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sábado, 12 septiembre 2026

Los robots nos están avisando

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Por Redacción ContraPunto

La imagen parece salida de una película de ciencia ficción: unos treinta robots recorriendo las calles de Varsovia, con banderas, consignas y mensajes dirigidos a los gobiernos. Entre las frases que podían escucharse estaban: “Defiendan los puestos de trabajo”, “Llegó la hora de las reglas” y “No esperen, regulen”.

La escena, sin embargo, tenía poco de ficción. Los robots no habían adquirido conciencia de clase ni habían organizado una rebelión contra sus creadores. Detrás de aquella protesta había seres humanos. Pero el simbolismo resulta difícil de ignorar: máquinas diseñadas para trabajar estaban siendo utilizadas para advertir sobre el riesgo de que las propias máquinas terminen desplazando a trabajadores.

La reflexión plantea una de las grandes preguntas de la transformación tecnológica contemporánea: ¿qué ocurrirá con el empleo cuando la inteligencia artificial y la robótica sean capaces de realizar una parte cada vez mayor de las tareas que actualmente desempeñan las personas?

Durante años, el debate sobre la inteligencia artificial se concentró en determinar si las máquinas podían pensar, aprender, crear o tomar decisiones. Pero la discusión ha entrado ahora en una etapa mucho más concreta. Las máquinas ya están trabajando.

La inteligencia artificial puede redactar textos, traducir documentos, generar imágenes, programar, clasificar información, analizar grandes cantidades de datos, asistir en diagnósticos y automatizar tareas administrativas. La robótica, por su parte, continúa avanzando en industrias, almacenes, hospitales, transporte y otros sectores productivos.

La cuestión no es solamente cuánto pueden hacer las máquinas, sino quién se beneficia de lo que producen.

Una empresa que incorpora inteligencia artificial puede aumentar considerablemente su productividad. Puede realizar en minutos tareas que antes requerían horas de trabajo humano. Eso podría representar una oportunidad histórica para reducir las jornadas laborales y mejorar la calidad de vida.

Pero también existe otra posibilidad: que el incremento de productividad se traduzca principalmente en reducción de puestos de trabajo y concentración de mayores beneficios económicos en los propietarios de las tecnologías.

Ahí aparece el verdadero debate político y social.

La tecnología, por sí misma, no determina el resultado. El tractor transformó el trabajo agrícola; las fábricas modificaron millones de oficios; las computadoras eliminaron determinadas tareas administrativas y crearon otras nuevas. La historia demuestra que la innovación puede destruir empleos y, al mismo tiempo, generar nuevas actividades.

La diferencia actual está en la velocidad y en el alcance.

La inteligencia artificial ya no amenaza únicamente trabajos físicos o repetitivos. También comienza a transformar ocupaciones consideradas tradicionalmente intelectuales. Profesores, periodistas, diseñadores, traductores, programadores, abogados, administrativos y otros profesionales están obligados a preguntarse qué parte de sus actividades puede ser automatizada.

Esto no significa necesariamente que esas profesiones vayan a desaparecer. Significa que tendrán que transformarse y redefinir el valor específico que aporta el ser humano.

El problema adquiere una dimensión todavía mayor cuando se considera el destino del tiempo liberado por la tecnología. Si una máquina permite producir en diez minutos lo que antes requería ocho horas, la sociedad podría utilizar esa ganancia para trabajar menos, descansar más, estudiar, cuidar a los hijos, desarrollar actividades culturales o dedicar más tiempo a la vida comunitaria.

Pero también podría ocurrir lo contrario: mantener la misma presión laboral, aumentar la productividad y reducir las plantillas.

En ese sentido, el problema no es necesariamente la existencia de las máquinas, sino la distribución de la riqueza y del tiempo que las máquinas pueden generar.

La inteligencia artificial introduce, además, una diferencia fundamental. Las anteriores revoluciones tecnológicas reemplazaron principalmente fuerza física y tareas repetitivas. Ahora la automatización comienza a penetrar en actividades relacionadas con el conocimiento.

Por eso la pregunta del futuro no debería limitarse a si la inteligencia artificial puede sustituir a los seres humanos. En determinados trabajos, ya está sustituyendo algunas tareas y probablemente sustituirá muchas más.

La pregunta esencial será otra: ¿qué hará la sociedad con la riqueza y el tiempo que produzcan esas máquinas?

También será necesario discutir nuevas reglas laborales, educación, capacitación, protección social, tributación de las grandes ganancias derivadas de la automatización y mecanismos que permitan distribuir los beneficios tecnológicos.

Los robots de Varsovia no reclamaban salarios, vacaciones, pensiones ni mejores condiciones laborales. No necesitaban nada de eso. Sus pancartas estaban dirigidas a los seres humanos.

Quizás esa sea precisamente la paradoja más profunda de la protesta.

Las máquinas no necesitan defender sus derechos laborales. Somos nosotros quienes debemos decidir cómo proteger el valor del trabajo humano en una economía cada vez más automatizada.

El peligro quizá no sea que los robots se rebelen contra sus creadores, como tantas veces imaginó la ciencia ficción. El verdadero riesgo podría ser mucho más sencillo: que permanezcan perfectamente obedientes y trabajen permanentemente para quienes controlan la tecnología.

La advertencia de Varsovia, por tanto, trasciende la anécdota. La humanidad ha construido herramientas capaces de multiplicar su capacidad productiva. Ahora debe decidir si esas herramientas servirán para liberar tiempo y mejorar la vida de millones de personas o para profundizar las desigualdades existentes.

Como plantea Martín Smud, psicoanalista y escritor, la discusión sobre los robots termina siendo, en realidad, una discusión sobre nosotros mismos: sobre el trabajo, el capitalismo, el tiempo, la riqueza y el futuro de la condición humana.

Fuente: Martín Smud, psicoanalista y escritor, “Los robots nos están avisando”, 11 de septiembre de 2026.

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Redacción ContraPunto
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Nota de la Redacción de Diario Digital ContraPunto

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