Gabriel Otero
Los peluches son infalibles para la expresión emocional de los niños en su primera infancia, los ayudan a crear situaciones imaginarias, a sentirse seguros ante los descubrimientos del mundo, y suelen llegar a convertirse en confidentes y grandes amigos que los acompañan en sus dulces sueños.
Ver a un infante abrazando con amor a un peluche es usual y genera profunda ternura, uno los envidia y quisiera no haber salido nunca de ese espacio de ingenuidad casi en la frontera de la ensoñación, adonde es protegido por mamá y papá y no existen las preocupaciones.
Al crecer el significado de los peluches cambia, se utilizan como adornos en camas y repisas, hay otros que son socorridos como fuente de placeres privados y la mayoría son desterrados a cajas como recuerdo de etapas y felices días.
Pero en esta ciudad de orates y locos, siempre se encuentran formas para innovar la ridiculez, hace unos años se pusieron de moda los muñecos de Garfield adheridos con ventosas plásticas a los cristales de los coches, y hace menos de un lustro, el público comenzó a lanzar peluches del doctor Simi, al cantante o al frontman de turno, en los conciertos masivos.
De edad respetable y aspecto bonachón, el doctor Simi es la mascota de las famosas farmacias similares conocidas por vender medicamentos genéricos y montar consultorios en barrios y colonias, el peluche ha sido adoptado por la cultura popular, más por la obra de las numerosas boticas que por la dudosa estética del muñeco.
A Aura, mi compañera de oficina, la vi invadida de delirios cuando le regalaron un peluche gigante del mencionado personaje vestido de guardabosque, ella coordina y organiza las carreras y eventos deportivos en un bosque que es la fascinación de atletas y los que pretenden serlo después de la delicia de vapear o fumarse un par de cigarritos diarios.
Una cosa es contemplar a los infantes felices con su cuate teddy bear y otra es observar a una adulta mayor hablarle a un muñeco de felpa, y verla diciéndole, primorosa: “Gordi, hermoso cachetón, ¿cómo amaneció mi bello princeso?”.
Al principio pensé que la de Aura, siendo tan extrovertida, era una actitud bochornosamente exhibicionista, lo raro comenzó cuando ella le llevó comida en un plato y simulaba alimentarlo, bien afirman que los viejos se van pareciendo a los niños porque se encojen, pierden los dientes y hacen muecas, pero ella no llega ni siquiera a la mitad de la sexta década para atribuirle desvaríos seniles.
Y lo abrazaba y lo besaba como si quisiera que cobrara vida y el muñeco con la boca abierta, ojos negros, cejas y bigote blanco, y los brazos extendidos pareciera corresponder ante ese despliegue magnánimo de cariño.
A Aura la he visto cada vez más joven y jovial, me extraña que ya van varias mañanas que he encontrado la ventana abierta, el suelo lleno de tierra y de pequeñas pisadas y al doctor Simi de peluche sentado en mi silla, dice la vigilante que por la noche se escuchan voces en la oficina, jura haber oído la de un señor mayor, pero jamás se ha atrevido a abrir la puerta por temor a encontrarse a personajes que habitan de noche en los bosques.
No sé si Aura esté retornando a su infancia, para ella todos los días son una fiesta al saludar al doctor Simi de peluche, mucho me temo que esta alucinación se compartió desde la llegada del monigote. Me incomoda haberme convertido en un cómplice silencioso, y que la oficina de noche mute en escenario para un baile de muñecos, como el descrito por Francisco Gabilondo Soler “Cri cri” en una de sus canciones, o en altar de otras deidades menores.
Un sábado, en horas no hábiles, vislumbre afuera del edificio a unos veinte metros de distancia, a un señor pequeño saltando de la oficina por la ventana, era un pigmeo, un tipo regordete, calvo y de bigote blanco, iba vestido de guardabosque, desconozco si fue una ilusión óptica u otra argucia de la mente, pero era la versión de carne y hueso del doctor Simi de peluche, corrí tras él como pude, no lo alcancé, lo vi ocultarse en el tronco de un árbol milenario. El monigote ya no regresó.
A la mañana siguiente Aura encontró la ventana abierta y buscó a su muñeco en todo el edificio, la sentí ecuánime y resignada, no quise decirle lo que vi, estaba prendada de un peluche que se escapó por la ventana.
Jamás debe dudarse de lo extraordinario.



