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lunes, 14 septiembre 2026

El vinilo no es una moda para mí

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Zarko Pinkas |

Para un coleccionista, un disco de vinilo no es un objeto cualquiera. Quien lo toma sin cuidado no solamente demuestra desconocer cómo se manipula: demuestra que tampoco entiende la relación que existe entre una persona y aquello que ha decidido conservar.


Lo ocurrido hace unos días con un disco de vinilo terminó confirmando algo que llevo tiempo observando en distintos espacios: existe una generación que se acerca a determinadas expresiones culturales como quien se acerca a una tendencia, pero que no tiene la menor intención de entender la relación que existe entre una persona y aquello que colecciona. El problema no es que tengan veinte, veinticinco o treinta años. El problema es que llegan con la seguridad de quien cree saberlo todo, manipulan lo que no les pertenece y, cuando alguien les señala que lo están haciendo mal, responden con una actitud de desafío que convierte cualquier observación en una confrontación.

Eso fue exactamente lo que ocurrió con un disco que yo iba a comprar. El muchacho lo tomó de la funda interna y lo levantó como si estuviera agarrando cualquier objeto de una mesa. La punta del papel terminó doblada. Le pedí que bajara el disco. No lo hizo. Se lo volví a pedir, esta vez con el tono que correspondía a alguien que estaba viendo cómo otra persona manipulaba de manera incorrecta algo que yo acababa de pagar. A partir de ahí apareció la actitud desafiante, la mirada de provocación y la intervención de la muchacha que lo acompañaba. Una situación que podía haberse resuelto con una simple advertencia terminó creciendo porque nadie en el lugar decidió detenerla cuando correspondía.

Y eso me lleva al verdadero asunto de esta columna: quienes no coleccionan difícilmente comprenden qué significa para un coleccionista el objeto que ha decidido conservar. No es necesario tener una colección de mil discos para entenderlo. Puede tratarse de veinte vinilos, de cien, de quinientos o de uno solo que tenga un significado particular. Cuando una persona compra una pieza, espera que sea tratada con cuidado. No porque considere que el objeto sea sagrado, sino porque sabe lo que tiene entre las manos y conoce las condiciones que necesita para conservarlo.

Si alguien entra en una tienda de figuras de colección y toma una pieza de Star Wars de otra persona, la levanta de cualquier manera y termina quebrándole una espada, nadie debería sorprenderse porque el propietario se moleste. Si alguien toma una figura de Grogu, de Pikachu o de cualquier personaje que forme parte de una colección y la arroja al suelo, no tendría sentido decirle al dueño que está exagerando porque “solo es un juguete”. El valor que tiene un objeto para quien lo colecciona no se determina desde la ignorancia de quien no comparte esa afición. Lo mismo ocurre con los libros, las cámaras, los relojes, las fotografías, los instrumentos musicales o cualquier otra pieza que alguien haya decidido conservar.

Con un vinilo, además, existen reglas elementales de manipulación. Quien lleva años comprando discos sabe que no se toma de cualquier parte, que no se toca la superficie de reproducción y que las fundas también forman parte del cuidado de la pieza. No hace falta convertir esto en una ceremonia religiosa. Hace falta saber lo que se está haciendo. Si alguien no lo sabe, escucha cuando se lo dicen y aprende. Lo que resulta inadmisible es que, además de desconocer cómo se manipula un objeto, se ofenda porque alguien le señala el error.

Yo no debí haber comprado aquel disco. Esa es probablemente la conclusión más sencilla de toda la situación. No porque Fore! sea un mal disco ni porque el precio haya sido incorrecto, sino porque después de que otra persona lo manipuló de esa manera y dobló la punta de la funda, el objeto perdió para mí la condición en la que quería conservarlo. No quiero un disco que ya quedó asociado con una situación de esa naturaleza. Es muy posible que termine regalándolo dentro de algún grupo de coleccionistas de vinilos, explicando por qué lo entrego. Alguien más podrá disfrutarlo. Yo simplemente no lo quiero en mi colección después de lo ocurrido. Al final, lo hice pues iba seguido a ese lugar y no quería otro enfrentamiento con la persona que atiende el local.

Lo que resulta todavía más absurdo es que esto haya sucedido precisamente en un lugar dedicado a los discos. Allí debería existir, como mínimo, una comprensión básica de lo que significa manipularlos. La persona encargada del establecimiento tenía una oportunidad muy sencilla de detener la situación: decirle al muchacho que bajara el disco y que tuviera cuidado. Después, cuando comenzó la confrontación, podía haber separado a las personas, pedido que bajáramos el tono y sino exigir que nos fueramos. No lo hizo. Dejó que la situación avanzara y posteriormente terminó trasladando hacia mí una responsabilidad que no estoy dispuesto a aceptar. Yo ofrecí una disculpa a esta persona únicamente por educación y porque no tenía ningún interés en prolongar una discusión con la persona que atendía el lugar. Una disculpa por cortesía no significa reconocer una acusación.

Y aquí aparece otro problema que ya no tiene que ver exclusivamente con los vinilos. Tiene que ver con una forma de comportamiento que he encontrado demasiadas veces entre personas mucho más jóvenes. De aproximadamente veinte situaciones que recuerdo con personas de esas edades y con actitudes similares, unas quince han terminado en algún tipo de conflicto, discusión, provocación o falta de respeto. No estoy hablando de una sola experiencia que me haya dejado molesto. Estoy hablando de un patrón que he observado en el trabajo, en establecimientos comerciales, en la calle y en distintos espacios donde uno esperaría encontrarse con personas capaces de relacionarse con otros sin convertir cada diferencia en una demostración de fuerza.

Una de las formas más frecuentes de esa actitud consiste en utilizar la edad como mecanismo de burla. “Señor”, “viejo” o cualquier otra expresión semejante dejan de ser referencias neutrales cuando son pronunciadas con la intención evidente de disminuir al otro. Es una manera bastante pobre de intentar establecer una superioridad que no existe. Tener veinte años no convierte a nadie en una autoridad y tener cincuenta y cinco tampoco convierte a nadie en dueño de la verdad. Pero tampoco entiendo por qué una persona joven supone que las canas son una licencia para tratar al otro con desprecio.

Y eso es particularmente ridículo cuando ocurre en una tienda de discos.

El regreso del vinilo ha convertido algo que durante décadas estuvo asociado con una determinada cultura musical en un producto atractivo para nuevas audiencias. El mercado encontró allí una oportunidad y la aprovechó. Aparecieron nuevos tocadiscos, nuevas ediciones, reediciones de álbumes clásicos, fotografías cuidadosamente preparadas para las redes sociales y toda una estética alrededor de objetos que para quienes vivimos aquella época no necesitaban ser convertidos en una estética porque simplemente formaban parte de nuestra vida.

Yo no necesito que una persona nacida veinte o treinta años después venga a legitimar la música que escuché cuando era joven. No necesito que me explique Depeche Mode, Joy Division, Erasure o Judas Priest. Tampoco necesito que me demuestre que ahora descubrió los años ochenta porque encontró un tocadiscos bonito y un par de portadas que puede fotografiar. Esa música existía antes de que esa persona naciera y seguirá existiendo cuando deje de ser una tendencia.

Eso no significa que nadie tenga derecho a escucharla. Significa algo mucho más sencillo: descubrir una música no equivale a haber vivido la cultura que la produjo.

Hay una diferencia enorme entre escuchar hoy un disco que salió hace cuarenta años y haber estado allí cuando ese disco apareció. Quienes pertenecemos a aquella generación no necesitamos reconstruir artificialmente ese pasado porque lo vivimos. Para nosotros no es una estética retro. Es memoria. Son objetos que acompañaron determinadas etapas de nuestra vida y que, por eso mismo, adquieren un significado que una fotografía para las redes sociales no puede reproducir.

Por eso también me resulta extraño encontrar personas que entran a estos espacios atraídas por la moda y después se comportan como si quienes llevan décadas vinculados con esa cultura fueran los intrusos. Es como si alguien llegara a una biblioteca, tomara un libro que otra persona está leyendo, lo doblara y luego se molestara porque le dicen que tenga cuidado. El problema no es la edad del lector ni la edad del que tomó el libro. El problema es la falta de respeto.

Y yo no estoy dispuesto a aceptar que el argumento para esa falta de respeto sea que soy mayor.

Tampoco estoy interesado en permanecer en lugares donde esa conducta se considera aceptable. No necesito regresar a un establecimiento donde, después de comprar un disco, tengo que preocuparme de quién va a manipularlo, de si alguien va a tratarlo como un objeto cualquiera y de si, cuando reclame, terminaré siendo señalado como responsable por haber exigido algo tan básico como que respeten lo que acabo de comprar. Hay suficientes lugares donde gastar mi dinero como para tener que permanecer en uno donde la experiencia termina siendo esa.

El vinilo puede ser una moda para algunos. Para quienes lo convertimos en parte de nuestra vida hace décadas, nunca fue una moda. Fue la manera en que escuchábamos música, descubríamos artistas, construíamos nuestras colecciones y conservábamos una parte de nuestra historia. Por eso me molesta que alguien llegue ahora, tome un disco ajeno como si estuviera levantando una cuchara de una mesa y, cuando se le dice que tenga cuidado, responda con prepotencia. No porque esa persona sea joven, sino porque no respeta aquello que no comprende.

Y quizá esa sea la verdadera frontera generacional que queda después de una situación como esta. No está entre quien tiene veinte años y quien tiene cincuenta y cinco. Está entre quien entiende que los objetos de los demás merecen respeto y quien cree que puede tocar cualquier cosa porque no comprende su valor. Está entre quien escucha cuando alguien le señala un error y quien convierte una observación en una disputa. Está entre quien conoce aquello que dice apreciar y quien simplemente lo utiliza como parte de una moda.

Yo seguiré comprando discos. Seguiré escuchándolos. Seguiré cuidándolos. Y seguiré teniendo exactamente la misma consideración por los discos de otros coleccionistas que espero que tengan por los míos. Lo único que no pienso hacer es aceptar que alguien tome uno de mis discos como si fuera un pedazo de basura, lo maltrate y después pretenda que el problema sea mi reacción. En eso no hay negociación posible: un disco de vinilo se respeta, especialmente cuando pertenece a otra persona.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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