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jueves, 28 de octubre del 2021

“Algunos recuerdos sobre el compañero Roque Dalton”

En diciembre de 1982, Salvador Cayetano Carpio escribió este texto para recordar a Roque Dalton. Se trata de un texto histórico que permite ver otra faceta del poeta: la revolucionario.

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El fundador de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), Salvador Cayetano Carpio (comandante Marcial), habla en el siguiente texto sobre el poeta Dalton. Un texto histórico que permite echarle una mirada al poeta a través del testimonio del comandante de uno de los grupos armados que conformarí­an el Frente Farabundo Martí­ para la Liberación Nacional (FMLN).

Resulta una labor bastante compleja elaborar recuerdos sobre nuestro inolvidable compañero Roque Dalton Garcí­a, dado lo multifacético de sus actividades y de sus cualidades y la forma propia, rica, expansiva, en que el compañero Roque Dalton sabí­a exponer al mundo las ideas progresistas y revolucionarias que habí­a en su cerebro, y que fueron el motor de su práctica revolucionaria.

Corrí­an los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución Cubana. Las juventudes progresistas se habí­an radicalizado bajo el influjo de aquella tormenta revolucionaria que recorrí­a toda Latinoamérica, inspirada en la gloriosa gesta del pueblo cubano; al mismo tiempo, en El Salvador, dentro de las condiciones creadas por una tiraní­a militar que ya llevaba más de 30 años, bullí­a la juventud en deseos de participar, con nuevas formas de lucha, en la liberación, junto con los demás sectores del pueblo. En ese hervor revolucionario, conocí­ a Roque.

En esos dí­as, Roque Dalton y otros jóvenes entregados a la causa de su pueblo, estaban organizando una organización que se llamó “Juventud 5 de Noviembre”, que era -podrí­amos decir- la pionera de las organizaciones juveniles que posteriormente fueron desarrollándose en los siguientes años. Eran los primeros meses de la administración del gobierno cí­vico-militar encabezado por Julio Adalberto Rivera, que habí­a derrocado mediante un golpe de estado a la Junta Democrática que tuvo presencia en el paí­s nada más durante unos tres meses: de octubre de 1960 a enero de 1961.

Roque trabaja asiduamente desde posiciones clandestinas, tratando de organizar a los jóvenes en la lucha contra la tiraní­a. Su juventud, su vivacidad, su alegrí­a, contagiaban. Naturalmente que en esos tiempos todaví­a no existí­a una práctica colectiva muy depurada; así­ y todo la organización tuvo expresiones bastante influyentes entre la juventud estudiantil, principalmente en acciones de calle, con publicaciones, con agitación, pero dentro de aquella caracterí­stica juvenil, un poco liberal, con ideas de convertirse en una organización abierta de masas y a veces, con pocas medidas de precaución, dado el ambiente en que se moví­a, lo que daba bastante flanco para que el enemigo pudiera golpear.

Sin embargo, ese espí­ritu de cierto liberalismo juvenil, propio de aquella tanda juvenil, en la que habí­a varios poetas, escritores, que le daban cierto sabor al trabajo organizativo, no impedí­a que ese esfuerzo significara, por un lado, un riesgo consciente, un compromiso consciente, de Roque y de otros compañeros, hacia los intereses fundamentales de su pueblo; un riesgo de sus vidas y de su seguridad en la lucha por organizar a la juventud. Significaba al mismo tiempo internarse cada vez más en la problemática polí­tica, en la lucha polí­tica cada vez más a fondo contra la tiraní­a militar, y por la liberación definitiva del pueblo salvadoreño.

La organización no duró mucho tiempo y fue sustituida después por otras organizaciones juveniles; pero el sello de audacia, de entrega, de apasionamiento en la lucha por la libertades públicas, por los presos polí­ticos, por los derechos de la juventud salvadoreña, quedaron impresos en esos primeros años; y significaron la continuación hacia los escalones superiores de la incorporación de las grandes masas de la juventud avanzada a la posterior integralidad de la lucha polí­tico-militar.

El recuerdo que dejaba Roque en cada persona que lo conocí­a, en sus mismos compañeros de trabajo revolucionario, era realmente inolvidable, porque su personalidad pegaba ““por decirlo de alguna manera-, influí­a, impactaba en su ambiente. Alrededor de él habí­a mucha risa, mucho chiste, mucho entusiasmo juvenil, dentro de un intenso trabajo, de un dinámico trabajo democrático y revolucionario. Es decir, que Roque se vení­a a convertir en centro y dinamo del medio que le correspondí­a motivar y no lo hací­a con los métodos del que viene de otro medio, sino con la propia naturalidad del medio juvenil, estudiantil; que a su vez generaba mayor y mejor ambiente para el trabajo en las condiciones tan difí­ciles, cuando a cada paso que daba era celosamente vigilado por la policí­a y cuando cada cuadra que caminaba estaba erizada de peligros de ser capturado, de ser torturado y de ser asesinado por el régimen opresivo.

En esas condiciones, hacer el trabajo con aquella alegrí­a resultaba un ejemplo, resultaba prodigioso, ya que los revolucionarios, sobre todo entre la clase obrera, hací­amos ese trabajo riesgoso también, luchando por el ascenso combativo de los trabajadores, pero con un sello distinto, propiamente con mucha circunspección, con optimismo y entusiasmo también, con alegrí­a, dentro de nuestros colectivos, pero con mucha gravedad ““incluso en el rostro- cuando nos manejábamos frente a los peligros.

Roque era distinto. Saltaba de un peligro a otro como se salta una charca, de una piedra a otra pero con naturalidad, como si no sintiera que habí­a peligro, y ahí­ era precisamente donde nosotros sentí­amos cierta opresión en el trabajo. Yo personalmente recuerdo haberlo aconsejado varias veces, que era necesario seguir las normas de clandestinidad más seriamente, mostrar incluso mayor reflexión en la planificación del trabajo para poder burlar mejor al enemigo. El compañero Roque, autocrí­ticamente, reconocí­a que algunas normas de clandestinidad no las seguí­a todo lo estrictamente que se debí­a; sin embargó, el fluir natural de su trabajo lo conducí­a siempre a saltear y sortear esos peligrosos con su propia modalidad.

Durante varios años Roque fue en la Universidad, digamos, el alma de la lucha combativa de los estudiantes, pero con un sello especial: era reconocido por la elaboración de las publicaciones picantes en contra del régimen, buscaba las formas de ridiculizar a fondo, de desenmascararlo, desacreditarlo, denunciar sus crí­menes y sus intenciones polí­ticas, su entrega desvergonzada al imperialismo norteamericano. Y lo hací­a en escritos serios y profundos, pero al mismo tiempo, para él era una cosa natural criticarlo con la sátira, con la frase mordaz, con la frase hiriente, con la burla. Jamás a Roque el régimen tí­tere le perdonó el ridí­culo en que lo poní­a ante el pueblo.

Todo el pueblo esperaba el periódico “La Jodarria”, del que Roque, durante varios años fue el natural director.  En “La Jodarria” se exhibí­a toda la podredumbre y la maldad del régimen, en un lenguaje saturado ““podrí­amos- del desahogo popular, pero del desahogo más “˜mal educado”™, con las palabras más picantes, más duras que tiene el vocabulario salvadoreño, el vocabulario guanaco.

Con esa sátira hiriente que hací­a desternillarse de risa a los millones de gente humilde de mi pueblo, cuando ella ridiculizaba a los endiosados y poderosos, a los sanguinarios gobernantes como Osorio, como Lemus, como Adalberto Rivera y los siguientes, “La Jodarria” y el Desfile Bufo eran, precisamente, donde se mostraba toda la agudeza poética pero mordaz, de Roque.

Después de Roque, este estilo original, lacerante para los explotadores, hiriente pero con gracia, como un fino estilete que no caí­a en lo chocarrero, no volvió a aparecer “La Jodarria” con esa genialidad. Pero esto era coyuntural. El trabajo de Roque era más serio. En 1964 fue capturado, después se fugó de una cárcel de Cojutepeque, un calabozo inmundo en donde a mí­ me tocó estar algunos años antes. Roque logró fugarse de ese antro y después tuvo que salir fuera del paí­s por medidas de precaución.

Durante esos años de permanencia del compañero en el paí­s, ya habí­a yo conocido a su compañera y a los niños. Recuerdo que éstos jugueteaban casi siempre cuando tení­amos alguna reunión y no nos dejaban quietos durante un rato, mientras los tolerábamos dentro del local de reuniones. Todos decí­amos que se parecí­an tanto a Roque que eran como retratos chiquitos de él; muchachos traviesos, juguetones y ya entonces los veí­amos nosotros como otros Roques con su carácter vivaz, despidiendo alegrí­a por todos los poros.

Roque hací­a trabajos muy célebres en el terreno polí­tico y sabí­a hacer ese trabajo con la sonrisa en los labios, con el entusiasmo y el fuego, dentro de la juventud. Tení­a fama de que cuando se le criticaba en las reuniones del partido, por su poco apego a las normas de clandestinidad, era muy profundo en la autocrí­tica, muy fácil para autocriticarse, pero muy difí­cil de cambiar en cuanto a esas cosas. Fue esta ““repito- una de sus caracterí­sticas durante ese tiempo dentro de la clandestinidad; porque su espí­ritu, su estilo, era tan expansivo que se sentí­a aprisionado en normas y reglas que encogí­an y limitaban su personalidad.

Hay que tomar en cuenta su desbordante producción literaria en todos esos años. A saber cómo tendrí­a tiempo para elaborar, también con la misma forma natural y fluida, tánta producción. Como poeta, en esos años, se destacaba por la cualidad de que hací­a versos como quien respira el aire, con la forma natural de su propia vitalidad: hací­a versos como quien platica, y fluí­a a torrentes en la mente, la vena literaria. En ese sentido, Roque no era un poeta forzado ni mucho menos Roque era la poesí­a. No es que sintiera la poesí­a en su pecho, sino que él mismo era poesí­a. Tomaba el lápiz y el poema le salí­a como quien se toma un vaso de agua. Se sentaba un rato y ya estaba otro poema y así­, su vida era entre poemas, sin que por eso su trabajo fuera menos dinámico, sin que por eso disminuyera su entusiasmo revolucionario. Por eso es tan natural la poesí­a de Roque, aunque en los primeros años en que yo lo conocí­, su poesí­a era un poco difí­cil de entender para los obreros. Sin embargo, su estilo fluido, su sátira, su mordacidad, su belleza de expresión, su espontaneidad, prendí­an y cada vez prendieron más en las masas del pueblo.

Después  dejé de ver a Roque varios años, hasta encontrarlo en Checoslovaquia, cuando estaba como representante del Partido Comunista en la revista Internacional. En Praga tuvimos largas conversaciones; fue en el año 1965 y se notaba que su pensamiento se iba ampliando, sus inquietudes iban creciendo en torno a una nueva problemática, se iban concentrando en lo que a él le parecí­a una limitación, y era que ya sentí­a las trabas en las lí­neas del partido comunista, ya que a esas alturas, comenzaba a confrontar experiencias, porque estaba en un medio en el cual le era muy fácil percibir los aires de todas las revoluciones de liberación nacional que se estaban dando en el orbe, de todos los fenómenos, de las debilidades de los movimientos, de la pasividad de muchos movimientos latinoamericanos, de las profundas debilidades en algunos paí­ses socialistas en cuanto a las deformaciones de los métodos de dirección, que daban como resultado deformaciones también en la construcción del socialismo y que daban como resultado fenómenos no deseables como los de la misma Checoslovaquia, o como los de Hungrí­a. Podí­a percibir también la polémica internacional promovida por el extremismo izquierdista ““el grupo de Mao Tse Tung-, las tempestades en Europa. Al ver a América Latina, se sentí­a insatisfecho de determinado tipo de lí­nea no integral que impulsaban algunos partidos comunistas de Sudamérica y Centroamérica, porque daba la sensación de “vejez” de la lí­nea, de cierto dogmatismo, de cierto entrabamiento, que ya comenzaba él a sentir que era necesario superar, romper, para poder dar a las masas causes que hicieran posible generar su propia actitud creadora hacia su liberación, dirigidos por una vanguardia marxista-leninista que tuviera una orientación integral en cuanto a la combinación de los medios de lucha.

Al hablar con él, yo sentí­a su sufrimiento interno en ese sentido, aún cuando todaví­a no encontraba fórmulas exactas de expresarlo; pero él franco conmigo ““hay que tomar en cuenta que yo ya tení­a algunos años de ser secretario general del PCS- y entonces él, con toda franqueza me expresaba esa misma inquietud, que a mí­ también, desde hací­a varios años, me hací­a tener una lucha ideológica interna, por hacer que nuestra lí­nea saliera de los moldes dogmáticos y se convirtiera en una lí­nea creadora. Sin embargo, como guardando el respeto hacia las responsabilidades que me incumbí­an, me mostraba sus trabajos, sus esbozos polí­ticos, pero con mucho respeto, pensando él que tal vez podrí­a no ser de mi agrado su audacia, su visión en ese sentido.

Roque ya en esos años de 1965-1967 tení­a casi la certeza de que era posible y necesario implementar medios de lucha armada, junto a los otros medios de lucha que tiene la clase obrera y el pueblo. Sin embargo, ciñéndose a cierta disciplina, continuaba ocultando, hasta cierto punto, la ebullición de sus ideas sobre la lí­nea polí­tico-militar, hacia una concepción integral.

Eso fue evidente cuando en el año 69 conversamos en La Habana. Ya él prácticamente se habí­a divorciado de la lí­nea del partido, para romper con un esquema que él consideraba unilateral de lucha, y se estaba preparando mental y fí­sicamente para jornadas de lucha revolucionaria más integrales en nuestro paí­s. Ya entonces sí­ habí­a dado un salto en su práctica y en su pensamiento. Bullí­an sus ideas por los caminos ““a veces- de la fantasí­a revolucionaria de Debray, pero al mismo tiempo trataba de ser crí­tico de algunas ideas que le parecí­an demasiado exageradas, desviadas ““podrí­amos decir- de Debray, sobre el foco guerrillero.

Esa escuela de experiencias revolucionarias, no bien digeridas pero expuestas con brillantez por Debray y por muchos otros, sentí­ que le atraí­a enormemente. Encontré un Roque no ya tan pensativo, tan angustiado en la búsqueda de caminos, como lo habí­a visto en Checoslovaquia, donde su eterna sonrisa casi se habí­a opacado frente a esos problemas. Se podí­a decir ““si eso fuera posible- que lo veí­a rejuvenecido. Nuevamente habí­a encontrado el camino, ahora sí­ él creí­a que la lucha armada era la forma que, combinada con las demás formas de lucha, iba a impulsar la revolución en nuestro paí­s.

En esa época cuando él conversaba conmigo sobre esto, estaba conversando también con otra persona: yo ya estaba convencido, y en el trají­n de la lucha armada habí­a ido encontrando mayor afinación teórica que antes, en cuanto a la combinación de los medios de lucha. Habí­a pasado ya meses de intensos fuegos de la lucha de masas, de las huelgas obreras, de la huelga de hambre de 1967, de las huelgas de ANDES, de la autodefensa de las masas por defender sus huelgas y sus manifestaciones. Entonces yo estaba claro también para muchos salvadoreños que no habí­a más salida para nuestro pueblo que la combinación justa de los medios de lucha, tomando la lucha armada como la fundamental para hacer avanzar el proceso revolucionario de la guerra popular prolongada hasta las etapas superiores de la guerra popular.

Roque a esas alturas era también un convencido de eso, y hablábamos en un lenguaje parecido, aunque no el mismo, ya que también a esas alturas en mi caso, estaba claro que las tesis de Debray, que habí­an comenzado a sufrir reveses serios en distintas partes de Latinoamérica, eran una no correcta exposición de las experiencias de la revolución en Latinoamérica.

Después de esas últimas entrevistas con el compañero, comprendí­a que Roque estaba ya plenamente hermanado con la necesidad de la lucha armada revolucionaria de nuestro paí­s, e incluso estaba dispuesto a iniciarla ““en caso de que no se llevara a cabo en el paí­s- dando su esfuerzo y su sangre para la revolución en Guatemala.

Después de eso, quedaba claro para mí­ la imagen de un Roque nuevo: un Roque superado en cuanto a sus puntos de vista, en el sentido en que, a través de varios años de búsqueda, habí­a logrado encontrar, por fin, las proporciones y el camino justo de la liberación de nuestros pueblos.

Tuve, en los primeros años de la formación de las FPL, aproximadamente en el año 1972, la noticia de que él deseaba regresar a El Salvador clandestinamente para ingresar al movimiento revolucionario polí­tico-militar. Sin embargo, no fue por el lado de nuestra organización por donde se canalizaron más ágilmente esas inquietudes.

A principios de 1975 tuve el conocimiento y la oportunidad de volver  a darle un fraternal abrazo, en una reunión bilateral que tuvimos los dirigentes de las FPL con los dirigentes del ERP. Nos presentaron a Roque para que expusiera la parte polí­tica del informe que el ERP nos exponí­a en ese intercambio. Roque era, podrí­amos decir, como un cuadro de apoyo de la dirección del ERP para los aspectos polí­ticos.

Recuerdo que, con muy poca prudencia de su parte, cuando me vio, en su gran sorpresa, cuando se lanzó a mis brazos en un abrazo fraternal, me dijo frente a los compañeros de su dirección: “¡Qué lástima, compañero, que no pude encontrar los canales ágiles para estar con usted, porque yo querí­a estar a la par suya, en las FPL!” Así­ era Roque. Yo consideraba aquello como poco reflexivo, porque, desde luego, lo estaban presentando como miembro de otra organización. Sin embargo, él era tan franco, tan expansivo, que no pudo dejar de exhalar esa frase.

Pocos meses después, cuando se precipitaron los acontecimientos dentro de esa organización, el compañero Roque murió en condiciones que todo el mundo ha sentido profundamente.

Para mí­, el recuerdo del compañero Roque ha quedado como el de un revolucionario que nació a la vida revolucionaria en sus tiernos años, dentro de sus inquietudes de un intelectual que se iba forjando junto a su pueblo, de un hijo de su pueblo, cristalino, natural, que dio mucho a su pueblo y a las letras y que estaba en el camino de la lucha, sinceramente entregado a hacer avanzar la lucha revolucionaria polí­tico militar donde él consideraba que era conveniente.  

Lo recuerdo, digo, como ese revolucionario que se va forjando hasta convertirse en un revolucionario maduro. Su recuerdo, su trabajo, su optimismo, sus gestos, su espí­ritu fraternal, son algo que no se pueden borrar en toda la vida.

30 de diciembre de 1982.

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