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martes, 23 junio 2026

El muchacho y la traición de familia. Crónica del Libro Amarillo X

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Por Carlos Santos (*)

Su nombre era Milton Santos Flores Martínez. En 1983 tenía apenas dieciocho años y toda su vida había transcurrido bajo el amparo de su abuela paterna, doña Natalia Flores Fuentes, una mujer de manos endurecidas por el trabajo y de afectos silenciosos, que lo había criado desde niño como si fuera su propio hijo.

En febrero de 1983, cuando la guerra había convertido la desconfianza en una forma de sobrevivir, un vecino llegó hasta la casa del cantón El Espino, en San Pedro Perulapán, del departamento de Cuscatlán, cargando un rumor que terminaría por sellar el destino del muchacho. Decía haber visto a Milton junto a un grupo de guerrilleros que había pasado por la zona.

La noticia no tardó en recorrer los caminos polvorientos del cantón. La prima de doña Natalia, Gloria Flores, decidió acudir al puesto de la Defensa Civil instalado en el kilómetro 23 y denunció al joven. Aquellos hombres armados mantenían una vigilancia permanente sobre la región y cualquier sospecha bastaba para convertir a una persona en enemigo.

Poco después, el comandante de la Defensa Civil, esposo de Gloria Flores, llegó hasta la vivienda acompañado por ella. Milton no opuso resistencia. Salió al encuentro de los hombres armados y se entregó en silencio. Sin embargo, la obediencia no le evitó la violencia. Lo ataron y comenzaron a golpear frente a los ojos desesperados de su abuela, que suplicaba inútilmente por su nieto.

Durante dos semanas permaneció en la comandancia de la Defensa Civil. Las torturas eran diarias. Querían nombres, escondites, rutas, información sobre los guerrilleros que operaban en el cantón Las Flores y en los alrededores. Pero Milton no tenía nada que decir o decidió callar. Al no obtener respuestas, sus captores lo trasladaron a la Policía Nacional, en San Salvador.

Allí continuó el tormento durante un mes más. Después fue enviado al penal de La Esperanza, donde permanecían numerosos presos políticos. En mayo de 1983, la Asamblea Legislativa decretó una amnistía que permitió la liberación de varios detenidos. En junio de 1983, Milton Santos Flores Martínez recuperó la libertad.

Pero la libertad en tiempos de guerra era apenas una ilusión. Temeroso de ser asesinado por los miembros de la Defensa Civil, decidió permanecer en San Salvador junto a otros familiares. Pasaron ocho meses. Entretanto, la salud de doña Natalia se deterioraba y el muchacho, incapaz de abandonarla, resolvió regresar al cantón El Espino para cuidarla.

Fue la propia anciana quien viajó a San Salvador para buscarlo, para darle protección de regreso a la casa. Ambos abordaron un autobús rumbo a Cojutepeque de la ruta 113. El trayecto avanzaba con normalidad hasta que, al aproximarse al cuartel de la Fuerza Aérea, una motocicleta se atravesó en la carretera obligando al conductor a detenerse.

Una pareja subió al vehículo.

Doña Natalia reconoció de inmediato a Gloria Flores y al comandante de la Defensa Civil. El hombre preguntó por ella. La anciana, sorprendida, quiso saber qué sucedía.

—Vieja puta, acompáñeme, a usted la ando buscando —respondió el hombre con pistola en mano.

Entonces Milton se levantó de su asiento, temiendo por la vida de su abuela.

—¿Por qué se llevan a mi abuela? Ella no se mete con nadie.

La respuesta llegó en forma de un golpe. El comandante desenfundó una pistola y la descargó golpeando con furia contra el rostro del joven. Luego lo obligó a bajar del autobús mientras ordenaba al conductor continuar la marcha.

Horas después, Gloria Flores apareció en la casa del cantón. En sus manos llevaba la cédula de identidad de Milton y la ropa que vestía cuando fue arrancado del autobús. Ella no explicó nada, cuando la abuela le preguntó los motivos de la detención de Milton, esta solo se puso a reír.

Doña Natalia nunca volvió a ver a su nieto.

Antes de morir, doña Natalia Flores Fuentes nunca dejó de esperar. Durante años conservó la cédula de identidad y la ropa que Gloria Flores había llevado a la casa aquella tarde, como si fueran las únicas pruebas de que su nieto había existido y de que algún día podría volver.

Pero Milton Santos Flores Martínez nunca regresó.

El tiempo pasó y el silencio se hizo más espeso que la guerra. Todos sabían quién se lo había llevado, pero estos nunca confesaron qué hicieron con él. Su nombre se fue borrando de la memoria del país, como ocurrió con miles de desaparecidos que quedaron atrapados entre los rumores, el miedo y los archivos secretos.

Sin embargo, cuatro años después de su desaparición, el Estado todavía conservaba su nombre.

En las páginas del Álbum General de Delincuentes Terroristas pertenecientes al FMLN/FDR, conocido como Libro Amarillo, fechado el 6 de julio de 1987, aparecía registrado bajo el código F45. La ficha era fría y escueta. Allí podía leerse: «FLORES MARTÍNEZ, Milton Santos. Organización: ERP. Cargo o actividad: Miliciano. Observaciones: Amnistiado».

Aquellas palabras confirmaban que los organismos de seguridad sabían quién era. El muchacho que había sido golpeado frente a su abuela, torturado en una comandancia, trasladado a la Policía Nacional y encarcelado en La Esperanza seguía existiendo en los archivos oficiales. Lo que no aparecía en ninguna página era la historia de su desaparición.

El Libro Amarillo registró su nombre, pero no su destino.

Y mientras las oficinas del Estado lo reducían a un código —F45—, en el cantón El Espino seguía siendo simplemente Milton: el muchacho de diecinueve años que volvió para cuidar a su abuela y que una tarde fue bajado de un autobús por un comandante de la Defensa Civil, ante la mirada impotente de la mujer que lo había criado.

De él sólo regresaron la ropa y la cédula de identidad.

Todo lo demás continuó desaparecido.

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(*) Carlos Santos, es un periodista, escritor y dramaturgo salvadoreño radicado en Canadá. Ha desarrollado una trayectoria en el periodismo de investigación, la literatura y las artes escénicas, con obras presentadas en diversos países de América Latina y Europa. Ha sido miembro de PEN International y participante del programa Writers in Exile de PEN Canada. Su trabajo aborda temas relacionados con la memoria histórica, los derechos humanos y la justicia social. Ha realizado estudios en teatro, filosofía y derechos humanos en instituciones de El Salvador, México, Canadá, el Reino Unido y Estados Unidos. Actualmente combina la escritura con proyectos de investigación histórica y testimonial. Es Premio Casa de las Américas (Cuba) en el género de Literatura Testimonial.

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Carlos Santos
Carlos Santos
Investigador y académico en temas de Derechos Humanos. Colaborador y columnista de ContraPunto

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