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miércoles, 28 octubre 2026
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Cocinar en familia

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Por: Dra Margarita Mendoza Burgos

Cocinar con los hijos es mucho más que una tarea doméstica: es una manera de repartir responsabilidades y, al mismo tiempo, de enseñarles habilidades para la vida. Participar en las labores del hogar hace que los niños se sientan útiles e importantes mientras adquieren destrezas. Sobre todo, favorece su autonomía, lo que repercute de forma positiva en su autoestima y su seguridad personal.

La cocina también se convierte en un punto de encuentro familiar. Reunirse en torno a la preparación de los alimentos abre un espacio para compartir, conversar sobre temas de interés y fortalecer los vínculos. Además, enseña a los pequeños a valorar el hecho de contar con comida para compartir.

Entre los valores que se pueden inculcar a través de esta actividad figuran la autonomía, el disfrute en grupo, el respeto mutuo, el poder de la comunicación, el agradecimiento por los alimentos y la solidaridad. La cocina permite, asimismo, practicar la paciencia, la tolerancia y el orden.

La participación puede comenzar desde la primera infancia: incluso los más chicos pueden acompañar la actividad desde su cochecito o su corralito. Eso sí, los adultos deben extremar el cuidado para evitar quemaduras y el uso de objetos con los que puedan lastimarse, y explicarles los riesgos.

La incorporación debe ser gradual y acorde con la edad. A partir de los dos años, aproximadamente, los niños pueden realizar tareas sencillas, como lavar alimentos, ordenarlos o colocar los utensilios. Con el tiempo pueden asumir actividades más complejas. La repostería suele ser un buen comienzo, ya que permite mezclar, tamizar y llevar a cabo otras labores relativamente seguras.

Otra ventaja es que los niños se familiarizan con los alimentos de una manera práctica y divertida. Al tocar, mezclar, probar y preparar distintos ingredientes, descubren sabores, texturas y olores. Si además se les permite elegir la receta o decidir qué quieren comer, las posibilidades se multiplican y surgen combinaciones sorprendentes.

En Latinoamérica, esta práctica no es habitual, especialmente en las clases media y alta, donde la preparación de alimentos suele considerarse una labor secundaria y delegada en personal doméstico. Cuando toca hacerlo, muchas veces se asume de mala gana, un rasgo que se atribuye a la falta de cultura en torno a estas tareas y a una tendencia arraigada a contar con empleados para todo.

Sin embargo, encontrar personal para estas labores es cada vez más difícil, y en muchos países ni siquiera existe esa posibilidad, lo que vuelve aún más valioso el aprendizaje en el hogar.

Aunque hoy está de moda enviar a los niños a clases de cocina en academias o institutos, y estas constituyen un buen aprendizaje, ninguna se compara con cocinar en casa y en familia.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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