Por Alonso Rosales
A casi dos años de su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump enfrenta un desafío que podría resultar decisivo para el futuro de su proyecto político: el desencanto de ciudadanos que esperaban una mejora económica, una reducción del costo de la vida y un gobierno concentrado en resolver los problemas internos de Estados Unidos. Sin embargo, el aumento de los gastos cotidianos, la ofensiva contra la inmigración y la guerra contra Irán han comenzado a generar dudas incluso entre personas que respaldaron su candidatura en 2024.
Las elecciones legislativas de mitad de mandato, previstas para el 3 de noviembre de 2026, se presentan así como una prueba para el Partido Republicano y para un presidente cuya capacidad de mantener el apoyo electoral dependerá, en buena medida, de cómo los ciudadanos evalúen los resultados de sus políticas en sus propias vidas.
Las experiencias de tres estadounidenses —un profesor de historia de Carolina del Norte, una madre afroamericana de Virginia y un joven republicano de Misuri— ilustran las contradicciones de un país donde las promesas de prosperidad conviven con dificultades económicas, preocupaciones sociales y un creciente cuestionamiento de las decisiones presidenciales.
Inmigración: entre el discurso político y el miedo cotidiano
Neil, un profesor de historia de 60 años que pidió mantener su identidad en reserva, observa cómo las políticas migratorias de la Administración Trump repercuten en su comunidad escolar. Cuando agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) realizan operativos en su ciudad, algunos estudiantes dejan de asistir a clases y el temor se hace evidente entre los padres que llevan a sus hijos a la escuela.
Su entorno laboral también refleja las consecuencias de las restricciones migratorias. Uno de sus compañeros perdió su estatus de protección temporal (TPS), mientras otro profesional extranjero lleva aproximadamente año y medio esperando una resolución sobre su residencia permanente.
Aunque Neil es ciudadano estadounidense y conserva su empleo, considera que el clima político ha deteriorado la convivencia y la percepción que tiene de su país.
El docente cuestiona que el patriotismo, tradicionalmente asociado con la identidad nacional y el respeto a sus instituciones, se utilice para alimentar la desconfianza hacia quienes tienen un origen diferente.
A su juicio, el problema no consiste únicamente en las medidas migratorias, sino también en la manera en que el discurso presidencial puede influir en las actitudes sociales. Desde su perspectiva, la identidad estadounidense debería fundamentarse en la diversidad, la tolerancia y la capacidad de resolver las diferencias mediante el diálogo.
Patricia Fernández-Kelly, profesora de Sociología e investigadora de la Universidad de Princeton, sostiene que el endurecimiento de las políticas migratorias ha generado inquietud entre sectores de la población que inicialmente respaldaban el objetivo de combatir la inmigración irregular y la delincuencia.
La académica señala que las detenciones de familias y menores, junto con las denuncias de abusos y las muertes vinculadas a operativos migratorios, han contribuido a modificar la percepción pública sobre las actuaciones de ICE.
El debate también tiene raíces económicas. Fernández-Kelly vincula parte del respaldo a Trump con el deterioro de comunidades afectadas por la desindustrialización, la pérdida de empleos manufactureros y las limitadas oportunidades de movilidad social.
En ese contexto, la inmigración se convirtió en uno de los principales ejes de movilización política del mandatario, capaz de reunir a sectores que se sienten desplazados por los cambios económicos y sociales.
Sin embargo, mantener esa base electoral no garantiza que todos los ciudadanos que votaron por Trump continúen apoyándolo. Las preocupaciones sobre el empleo, los precios y la convivencia social pueden modificar las prioridades de una parte del electorado.
El costo de la vida golpea a las familias
Para Nikki, una madre soltera afroamericana de Richmond, Virginia, la principal preocupación no es la confrontación política, sino conseguir los recursos necesarios para sostener a su familia.
Tiene cuatro hijos, de entre 16 y 25 años, y aunque la mayoría son adultos, continúa ayudándolos económicamente. La dificultad para acceder a viviendas asequibles ha obligado a algunos de ellos a regresar a su hogar o compartir el alquiler con otras personas.
Uno de sus hijos volvió a vivir con ella acompañado de un amigo y de la madre de este, después de que no pudieran seguir pagando su vivienda en Baltimore. Otro, graduado universitario con una maestría, comparte casa con otras tres personas para distribuir los gastos.
La situación refleja una dificultad que afecta a numerosos jóvenes estadounidenses: contar con estudios superiores no garantiza independencia económica cuando el costo de la vivienda y otros servicios esenciales consume una parte importante de los ingresos.
Nikki también enfrenta obstáculos para cubrir los gastos de alimentación, transporte y atención médica. Al trabajar a tiempo parcial, carece de un seguro de salud proporcionado por su empleador y no reúne las condiciones necesarias para acceder a determinadas alternativas de cobertura.
La mujer considera que las decisiones de la Administración Trump no han ofrecido respuestas suficientes a las necesidades de las familias de ingresos bajos y medios. Su preocupación se extiende a las comunidades afroamericanas y a otros sectores que, según percibe, han quedado al margen de las prioridades gubernamentales.
El problema económico tiene una dimensión nacional. Según los datos citados en el reportaje de France 24, una encuesta de CBS News encontró que el 75 % de los votantes consideraba que la Administración Trump no había hecho lo suficiente para reducir los precios.
Julio Sevilla, profesor de Negocios de la Universidad de Georgia, explica que la relación entre los salarios y la inflación se ha deteriorado durante el mandato. Mientras al comienzo del periodo los ingresos crecían por encima del aumento de los precios, la tendencia descrita por el académico se había invertido, reduciendo el poder adquisitivo de los hogares.
Los aranceles comerciales y el encarecimiento de la energía figuran entre los factores que presionan los costos de producción y distribución. Sus efectos pueden trasladarse a una amplia variedad de bienes y servicios, desde los alimentos hasta el transporte.
A esto se suma la dificultad de acceder a una vivienda. El déficit habitacional, el incremento de los alquileres y las elevadas tasas de interés hipotecario limitan las posibilidades de compra, especialmente para los jóvenes y las familias sin ahorros suficientes.
Las decisiones presupuestarias también forman parte de la controversia. La legislación fiscal impulsada por Trump, conocida como la One Big Beautiful Bill, contempla cambios tributarios y recortes en programas sociales que han generado preocupación por sus posibles consecuencias para los sectores más vulnerables.
Los ajustes a Medicaid, el programa de asistencia alimentaria SNAP y los subsidios asociados a la Ley de Cuidado de Salud Asequible podrían afectar el acceso a servicios básicos de millones de personas, según las estimaciones recogidas en el reportaje.
Para Nikki, el balance es claro: no atribuye todos sus problemas directamente al presidente, pero considera que el liderazgo político influye en las prioridades nacionales y en la forma en que se atienden las necesidades sociales.
Su experiencia pone de relieve una contradicción para el Partido Republicano: las promesas de crecimiento económico pierden fuerza cuando las familias no perciben mejoras concretas en su capacidad para pagar la vivienda, comprar alimentos o acceder a servicios médicos.
La guerra contra Irán pone a prueba a los votantes republicanos
Steve, un joven de 27 años que vive en Misuri, representa otro tipo de descontento. No se identifica plenamente con el movimiento MAGA, pero votó por Trump en 2024 porque confiaba en su experiencia empresarial y en sus promesas de mejorar la economía.
También esperaba que Estados Unidos evitara involucrarse en nuevos conflictos militares.
Ahora, el aumento de los gastos de transporte y combustible lo obliga a reconsiderar decisiones cotidianas. Cada año viajaba a Kentucky para visitar a su madre y reunirse con su familia durante las celebraciones de Acción de Gracias. En 2026, el precio de los pasajes aéreos y el costo de conducir durante nueve horas lo han obligado a replantearse sus planes.
Steve no entiende por qué Estados Unidos está involucrado en la guerra contra Irán ni por qué el conflicto repercute en sus gastos, especialmente cuando el país figura entre los principales productores mundiales de petróleo.
Su interrogante refleja una de las contradicciones de la economía global: producir grandes cantidades de crudo no garantiza que los consumidores nacionales queden aislados de las alteraciones del mercado internacional.
El precio del petróleo responde a factores como la oferta, la demanda, las expectativas de los mercados y los riesgos geopolíticos. Las tensiones en torno al estrecho de Ormuz, una ruta estratégica para el transporte mundial de hidrocarburos, pueden generar incertidumbre y presionar los precios de la energía, con consecuencias para el transporte, la agricultura y la industria.
Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación, señala que la repercusión de estas decisiones se vuelve especialmente visible cuando los ciudadanos deben pagar más por llenar el tanque de sus vehículos.
La política exterior, habitualmente distante para una parte del electorado estadounidense, adquiere una dimensión personal cuando encarece el combustible y reduce los recursos disponibles para otros gastos familiares.
En el caso de Steve, la frustración no significa que haya decidido apoyar a los demócratas. Su dilema es más complejo: mantiene reservas frente a la oposición política, pero tampoco siente la misma motivación para respaldar al presidente que lo llevó a votar por los republicanos.
Incluso contempla la posibilidad de abstenerse en las elecciones de noviembre.
Ese tipo de votante puede convertirse en un factor determinante en las elecciones de mitad de mandato. Mientras la base más fiel de Trump mantiene su respaldo por razones ideológicas, los electores pragmáticos pueden evaluar su voto a partir de los resultados económicos y del cumplimiento de las promesas de campaña.
Las elecciones de noviembre y el desgaste presidencial
Las historias de Neil, Nikki y Steve revelan tres dimensiones de un mismo problema político. La primera está relacionada con el impacto social de las políticas migratorias; la segunda, con la dificultad de sostener a las familias en medio del encarecimiento de los bienes y servicios esenciales; y la tercera, con las consecuencias económicas de una guerra que algunos ciudadanos no comprenden ni consideran compatible con las promesas electorales de Trump.
No se trata de experiencias idénticas ni permiten concluir que todo el electorado estadounidense haya cambiado de opinión. Sin embargo, muestran cómo las decisiones gubernamentales pueden modificar la percepción de los ciudadanos cuando sus efectos se manifiestan en la escuela, el hogar o la gasolinera.
Para el presidente, el desafío consiste en mantener la lealtad de su base electoral y, al mismo tiempo, responder a las expectativas de quienes lo apoyaron con la esperanza de obtener mejores condiciones económicas.
La oposición demócrata podría beneficiarse del descontento, pero no existe una garantía automática de que los votantes desencantados se trasladen a sus filas. Algunos podrían cambiar de partido, otros optar por candidatos independientes y otros simplemente abstenerse.
En unas elecciones legislativas, estas decisiones pueden tener consecuencias importantes para el control del Congreso y para la capacidad de la Casa Blanca de impulsar su agenda durante la segunda mitad del mandato.
El desgaste político, por tanto, no depende únicamente de los índices de aprobación presidencial. También está vinculado con la distancia entre las promesas de campaña y la experiencia cotidiana de los ciudadanos.
Neil teme que el país se aleje de los principios de respeto y convivencia que considera fundamentales. Nikki siente que las necesidades de su familia y de su comunidad no reciben suficiente atención. Steve, por su parte, se pregunta si el voto que depositó en Trump realmente contribuirá a mejorar su vida.
Tres perspectivas distintas, pero una inquietud compartida: si las políticas presidenciales no se traducen en mejoras tangibles, la confianza electoral puede debilitarse incluso entre quienes alguna vez vieron en Trump una oportunidad de cambio.
Fuente: France 24, reportaje de Eumar Esaá sobre el impacto del segundo mandato de Donald Trump en la vida cotidiana de tres estadounidenses, publicado el 28 de octubre de 2026.


