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martes, 26 de octubre del 2021

Abril de 1944: crónica de una insurrección

(Sí­ntesis del levantamiento cí­vico-militar contra el presidente Maximiliano Hernández Martí­nez, en abril de 1944)

A mis ocho años de edad, todaví­a mi gran pasión era jugar a las canicas, trompo, capirucho, la pelota de trapo o encumbrar las piscuchas o papelotes en los llanos vecinos o en la plaza de mi pueblo, Villa El Rosario. Pero también, yo era muy dado a escuchar de mi padre todo aquello que, fuera de lo común, me pareciera de mucho interés.

Un dí­a, algo novedoso que le oí­ llamó poderosamente mi atención. Era el Domingo de Ramos, 2 de  abril de 1944. Esa tarde, al inicio de las celebraciones de Semana Santa, mi padre comentaba las noticias llegadas de San Salvador, sobre el levantamiento de jóvenes militares contra el presidente de la República, Maximiliano Hernández Martí­nez. Su gobierno -según los alzados en armas- se habí­a convertido en una dictadura sostenida a base de continuismo, represión y arbitrariedades contra la población.

Desde enero se habí­an verificado reuniones secretas entre oficiales jóvenes y algunos elementos civiles, con la idea de realizar un golpe de Estado. Entre los civiles cuatro figuras destacaron como lí­deres del movimiento: los doctores Arturo Romero y Francisco Guillermo Pérez y los señores Agustí­n Alfaro Morán y Ví­ctor Manuel Marí­n; y por parte del Ejército: general Alfonso Marroquí­n, coroneles José Marí­a Montalvo y Tito Tomás Calvo; tenientes coroneles Francisco Acosta, Carlos Salomón Chavarrí­a y Alfredo Aguilar; mayor Julio Faustino Sosa; capitanes Héctor Montalvo, Fidel Issusi y Benjamí­n Rodrí­guez; y teniente Daniel Cristales; y muchos militares y civiles.  

El movimiento rebelde fracasó en su primera fase, con la captura y fusilamiento de algunos dirigentes militares. Pero, la lucha continuaba como demanda de una población en resistencia y enardecida por la gran cantidad de atropellos y crí­menes, que continuaron durante todo el mes de abril. Lí­deres militares y civiles, estudiantes universitarios junto a obreros y campesinos, señoras de los mercados y población en general, eran ya un haz de reclamos, sostenido e inclaudicable. Los niños también nos estremecí­amos, contagiados por el fervor ciudadano que gravitaba entonces sobre la Patria.

Durante abril fueron fusilados: capitán Carlos Gavidia Castro, capitán Carlos Francisco Piche, teniente Alfonso Marí­n, teniente Marcelino Calvo, capitán Manuel Sánchez Dueñas, teniente Antonio Gavidia Castro, teniente Miguel íngel Linares, teniente Ricardo Mancí­a, teniente Oscar Armando Cristales, teniente Edgardo Chacón, coronel Tito Tomás Calvo, mayor Julio Faustino Sosa y general Alfonso Marroquí­n. Un santo laico: el ciudadano Ví­ctor Marí­n fue fusilado en una mañana de aquel abril de 1944. Los tenientes Mario Villacorta y Héctor Cárdenas fueron asesinados por patrullas militares. El periodista Jorge Pinto fue ametrallado en la celda donde guardaba prisión.

 En la capital, crecí­a el afán de lucha. Todos los sectores comenzaron a organizar clandestinamente una huelga de brazos caí­dos, con cierto liderazgo de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS).

El 28 de abril de 1944 se decreta la huelga universitaria; el 2 de mayo cesaron las labores en las fábricas y se detuvieron los ferrocarriles; los bancos  y los almacenes cerraron el 3 de mayo, y el 4 se sumaron a la huelga los empleados públicos. Así­ se suspendí­a la actividad completa de la Nación, lo cual hizo nacer y crecer la preocupación del dictador. Habí­a llegado su hora. La huelga de brazos caí­dos fue la expresión airada del pueblo que, al final, lo tumbó.

  Durante una nutrida  manifestación, el 7 de mayo, el agente de seguridad Juan Arnoldo Reyes Baires disparó, sin objetivo fijo, a un grupo de estudiantes y su bala mortal hizo blanco en el joven José Wright Alcaine, ciudadano norteamericano y de reconocida familia de El Salvador. Hubo indignación y reclamo contra Hernández Martí­nez, no sólo de la población salvadoreña sino también del gobierno de los Estados Unidos,  a través de su embajador, Walter Thurston.

Y Hernández Martí­nez cayó. El 9 de mayo huyó hacia Guatemala, después de depositar el mando en el Vicepresidente, general Andrés Ignacio Menéndez.. Se fue sin pena ni gloria, después de tanto poder ejercido a través de las armas, desde el brutal genocidio perpetrado contra la heroica resistencia de miles de compatriotas en 1932. Una estela de sangre y de muerte iba quedando tras la partida del dictador.

Cuando cayó Hernández Martí­nez, doce años después de la masacre de 1932, la mayorí­a de salvadoreños aplaudió el acontecimiento. Pero, la historia no cambió mucho con la ida de Hernández Martí­nez. Fue un cambio de militares a militares…

En cuanto a Hernández Martí­nez, años más tarde, después de recorrer el largo camino de su exilio por distintos paí­ses, el 15 de mayo de 1966 fue asesinado en su finca de Jamastrán, en Honduras, y su verdugo fue Cipriano Morales, su propio ayudante y hombre de su mayor confianza.

               

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