Por: Carlos Velis
En estos últimos años me aficioné a los podcast de las guerras. No voy a hablar de mis simpatías hacia uno u otro bando. Eso es para los fanáticos del fútbol. Pero no para la guerra. Allí veo rostros de madres y padres llorando ante un cadáver, tal vez no el de su hijo, solo el hijo de alguien, que podría ser el suyo. En el dolor nos juntamos, nos hacemos uno. Por lo menos, los que todavía creemos en la humanidad, aunque también hay monstruos que creen que los del otro lado de la frontera, no son humanos. Y solo cuentan cómo suben sus acciones en la bolsa. Qué triste.
Estos últimos años han sido particularmente terroríficos, demoníacos. Hemos sido testigos directos de genocidios y luego, los perpetradores, luciendo orgullosos sus crímenes, se pavonean como las fieras relamiéndose la sangre y acicalándose las patas. Y encima, con la peor de las desvergüenzas, salen clamando ser inocentes. ¡En qué mundo vivimos! Lo más desconcertante es la indiferencia de los buenos. Como la tira de Quino, donde Susanita le dice a Mafalda: “Digamos qué barbaridad y sigamos jugando”.
El reyezuelo del Norte global, un mago de Oz decrépito, organizó una guerrita con Irán, como la del juego infantil que los bandos van atacando por turnos. Cinco semanas, dijo que duraría. Olvidó que los soldados no son de plástico; comen, duermen, hacen planes de seguir con su vida. Que la película El soldado universal es eso, película. Tal vez pensaría que Sunt Zu y Clausewitz son restaurantes. Pero lo más aterrador es que es el más poderoso de la tierra. También lo fueron, en su tiempo, Nerón, Calígula y Cómodo. Lo triste es el daño que hacen. Los imperios mueren matando. Eso ya lo sabemos.
Para mientras, el juego de guerrita sigue. No acepta que ya perdió. Que una guerra no se gana matando gente, ni eliminando los líderes del enemigo; ni siquiera destruyendo todas las ciudades. Una guerra se gana hasta que se planta la bandera sobre el territorio vencido. O sea, haber doblegado la moral de los habitantes y haber tomado el botín de guerra. Y eso no lo vemos en ninguna parte del mundo en que el norte está tirando bombas, matando y destruyendo. Ni en Venezuela, por mucho que se diga.
Porque hay un arma de guerra, la más poderosa, que Estados Unidos no la tiene. Tal vez la tuvo, en la Segunda Guerra Mundial, pero la perdió y, cuando ésta se pierde, no se recupera más. Y es la moral de combate.
Esta es el arma de las resistencias en las guerras desiguales, que a la larga define las victorias de los débiles sobre los poderosos. Nace del amor a su terruño, de los recuerdos de infancia, de la música, los sabores y olores entrañables. Y de sus ancestros descansando en la tierra. Ese es el factor espiritual y psicológico decisivo que impregna toda la guerra y determina la victoria más allá de los puros cálculos materiales.
La moral de combate es la que sostuvo a los guerrilleros en Morazán, Chalatenango, el cerro Guazapa, sitios bombardeados por tierra y aire, sin pausa ni piedad, día y noche. Valga la mención del volcán de San Salvador, donde los uniformados pasaban a pulgadas de los combatientes, acurrucados detrás de los cafetales.
Igualmente, en Irán, Yemen, Palestina y otros lugares cruelmente martirizados por millones de toneladas de explosivos, la población sale a las calles a desafiar los aviones con gritos de combate. Los invasores la tienen perdida.
Y con los últimos acontecimientos, pareciera que la maqueta se les descuadra.
Termino citando a los dos teóricos más importantes sobre el tema:
Carl von Clausewitz (1780-1831) Fuerzas morales: Las consideraba entre las más importantes del conflicto, englobando el espíritu de las tropas, la opinión pública y la cohesión del liderazgo.
Sunt Zu (544aC-496aC) La Ley Moral: Es el principio fundamental que hace que el pueblo esté en completa armonía con su líder, dispuesto a obedecerle y a morir por él sin temor al peligro.
Así, entendemos la consigna de: VENCER O MORIR.



