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sábado, 18 de septiembre del 2021

Bukele no quiere ser pelele ni que se le tutele

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Para analizar el discurso político internacional del presidente Nayib Bukele en la reunión que sostuvo con embajadores y diplomáticos hace unas semanas en Casa Presidencial, en mi opinión,  no es necesario recurrir a las herramientas que postula el filósofo  francés Michael Foucault ni a la semiótica  del autor de la novela “El péndulo de Foucault”, puesto que él  respondió de manera simple pero inteligente a las críticas de la comunidad internacional después que la asamblea legislativa destituyera por mayoría a los cinco jueces y cuatro suplentes de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), la más alta instancia judicial en El Salvador.

La “simpleza” del discurso radica en el hecho que Bukele no recurre a galimatías o cantinfladas para exponer la cruda realidad que toda nación del mal llamado tercer mundo vive a diario: El tutelaje y el chantaje político-económico por parte del primer mundo.

La ley del más fuerte en el mundo capitalista moderno se expresa de variadas formas, sin embargo, la quintaescencia sigue siendo la misma: ¡Haz lo que yo ordeno, pero no lo que yo hago! En este sentido el cuestionamiento y el emplazamiento que hace Bukele a los gobiernos y a los organismos internacionales es loable y aplaudible. Todo lo contrario, a la actitud sumisa y servil de antiguos presidentes, sobre todo, los de los últimos 80 años, para no ir más lejos.

Bukele hizo las de Seneca frente al cuerpo diplomático ahí presente, optando por molestar a sus invitados con la verdad que complacerlos con adulaciones. Pues es cosa conocida, que los “grandes” frente a los “pequeños” siempre actúan como el cura párroco chileno, Lucho Gatica, quien critica, pero no practica.

Más allá de las consecuencias reales, positivas y/o negativas, que el discurso pueda ocasionarle al gobierno de Bukele, a nivel de las relaciones político-diplomáticas con el mundo occidental, la repercusión que ha provocado la crítica constructiva del joven presidente salvadoreño a algunos gobiernos del mundo y de manera especial, a la Organización de Estados Americanos (OEA) ha sido impactante. Al parecer Bukele, con su retórica parlamentaria y oratoria deliberativa, ha dejado claro que no quiere ser pelele de los gringos ni tampoco desea que la OEA lo tutele.

Nayib Bukele no es el primer mandatario o político latinoamericano que critica a la vieja, anquilosada y fea OEA, organismo que desde su fundación en 1948 ha estado siempre en función de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos de Norteamérica, no obstante, él es el primer presidente salvadoreño, si no me equivoco, que ha defendido dignamente frente a ese organismo la autonomía e independencia del estado salvadoreño.

Ojalá el discurso independentista y autónomo del presidente esté acompañado de un plan económico y social que le permita a la sociedad salvadoreña a mediano y largo plazo elevar integralmente los niveles de vida.

Sí efectivamente el gobierno de los Estados Unidos y la clase económica-social dominante en El Salvador consideraran a Nayib Bukele como un peligro real y eminente, tanto nacional, regional o continental, seguro estoy que otro gallo le cantaría las mañanitas.  

Mientras Bukele vaya abriéndose camino en aras del pueblo, creo que su popularidad y arrastre seguirá aumentando y eso, sí representa un verdadero peligro, no para los norteamericanos ni para la oligarquía arcaica salvadoreña, sino más bien, para los partidos políticos tradicionales que presumen tener una agenda política en beneficio de las grandes mayorías populares y que desde hace un buen rato los ha puesto contra las cuerdas.

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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