Por Redacción ContraPunto
La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia tecnológica entre China y Estados Unidos, pero también en un creciente motivo de preocupación por sus posibles efectos sobre la seguridad, la estabilidad social y el futuro de la humanidad. Mientras en Silicon Valley algunos de los principales ejecutivos del sector advierten sobre riesgos extremos y piden moderar el ritmo de desarrollo, Pekín sostiene una posición diferente: avanzar en la tecnología, pero bajo supervisión y control humano.
La visión china combina dos objetivos que pueden parecer contradictorios: convertir la IA en un motor estratégico de crecimiento económico y, al mismo tiempo, establecer mecanismos para limitar sus posibles consecuencias negativas.
Desde hace varios años, las autoridades chinas han advertido sobre riesgos relacionados con la inteligencia artificial. En 2017, Pekín ya señalaba que esta tecnología podía afectar la privacidad, la estabilidad social y las relaciones internacionales. Posteriormente, China adoptó medidas como exigir la identificación del contenido generado por IA en redes sociales, restringir determinados usos de herramientas de inteligencia artificial por menores y establecer controles sobre los llamados deepfakes utilizados para difundir desinformación.
La posición oficial volvió a quedar expuesta en julio, cuando el presidente Xi Jinping afirmó que la inteligencia artificial debe permanecer “siempre bajo control humano”. La declaración se produjo durante un encuentro relacionado con la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, una iniciativa impulsada por China para promover el diálogo internacional sobre la gobernanza de esta tecnología.
En septiembre, la Administración del Ciberespacio de China publicó además un marco de seguridad en el que planteó la necesidad de políticas preventivas para evitar que la IA pueda poner en peligro la “supervivencia y el desarrollo de la humanidad”.
Sin embargo, la preocupación china no se concentra principalmente en los escenarios de extinción humana que han ganado espacio en el debate estadounidense. De acuerdo con especialistas citados por BBC, el debate en China está más orientado hacia el control de la tecnología, su utilización indebida, la seguridad y sus consecuencias sociales.
El profesor Zeng Jinghan, de la City University de Hong Kong, señala que las autoridades y asesores políticos chinos poseen una considerable capacidad para establecer las condiciones bajo las cuales debe desarrollarse la IA. La gobernanza tecnológica, explica, persigue simultáneamente objetivos económicos, sociales y políticos.
Esta diferencia resulta significativa. Mientras algunas figuras estadounidenses, como Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, han advertido que el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos podría generar riesgos extraordinarios, en China predomina la idea de que el problema no consiste necesariamente en detener el avance tecnológico, sino en desarrollar mecanismos capaces de gobernarlo.
Una tecnología estratégica para el crecimiento
Pekín considera que la inteligencia artificial será fundamental para el futuro de su economía. China busca incorporar esta tecnología en sectores que van desde la agricultura y la atención sanitaria hasta la industria, las comunicaciones y la defensa.
Gigantes tecnológicos como Tencent, Alibaba, Baidu y ByteDance desarrollan modelos de IA capaces de competir internacionalmente, mientras empresas emergentes como DeepSeek, 01.AI, MiniMax, Moonshot AI y Z.ai han adquirido protagonismo en el sector.
La apuesta tiene además una dimensión económica. En un momento de dificultades y desaceleración de determinados sectores de la economía china, la IA es vista como una herramienta para aumentar la productividad, impulsar nuevas industrias y mantener la competitividad internacional.
Por eso, las advertencias sobre sus riesgos no han llevado a Pekín a respaldar una moratoria general. El objetivo declarado es encontrar un equilibrio entre innovación y regulación.
La IA como nuevo campo de rivalidad entre potencias
A la dimensión económica se suma la geopolítica. Estados Unidos y China consideran la inteligencia artificial una tecnología estratégica relacionada con su seguridad nacional y su capacidad económica y militar.
El presidente Donald Trump ha presentado públicamente la competencia con China en términos de una carrera tecnológica. “Llevamos ventaja a China en IA”, afirmó, defendiendo la necesidad de mantener esa ventaja porque, según su planteamiento, quien domine esta tecnología tendrá una posición decisiva.
Desde Pekín también se observa la IA como un nuevo escenario de competencia internacional. Chen Yixin, máximo responsable de inteligencia de China, describió recientemente el desarrollo de esta tecnología como un “nuevo escenario de rivalidad estratégica entre las grandes potencias”.
En ese contexto, las propuestas estadounidenses para reducir el ritmo de desarrollo son recibidas con cautela en China. Medios estatales chinos han cuestionado incluso las advertencias de Amodei, interpretándolas como parte de una estrategia que podría terminar limitando el avance tecnológico chino.
El problema central es evidente: una reducción coordinada del desarrollo de la IA podría disminuir determinados riesgos, pero también podría ser percibida por cualquiera de las dos potencias como una pérdida de ventaja estratégica.
Cooperación limitada, pese a los riesgos compartidos
La posibilidad de cooperación entre Washington y Pekín no está completamente descartada. Expertos citados por BBC consideran que existen áreas en las que ambos países podrían encontrar intereses comunes, particularmente en la prevención del uso de IA por actores no estatales y en la protección de infraestructuras críticas frente a ciberataques.
Sin embargo, alcanzar un acuerdo para limitar la velocidad de desarrollo de los modelos de inteligencia artificial parece mucho más complejo.
La dificultad está relacionada con la falta de confianza entre ambas potencias. Un acuerdo que obligara a revelar capacidades tecnológicas, secretos comerciales o información estratégica sería difícil de aceptar tanto para Washington como para Pekín.
Por ello, la discusión internacional sobre la IA enfrenta una paradoja: mientras los científicos y empresarios advierten que algunos riesgos requieren cooperación global, los principales países que dominan esta tecnología la consideran también un componente fundamental de su poder económico y estratégico.
China, por ahora, parece apostar por una fórmula basada en tres conceptos: desarrollar, regular y mantener el control humano. Estados Unidos, en cambio, enfrenta un debate cada vez más intenso entre quienes consideran necesario acelerar la innovación para conservar la ventaja frente a China y quienes advierten que una carrera sin límites puede incrementar los riesgos para toda la humanidad.
El desafío no es únicamente tecnológico. También es político y geopolítico: determinar hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial antes de que la capacidad humana para supervisarla quede rezagada respecto de la velocidad de su desarrollo.


