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sábado, 27 de noviembre del 2021

Crónica sobre una visa en ruta Panamá-Venezuela

En noviembre de 1986, recibí invitación de la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Prensa (FELATRAP) para participar en la “Primera Conferencia Latinoamericana de Periodistas” y en el “Cuarto Congreso Latinoamericano de Prensa”, que se celebrarían simultáneamente en Caracas, Venezuela, en diciembre de aquel año.

Para evitar posibles contratiempos migratorios, solicité visa en la embajada de Panamá, en San Salvador, pero se me indicó que no era necesaria, pues sólo haría escala y trasbordo en el aeropuerto de Tocumen de Panamá. Que no tendría problemas; pero, los tuve al intentar regresar de Venezuela. 

 Alojados en un hotel de Monte Ávila, una altura desde donde se domina la ciudad de Caracas y el extenso valle que la rodea, varios periodistas del continente iniciábamos los eventos y la relación con nuevas amistades. Fueron dos semanas de intenso trabajo. Yo era el único salvadoreño participante.

Como varios años atrás yo había vivido mi exilio en Panamá, por mi experiencia reciente en aquel país de inmediato trabé especial amistad con los periodistas José Quintero, del diario La Prensa, periódico que yo había colaborado durante mi exilio; y Próspero Vargas, de un noticiero radial de Chiriquí, Panamá.

Por medio  de los dos amigos conocí a David Candanedo, sociólogo panameño, quien tenía muchos años de residir en Venezuela. Fueron muchos los compartimientos con David y los periodistas panameños, sobre el acontecer latinoamericano y de nuestros países, el papel de la prensa y de los sociólogos en el contexto del mundo, de arte y literatura; en fin, los ingredientes necesarios para fortalecer una gran amistad. Nunca imaginé que, al final, habría contratiempos.  

El problema se dio el día de mi regreso, un domingo bien temprano. David pasó por mi hotel para llevarme al aeropuerto, según lo habíamos acordado el día anterior. Con mi equipaje a cuestas, me dispuse a iniciar los trámites aduanales. Pero, como dando razón a la inquietud que tuve al partir de El Salvador, sobre inconvenientes, por no contar con la visa de Panamá, en Migración se me revelaron serias trabas para mi regreso. Supe que no me estaba permitido salir. – Por falta de su visa panameña- dijo serio el oficial.

De nada sirvieron mis explicaciones sobre que la negativa había sido de los funcionarios panameños en San Salvador. Sencillamente, me apartaron. Me abandonaban a mi suerte en su propio suelo. -Si no hay visa panameña, jamás saldrá de Venezuela -dijo fríamente el de la aduana. Giró en redondo y se fue.

   Pero David no se había marchado. Esperaba irse hasta verme partir sin novedad. Su previsión me salvó. Regresamos a su casa y dejando todo durante ese domingo y -por su relación amistosa con el embajador de Panamá en Venezuela- logró obtener mi visa esa misma tarde, para que yo pudiera viajar a El Salvador, el día siguiente.

   – Con gusto, David-, le había dicho el embajador. Somos amigos y me alegra servir a tu amigo salvadoreño. Llamó a la embajada y esa tarde obtuve la visa. La has hecho de buen samaritano-, fueron las últimas palabras del embajador al despedirnos en un lugar de descanso dominical lejano a Caracas, donde pasaba su fin de semana.

 Cuando regresábamos al interior de Caracas, se me ocurrió pensar en el angustioso momento que vive cualquier persona en una situación como la mía. Lejos del hogar, sin amigos ni siquiera conocidos, en ciudades lejanas y, de pronto, que falta la visa, que el pasaporte no está en regla; en fin, problemas difíciles de solucionar si no se cuenta con alguien que nos eche una manita.

También, en segundos de silencio pensé en el acertado calificativo que el embajador le había dado a David. “Buen samaritano”, le había dicho. Era la mejor muestra de solidaridad de alguien que velaba por otro en tierra extraña. Un alguien llamado David Candanedo, aquel panameño-venezolano que, sin conocerme más que ocasionalmente, me había asistido -como buen samaritano- con fraternidad única. 

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