por su parte, se ha convertido en un socio fundamental al permitir que el gas israelí llegue a sus plantas de licuefacción en Damietta e Idku, desde donde se reexporta a Europa. El negocio no solo genera ganancias millonarias para Israel, sino que también fortalece la cooperación energética con El Cairo, relegando cualquier solidaridad con Gaza a un segundo plano.
Los Acuerdos de Abraham: normalización y negocios
La firma de los Acuerdos de Abraham en 2020 marcó un punto de inflexión. Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y posteriormente Sudán, normalizaron relaciones con Israel bajo la tutela de Estados Unidos. Más allá de la dimensión diplomática, lo que se consolidó fue un paquete de negocios en áreas de energía, tecnología y defensa.
- Emiratos Árabes Unidos invirtieron en proyectos de gas natural y petróleo vinculados a empresas israelíes, mientras Tel Aviv abrió la puerta a fondos soberanos del Golfo para invertir en innovación y ciberseguridad.
- Marruecos fortaleció la cooperación en materia de energías renovables y exploraciones petroleras, a cambio del reconocimiento estadounidense de su soberanía sobre el Sahara Occidental.
En todos estos casos, los derechos del pueblo palestino quedaron invisibilizados, sacrificados en el altar del capital energético.
Arabia Saudita: acercamiento silencioso
Aunque Riad aún no ha normalizado oficialmente relaciones con Israel, el acercamiento es evidente. Arabia Saudita participa en acuerdos estratégicos de defensa y seguridad promovidos por Washington, donde la cooperación energética es el núcleo. El petróleo saudí, combinado con las rutas de exportación de gas israelí, se proyecta como un eje de estabilidad para los intereses occidentales. El cálculo saudí es simple: el enemigo declarado no es Israel, sino Irán.
Negocios sin conciencia
En esta arquitectura financiera y energética, queda demostrado que los negocios no tienen ideología ni lealtad. La misma élite que se enriquece con el petróleo del Golfo o con las exportaciones de gas israelí es la que después condena retóricamente las masacres en Gaza. Es un doble discurso sostenido por un principio brutal: la rentabilidad vale más que los derechos humanos.
La supuesta “unidad árabe” frente a Israel se ha disuelto en contratos millonarios. Los bancos con capital judío en la región, las petroleras multinacionales y los fondos soberanos del Golfo han sellado una alianza que protege a Tel Aviv más que cualquier escudo antimisiles.
Realidad cruel
El verdadero Domo de Hierro de Israel no está en sus cielos, sino en las bóvedas de los bancos y en los oleoductos del desierto. Mientras el gas fluya hacia Jordania y Egipto, mientras los Acuerdos de Abraham sigan abriendo puertas de inversión, y mientras Arabia Saudita se acerque cada vez más a la normalización, Palestina seguirá sola frente al poder de una economía sin alma.
Ese es el dinero sangriento: capital que circula manchado por la sangre palestina, protegido por regímenes que eligieron el negocio sobre la dignidad.



