Por Gabriel Impaglione.
La presencia de Venezuela en el menú norteamericano no es algo de último momento. Desde la asunción de Hugo Chávez., Washington repite el manual de las injerencias sin pausa. Tienen más de un siglo de experiencia en todo el continente, desde presiones diplomáticas o comerciales al desembarco de tropas, se han entrenado en todos los estilos y contra todos los pueblos latinoamericanos. Su flota en el Caribe, método viejo, es la representación de su apego a las formas tradicionales. Pero en un mundo que cambia, ellos no cambian, solo insisten con lo que saben hacer: meter miedo, hostigar, amenazar abiertamente. Pais que no se inclina a su mandato, pais sometido. No es el caso de Venezuela. No solo se trata de un gobierno de izquierda que no entrega su soberanía, de un territorio rico de recursos, de un punto estratégico en el mapa. En el planeta se está dejando la era del poder unipolar – ejercido por EEUU durante décadas- y se abre paso la nueva era multipolar, con el liderazgo también de China y Rusia que ponen freno al juego individualista. Algo parecido se vivió en la posguerra y durante la guerra fría hasta la caida de la URSS, cuando esta y EEUU dominaban la geopolítica internacional. Ahora despunta en el siglo XXI una fase tripolar y, mal que le pese a la Casa Blanca, es un hecho concreto. El equilibrio mundial cambió, y se nota.
Barcos rusos llegan a Caracas con apoyo militar para la defensa. No es un simple gesto solidario de Moscú, es la demostración que el Caribe ya no es exclusividad de EEUU. Es el aviso manifiesto que la doctrina Monroe (América para los americanos) y todas sus actualizaciones desde Roosevelt en los años 30 hasta hoy, está destinada a desaparecer.
EEUU lo sabe. En pocos días arribará a la zona caliente del Caribe el portaviones G. Ford. Monstruo capaz de hacer despegar más de cien cazas varias veces al día. Aun sabiendo que Caracas posee sistemas misilísticos capaces de agredir a su flota opta por escalar, incluso agregando más fichas al tablero. Esto no es nada bueno. Si escala uno escalará el otro, y en medio está el pueblo venezolano que ya tiene demasiado con los bloqueos norteamericanos que han cerrado la posibilidad de adquirir en los mercados internacionales medicinas, repuestos para su industria petrolífera, insumos, y vender sus recursos para sostener la economía. El método del bloqueo mantiene en una situación extrema a Cuba desde los años ’60, a pesar del rechazo mundial.
Cuando Trump comenzó a restar apoyos en Ucrania se multiplicaron sus bravatas contra Groenlandia, Canadá y México, pudieron ser distractivos, o globos sonda para testear el panorama, pero allí estaba en la lista Venezuela. Y no nos equivocamos. En su anterior gobierno hizo todo lo posible para generar un cambio en el Palacio Miraflores. Operaciones de todo tipo, financiamiento de la oposición, atentados, bloqueos, sanciones económicas, propaganda, presiones a gobiernos latinoamericanos y europeos para apoyar sus “gestiones” contra el presidente Maduro. Llegaron a colocar desde Washington un “presidente paralelo” (Juan Gaidó) y obligaron a sus “aliados” a reconocer ese “gobierno”.
Ahora no es que haya tantos “comunistas” en Caracas, sino tantos narcotraficantes. Los pretextos cambian con el tiempo.
La estrategia injerencista, no. Corina Guaidó, la premio nobel, es otra pieza en el tablero. Un poco de barníz buenista para facilitarle prensa a la violenta opositora no está de más, aunque la factura de tal bochorno la paguen en la Academia Sueca, y a un altísimo costo.
La Machado pidió a Trump un golpe de Estado a su pais. Pidió a Netanayhu una invasión a su pais. Ella no se ve muy patriota. Millones de norteamericanos reclaman que Trump abandone inmediatamente esa agresión. Ejercen una actitud ética mucho más concreta que los “responsables” del club de Miami.
Detrás de la flota yanki en el Caribe esperan las gigantescas corporaciones que sueñan con administrar recursos muy valiosos. No es la democracia, ni la paz ni la justicia, ni siquiera el perverso poder de los traficantes de estupefacientes. Ya lo dijo el diario inglés Times: La oposición venezolana utiliza la desinformación para dar un golpe de Estado.
Un informe de Reuters señala que EEUU invirtió millones de dólares en una campaña para favorecer la inmigración latinoamericana, especialmente venezolana, para después acusar a Caracas de “invadir” con delincuentes el pais. No lo escribió Putin ni Xi Jimping, lo hizo la agencia Reuters.
Cuando todas las piezas puedan verse en perspectiva podrá escribirse aun más claramente una de las historias más perversas de los últimos cien años.
Los mismos medios occidentales que trabajan para la propaganda de las corporaciones a veces difunden datos y artículos muy contundentes, pero los transmisores de opiniones ajenas se desentienden olímpicamente.
A través de la agencia norteamericana USAID se financiaron todos los episodios golpistas de los últimos 50 años en latinoamérica, Venezuela inclusa. Cuando Caracas denunció esta “misión solidaria y pacífica” y la expulsó del pais, Washington atacó a Maduro duramente. Trump cerró la USAID porque consumía un presupuesto bestial y no daba resultados. No solo ya no podía servirse de ella, sus operaciones se volvieron demasiado evidentes.
Corina Guaidó queda en la historia como la “patriota venezolana” que ofreció todos los recursos de la franja del Orinocco a los norteamericanos. Algo parecido prometió el muchacho de las remeritas ucranianas a Trump, tierras raras por misiles.
Serán estas deleznables actitudes de la ultraderecha planetaria las que levantan olas de rechazos en todas partes. Porque al fin y al cabo, estas mezquindades entreguistas solo llevan la muerte y la destrucción de los pueblos. Y un peligroso acercamiento al borde del abismo para todo lo que viva en este planeta.



