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jueves, 02 de diciembre del 2021

De musas, pupusas y otras cosas contusas

Ya pronto terminará el año y como de costumbre tengo el deseo, y, la voluntad por supuesto, de escribir unas gauchadas, es decir, reflexionar escribiendo, que es mi modo de filosofar acerca de esto y de aquello, pero no desde la perspectiva académica, formal y sobria, sino que más bien, utilizando un lenguaje que, a bote pronto, podría parecer obsceno o lépero como dirían en mi terruño.

Oh musas del Olimpo, por fin aceptasteis mis ofrendas herejes y aunque de mirra e incienso son las pupusas que de playa larga me trajisteis, os doy las gracias con toda devoción, porque estoy seguro de que son un regalito de Raulito. No son de chicharrón ni requesón, pero las degustaré aquí en mi morada como un ávido poeta que aprendió castellano con el profe Iraheta, ayveyan ustedes que les parece mi estilo jayán, y preparad vuestro pistilo para recibir con alegría y buen humor el polen de mi confusa algarabía que tiene sabor a arrayán.

De Francisco Quevedo me gusta todo y solo me igualo al genio cuando escribiendo dejo escapar al aire un pedo, que sonoro y violento sale de la parte más arrugada del cuerpo, incluso más que la piel del codo y sí con mi lenguaje guarro a algún parroquiano incomodo, sepa que también Quasimodo, feo y tosco, como dicen que era, al ver a Esmeralda con la cara de Sofía Loren se le escapó un suspiro por el ano. Todo lo que el arte culinario forma y crea, desde la grande cuisine de Paul Bocuse y para que no se me acuse de falta de patriotismo o de ser un idiota ridículo, hasta la petite cuisine traditionelle de Madame Carlota, la pupusera de Cuscatancingo, entra por los ojos, se queda un rato en las tripas y sale con o sin respingo por el hoyo, sea este grande o pequeño.   

De la cosecha de café se bastante, de la caña menos, aunque nunca entendí la razón de la quema de los cañaverales y no crean que en agricultura soy un todo terreno, pero todo lo que se del maíz lo aprendí feliz un fin de semana en la finca de Rogelio. Ahí comimos de todo, cosas que usted sí nunca ha estado ahí, no podrá imaginar ni aun leyendo el Popul Vuh. Y hay que tener maña para destusar el elote; cuando se es cipote de campo uno aprende a distinguir la milpa cuando está entre camagua y elote. Hay ciertas reglas culinarias a respetar y en esto yo no meto. Como hemos leído aquí, pupusa que no es de maíz, no puede considerarse pupusa y paloma que no mete su pico no es paloma. Mucho se ha escrito en El Salvador acerca de la relación directa entre la pupusa y la paloma, y no crea, el apreciado lector que se trata de mitos y leyendas que rondan en torno a la pupusa, la paloma, el maíz y la milpa. De hecho, hay ornitólogos famosos, entre ellos el doctor japonés H. Ano, quien ha comprobado empíricamente la atracción natural entre la paloma y la pupusa. Según el especialista, el maíz es el nexo entre los dos. Aunque algunos críticos opinan que el doctorcito H. Ano ha sido mal comprendido, él lo que dijo fue sexo y no nexo. Las milpas cuando se queman no son por culpa de la Columba mustuguza, pues jamás se ha visto que la paloma quema maíz. Ahora bien, ¿quién podría poner en dudas estos datos científicos? ¿Quién no ha visto en algún momento de su vida una paloma picando una pupusa?

La chilateada siempre es en El Salvador una fiesta familiar, no importa sí es en Izalco, Apaneca, San Julián, Jayaque o Nejapa.  La elaboración del atol de elote y las ricas viandas que lo acompañan siempre son las mismas, pero jamás mezcle esta bebida con alcohol, una tacita de café tostado en comal y al calor del fogón a lo sumo, y no crea que presumo de ser experto atolero, pero se distinguir entre el atol chilate, el shuco y éste que aquí describo.

El atol es la bebida nacional de El Salvador, diría yo, que fui cipote de ciudad y que, debido a la amistad de un compañero de colegio, tomamos el bus en la terminal de oriente y nos fuimos en dirección a Cabañas o Cuscatlán, no recuerdo exactamente hacia donde but it doesn’t matter at all, porque fuimos, adonde fuimos, por el atol. Pero de lo que sí estoy plenamente seguro, es que en esos días no hicimos ningún desvergue en la finca de Alvergue.

Here comes the sun, and I say It’s all right…, así encabecé mi primer saludo a Portillo desde hace más de 50 años, no sé por qué lo hice, pero me salió así del dedillo el estribillo de esa canción de los Beatles del año 69. La memoria emotiva es un gran don, pues en ella grabamos aquellas pequeñas cosas, la mayoría de manera inconsciente que florece en el momento menos esperado como una saeta dorada dando el centro de la diana. Así, como en mi mente está grabado el albergue que nos dio Alvergue cuando éramos imberbes y juguetones como cabritos o cabrones, si así lo preferís. In the same way, tengo a tres caballeros en mi mente, tres gentlemen, Sir William Portillo, Sir Raúl Ernesto López Sr. and Sir Manuel Roberto Turcios, y aunque ya nuestro querido José Arturo no está entre nosotros y esto, aunque parezca un albur, le pido a él, esté donde esté, que extienda su Excalibur y los nombre, primus inter pares caballeros de la legión de “Los Dorados Años sesenta”.

Entonces, desde aquí, desde la precordillera de la Selva Negra, lugar bendecido por el sol y posando mi trasero en una banca, quiero despedirme a mi manera, aunque para ello recurriré a Paul Anka, pero lo diré a mi manera…And now my dear Friends the end is near, I mean, el final de esta gauchada, and so we face the final curtain. We have lived a life that’s full. We have travelled each and every highway. But more, much more than this, we did it our own way….

I don’t care any more…si nunca llegué a cantar el ¿Cómo fue? de Benny More o si nunca tuve el bucle del King Creole, solo sé que todos los días me tomaba de bebito mi medio litro de leche CETECO, de infante mi cucharada de tónico Wampole y cuando adolescente compartí con mis amigos una pacha de Muñeco.

Y, ¿qué podría yo más contaros de las musas pupusudas que he conocido on my way, sí cada uno de vosotros ha pisado su propio camino?

¡That’s all Folks!

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