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viernes, 23 de julio del 2021

De la corrupción y el desencanto polí­tico

Llevamos una larga temporada sumidos en una depresión polí­tica global. No hay dí­a de dios en que no aparezca en España, Brasil, El Salvador, México, Alemania, etcétera, una noticia que nos entierra un poco más en el agujero del desencanto de la polí­tica. Este estado de ánimo a larga tendrá también una expresión en los resultados electorales  del futuro, en el respeto a las instituciones, en la confianza hacia los representantes del pueblo elegidos democráticamente, etcétera, etcétera.

En cada paí­s se vive este desencanto como un drama doméstico, pero no es así­. Hay que hablar ya de un desencanto global que  debilita subjetivamente a la polí­tica en un momento en el cual esta se ve también sistemáticamente debilitada por la acción de esa poderosa fuerza anónima mundial a la que se da el nombre de “Los mercados”.

 Los mercados, por lo general no tienen un rostro o un apellido que nos permita personificarlos. Los mercados son como dios, son un poder abstracto y sus sacerdotes hablan en el lenguaje preciso de esa nueva teologí­a fatalista a la que se da el nombre de ciencia económica. Pocos advierten que los márgenes de la acción polí­tica democrática se han venido recortando en occidente en los últimos treinta años.

Los neoliberales piden el recorte del poder del Estado, pero en el fondo también buscan el recorte de la polí­tica en sí­ misma. El proyecto neoliberal conduce a un debilitamiento de la democracia liberal. Mercado  y democracia no son esa pareja perfecta que la propaganda nos habí­a dicho. Esa pareja, ya se ha divorciado aunque de cara a la galerí­a mantenga la convivencia.

A quienes persiguen sistemáticamente el debilitamiento de la polí­tica democrática (para que la polí­tica la ejecuten los mercados financieros), les conviene ese estado de ánimo global en el que la ciudadaní­a considera que todas las alternativas son basura y que todos los polí­ticos de todas las tendencias son también basura. Un estado de ánimo bastante peligroso que podrí­a abrir el camino  del retorno de las dictaduras. De hecho, en el seno de algunas democracias liberales ya hay signos de autoritarismo.

Resulta curioso que estemos centrados en la corrupción polí­tica (no digo que no haya que tomarla en cuenta), mientras olvidamos la otra cara de la moneda: el de la irracionalidad brutal de la economí­a capitalista. Hasta  podrí­amos decir que la corrupción polí­tica es un apartado de la economí­a negra, de la economí­a subterránea que protege sus intereses y asegura sus marcos de expansión cooptando a polí­ticos y a funcionarios del Estado. En ese clima de pragmática in-moralidad prospera la figura del diputado o el lí­der que aprovecha la ocasión para hacer negocios. El  modelo que se repite es este: ahí­ donde hay polí­tica corrupta hay también una economí­a corrupta.

Resulta sospechoso que sólo hablemos de una y apenas mencionemos la otra. Resulta sospechoso que nadie señale la simbiosis que hay entre ambas..

No pretendo exculpar a los lí­deres y diputados corruptos, solo afirmo dos cosas: una  es que centrarse solo en ellos es centrarse únicamente en una cara del problema. Lo otro que afirmo es que el desencanto le viene bien a todos aquellos grandes poderes a los cuales, por otras razones, les estorba también la polí­tica. Un realismo cí­nico y desanimado favorece a las elites que verdaderamente detentan el poder. Un optimismo ingenuo, por otro lado, favorece a los demagogos de derecha e izquierda.

La crí­tica a la izquierda realmente existente la pueden hacer también demagogos de izquierda que a la larga pueden acabar cometiendo esos mismos errores que hoy le critican al FMLN. Hay que reflexionar, pues, cómo es que hemos llegado hasta aquí­. Lo que supone repensar la historia  polí­tica de la posguerra, lo que supone sacar a la luz los caminos extraviados de la historia polí­tica de la posguerra.

Demoler es fácil. La estética posmoderna es una estética de la demolición de los grandes relatos, de la demolición de las utopí­as y el optimismo que llevan dentro. Las crí­tica del realismo cí­nico se conforma con decir que  todo es una mierda. Ese realismo cí­nico ahora juega a favor de las elites económicas neoliberales a las cuales también la polí­tica les estorba y a las cuales les conviene que nosotros, presas del desencanto,  nos apartemos del sueño de construir una democracia. Hay que aprender de todo lo que ha pasado y entender también que años y años de mala polí­tica y de corrupción crean una cultura que no resulta fácil dejar atrás. Ya está claro que no solo basta con que una izquierda gane las elecciones, hace falta esa izquierda tenga otra idea de la polí­tica en la cual se rompan los mecanismos que corrompen también a las dirigencias  populares.

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