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domingo, 25 de julio del 2021

Cómo funciona el populismo económico

Pero no puede haber desacuerdo alguno en que los latinoamericanos han sido los mejores y más antiguos practicantes del populismo económico.

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SANTIAGO ““ Hoy dí­a, ante la llegada al poder de los populistas en el mundo occidental, se está gestando un conflicto sobre la propiedad intelectual de su orientación. Escritores como John Judis afirman que los estadounidenses decimonónicos inventaron el populismo polí­tico, con su postura antielitista y su inflamatoria retórica. Acaso no estén de acuerdo con esto los argentinos, que aportaron al mundo el ultrapopulista Juan Domingo Perón, ni tampoco los brasileños con su conocido Getúlio Vargas.

Pero no puede haber desacuerdo alguno en que los latinoamericanos han sido los mejores y más antiguos practicantes del populismo económico. En el siglo XX, Perón y Vargas, junto con Alan Garcí­a en Perú (por lo menos durante su primer perí­odo), Daniel Ortega en Nicaragua, Salvador Allende en Chile y muchos otros, practicaron el proteccionismo comercial, incurrieron en altos déficits presupuestarios, sobrecalentaron sus economí­as, permitieron el alza de la inflación, y eventualmente sufrieron crisis cambiarias. En años recientes, Hugo Chávez y Nicolás Maduro de Venezuela han practicado estas polí­ticas en forma aún más extrema.

 ¿Qué deberí­a aprender el mundo rico, que actualmente pasa por su propia racha de populismo económico, a partir de la experiencia de América Latina?

No nos equivoquemos: a juzgar por la trayectoria de los expertos de su establishment, el mundo rico necesita algunas lecciones. En el Reino Unido, los opositores al Brexit insistieron en que si se optaba por abandonar la Unión Europea, no se podrí­a evitar una recesión, o incluso una crisis económica a gran escala. Con posterioridad al referendo, la libra esterlina se depreció algo, pero no sucedió mucho más, y actualmente la economí­a británica continúa creciendo.

En Estados Unidos, los economistas académicos advirtieron repetidamente que los planes económicos de Trump eran poco menos que una locura. Luego de su sorprendente victoria, muchos profetizaron una catástrofe económica inmediata. Pero desde entonces el mercado bursátil ha batido récords por lo alto, los precios de los productos básicos han vuelto a subir, y los pronósticos sobre el crecimiento económico del paí­s siguen al alza.

¿Han estado fumando algo los expertos? O, ¿habrán derogado Trump y Nigel Farage, el lí­der pro Brexit, los principios de la macroeconomí­a básica?

En realidad, no es así­. Pero para comprender las consecuencias de las polí­ticas populistas, primero se debe comprender su lógica. En un estudio clásico, Sebastián Edwards de UCLA y el fallecido Rudiger Dornbusch de MIT, definen el populismo económico como "un acercamiento a la economí­a que enfatiza el crecimiento y la redistribución del ingreso y resta importancia a los riesgos de la inflación y del financiamiento deficitario, a las restricciones externas, y a la reacción de los agentes económicos ante polí­ticas agresivas ajenas al mercado". Agregan que los enfoques populistas "a la larga fracasan", no porque la economí­a conservadora sea mejor, sino como "resultado de polí­ticas insostenibles".

 

"A la larga" puede ser mucho tiempo. Las polí­ticas populistas se llaman así­ precisamente porque son populares; y lo son porque funcionan ““por lo menos durante algún tiempo”“.

En una economí­a deprimida, un estí­mulo fiscal considerable produce un repunte en el crecimiento y en la creación de empleo. Si los mercados financieros se entusiasman (como suelen hacerlo), el tipo de cambio se aprecia, lo que aplaca las nacientes presiones inflacionarias y abarata las importaciones. Y, como lo sostiene desde hace tiempo Guillermo Calvo, economista argentino y profesor de la Universidad de Columbia, precisamente porque son insostenibles, las polí­ticas populistas hacen que la gente traslade sus gastos de un futuro incierto al presente, el momento de las vacas gordas. Esto refuerza el impacto expansivo del estí­mulo, con un efecto que resulta especialmente potente bajo un sistema de tipo de cambio fijo. Por lo tanto, paí­ses de la eurozona: ¡cuidado!

Con el consumo, el crédito y el empleo en auge, y los precios de los activos por las nubes, una cálida y agradable sensación de prosperidad permea la sociedad. Los lí­deres populistas se sienten reivindicados, y no tienen vergí¼enza en atribuirse el mérito. Sus í­ndices de popularidad sólo pueden subir, y así­ sucede.

Al cabo de un tiempo, los abstemios comienzan a advertir que la deuda se está acumulando demasiado rápido, que la calidad del crédito se está deteriorando, que se están incubando presiones inflacionarias y que el tipo de cambio sobrevalorado está provocando daño duradero a los exportadores. Pero la música está tan alta y el baile tan animado, que nadie escucha las advertencias.

¿Cuánto puede durar la fiesta? Hemos aprendido de los episodios latinoamericanos que la respuesta depende, ante todo, de las condiciones iniciales. La mayorí­a de las economí­as industriales han crecido poco con posterioridad a la crisis financiera. El problema no ha sido la inflación, sino la deflación.

En efecto, en Estados Unidos la tasa de desempleo ha disminuido considerablemente. Pero después de los numerosos shocks y cambios tecnológicos ocurridos en los últimos diez años, existe bastante incertidumbre acerca de cuánta capacidad no utilizada queda y de dónde se ubica la tasa de desempleo que garantiza que la inflación no se acelere (la famosa NAIRU, según su sigla en inglés). Bien podrí­a ser que alguien como Trump descubra que es posible estimular la economí­a durante bastante tiempo antes de que surjan desequilibrios obvios.

Lo segundo que hemos aprendido es que la deuda, tanto pública como privada, de hecho se convierte en una restricción. Pero cómo y cuándo ello ocurre depende, de manera crucial, de qué tipo de deuda se trate. Hoy dí­a, las economí­as avanzadas obtienen créditos en sus propias monedas a tasas de interés cercanas a cero (y a veces negativas). Incluso si el punto de partida es una relación deuda-PIB alta, puede pasar mucho tiempo antes de que los aumentos de la deuda desencadenen una emergencia. Basta con preguntarles a los japoneses.

¿Qué sucede cuando los mercados financieros finalmente se atemorizan y dejan de otorgar créditos? Como Paul Krugman, economista ganador del Nobel, se esforzó por demostrar en un estudio reciente, una economí­a con tipo de cambio flexible y una deuda denominada en su propia moneda, no se contrae sino que se expande en respuesta al shock provocado por un congelamiento del crédito externo y un posterior desapalancamiento. (Por supuesto que Krugman abogaba por la expansión fiscal bajo un presidente demócrata, pero el punto sigue siendo válido). Ni siquiera entonces se produce una crisis inmediata.

En 1953, Perón envió un mensaje al presidente chileno Carlos Ibáñez, otro general de ejército. "Mi querido amigo: Dé al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda", escribe. "Nada hay más elástico que esa economí­a que todos temen tanto porque no la conocen". Es posible que, si llegara a pensarlo, Trump diera con la misma conclusión.

Los antipopulistas en Estados Unidos, el Reino Unido y otros lugares, deben aceptar la realidad de que malas polí­ticas dan resultados positivos, tanto económica como polí­ticamente, mucho antes de volverse tóxicas. Por supuesto que el exceso de deuda privada y pública, la pérdida de la capacidad exportadora y el debilitamiento de las instituciones, perjudican a la economí­a (y al orden polí­tico), pero solo en el largo plazo. Si los crí­ticos no comprenden esto y actúan de manera acorde, en los paí­ses ricos los populistas estarán en el poder por un perí­odo tan largo (y destructivo) como alguna vez lo estuvieron en América Latina.

 Traducido del inglés por Ana Marí­a Velasco

Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile, es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos

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