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domingo, 01 de agosto del 2021

Chusma power

En un paí­s monocultural, monoreligioso, monosexual y monolingí¼e como el nuestro, hay que remar contra corriente y luchar contra la intolerancia que impera y permea todos los ámbitos del paí­s

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A veces se peca por generalizar, pero la realidad salvadoreña es tan áspera y tan palpable que uno no se puede esconder de ella ni huir de ella. La gente se escandaliza por los recientes tiroteos en Estados Unidos pero tenemos nuestra propia violencia doméstica de la cual no escapamos.

Con ese pseudo nacionalismo que está en boga, nos molesta que los gringos nos maltraten y demandamos que se extienda un permiso temporal de trabajo mientras en El Salvador maltratamos a los nicaragí¼enses y les decimos a los hondureños y guatemaltecos que se regresen a sus paí­ses. Hay que ser coherentes: o todos en la cama, o todos en el suelo.

Como si no bastase la violencia fí­sica diaria, se debe luchar contra la violencia verbal y emocional que bombardea a diario a la sociedad.

En un paí­s monocultural, monoreligioso, monosexual y monolingí¼e como el nuestro, hay que remar contra corriente y luchar contra la intolerancia que impera y permea todos los ámbitos del paí­s. Se es intolerante hacia todo lo que no nos gusta: los í­ndios gí¼iyos del monte, los negros feos, los protestantes y los musulmanes, los que tienen tatuajes o llevan piercings, los maricones y todos aquellos que hablan una lengua que no sea español o inglés, porque aquí­ “todos hablan inglés”.

Jorge Lemus habla de su incansable esfuerzo para promover la cultura y el idioma pipil, comenzando donde aún quedan rasgos indí­genas en el paí­s. Enhorabuena. El problema es que los salvadoreños no le verán beneficio alguno y se reirán del proyecto porque nadie quiere ser indio. Ya un periódico local en su risible pero malintencionado editorial dijo que serí­a mejor aprender chino o inglés y no volver a usar taparrabo. Pensemos en la palabra indio. ¿Cuál es el significado que tenemos de indio? Y por la confusión de Cristóbal Colón al perderse y pensar que habí­a llegado a India, ahora llamamos a los indí­genas, indios. Pero en El Salvador no hay indios, ¿o sí­? Aquí­ se cree que los inditos son de Guate o de Bolivia, menos nosotros. Nadie se identifica con ser mestizo. Nadie quiere tener raí­ces indí­genas. Todos tienen un pariente conocido que vino de Lisboa, Andalucí­a, Madrid, Coimbra, Galicia, de donde sea, menos de Tajcuilulan, Masahuat o de uno de tantos cantones que nos rodean. Nadie en el paí­s se siente nacionalista mientras el no tener paí­s sea una válida excusa. Si hay juegos de fútbol o disputas territoriales entonces sí­ somos salvadoreños mientras nos dure la euforia. Todos humillan al campesino por su acento o por su tufo a indio, pero viene el partido y allí­ sí­ cambia de nombre el paí­s para nombrarlo Cuscatlán, la Selecta Cuscatleca. Ahí­ es cuando se nos sale el indio que tanto negamos.

La violencia silenciosa es como el racismo taimado de los gringos: está ahí­ aunque se niegue. Ser indí­gena, campesino, negro, discapacitado o ser de tugurios marginales o de áreas populosas es una ofensa en este paí­s. Ser blanco, alto y con ojos azules es tener la mitad de la vida resuelta. El caso más palpable es el aeropuerto donde grandes paredes de vidrio mantienen a la chusma afuera esperando a sus parientes, en el despiadado calor. Los que logran entrar a comer comida de acabados en la terraza de observación se encuentran con un aire más denso que en las salas de embarque. La inversión millonaria que se hizo en el aeropuerto no se hizo pensando en los niños, en personas mayores o discapacitadas. Se hizo para el que puede pagar y para que al llegar vean el espejismo que el aeropuerto es de primer nivel.

En un paí­s donde tener tí­tulos es haber llegado a la cúspide, aunque sean comprados, falsos o aunque provengan de la universidades sin prestigio, nos gusta que nos adjudiquen tí­tulos que no son y no corregimos a la gente y llegamos a menospreciar, humillar o hasta degradar verbalmente a aquellos a quienes consideramos inferiores. De ahí­ nuestra actitud de desprecio con el mesero, con el obrero, con el asalariado. Les llamamos mozos en forma peyorativa. Vestimos a la doméstica con ropas propias de su clase social porque tememos que se pueda ver igual que la patrona.

Al ex presidente Sánchez Cerén no era presidente a secas, sino el profesor. A Bukele algunos columnistas le llaman bachiller, no con respeto sino con mofa. Y es que como ir a la iglesia no te convierte en santo, ostentar tí­tulos no te convierte en una persona medianamente inteligente ni educada, ni siquiera te garantiza el éxito. Hay personas que no saben leer ni escribir y son notorios comerciantes o ganaderos.

No hay que obligar a los hijos a ir a la universidad a obtener ese tí­tulo que los padres tanto ansí­an si ellos pueden resolverse en otros ámbitos haciendo pupusas, reparando motos, etc. Ser mecánico no te hace chusma, así­ como ser doctor no te saca de ella.

Ya es hora que abracemos lo nuestro. Lo indí­gena. Lo mestizo. Es hora que dejemos de lado el esnobismo, el clasismo y el racismo. Ya es hora que dejemos de burlarnos del habla migueleña. No permitamos que Hollywood nos imponga cómo se debe ver una persona. Que no nos dé vergí¼enza decir que somos del monte, del cantón. No cambiemos el vos por el tú. Volvamos a tomar agua de la manguera. A esas viejitas de Nahuizalco que vienen a vender a los mercados, veámoslas con respeto, no con curiosidad de zoológico. No menospreciemos a los inditos. ¡Qué se nos salga el indio, qué andemos con indiadas!

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.
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