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lunes, 22 junio 2026

El deceso silencioso de la democracia

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Por Alonso Rosales

La promesa de la expansión global de la democracia liberal, dominante en el imaginario político de los años noventa, parece hoy un eco lejano. Aquella convicción —sustentada en la tesis del “fin de la historia” y en la estrategia de ampliación democrática impulsada tras la Guerra Fría— ha sido sustituida por un escenario más incierto, donde la democracia no colapsa abruptamente, sino que se desgasta desde dentro.

El más reciente informe del proyecto Varieties of Democracy (V-Dem), elaborado por la Universidad de Gotemburgo, advierte con claridad que el mundo atraviesa una fase de retroceso democrático sostenido. No se trata de una sustitución directa de democracias por dictaduras clásicas, sino de un fenómeno más complejo: la erosión progresiva de los pilares que sostienen la democracia liberal. La independencia judicial, la libertad de prensa, el control del poder ejecutivo y la calidad deliberativa se deterioran, incluso en sistemas que mantienen elecciones formales.

Este proceso, denominado por V-Dem como la “tercera ola de autocratización”, representa una inflexión histórica. Por segundo año consecutivo, el número de autocracias supera al de democracias. Más preocupante aún es la dimensión humana de este fenómeno: cerca del 74% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos, mientras que apenas un 7% lo hace en democracias liberales plenas. En términos históricos, el ciudadano promedio ha retrocedido a niveles de libertad comparables a los de finales de la década de 1970.

El dato no es meramente cuantitativo, sino cualitativo. El “centro de gravedad” del poder global se desplaza hacia sistemas autoritarios, y lo hace no solo por la proliferación de estos regímenes, sino por el deterioro de democracias influyentes. El caso de Estados Unidos resulta paradigmático: su retroceso institucional, medido en indicadores de calidad democrática, alcanza niveles no vistos desde mediados del siglo XX. Cuando la principal potencia occidental evidencia signos de autocratización, la idea de un orden liberal global pierde coherencia estructural.

En este contexto, el peso de las grandes potencias resulta determinante. El deterioro democrático en países con alta densidad demográfica o económica —como India o Indonesia— tiene un impacto desproporcionado en el equilibrio global. De ahí que las mejoras en democracias pequeñas no logren compensar la regresión en estos actores clave.

La degradación democrática también se expresa en la intensificación de prácticas autoritarias. El número de autocracias cerradas ha aumentado de manera significativa en los últimos años, y en ellas se concentran cada vez más personas. La libertad de expresión emerge como uno de los ámbitos más vulnerables: censura estatal, presión sobre medios independientes y persecución a periodistas se han convertido en herramientas recurrentes. A ello se suma la restricción de la sociedad civil y, en casos extremos, la reaparición de prácticas como la tortura con fines políticos.

América Latina no escapa a esta tendencia, aunque presenta una configuración heterogénea. La región combina democracias relativamente consolidadas con regímenes abiertamente autoritarios y zonas grises de institucionalidad debilitada. Tras alcanzar su punto más alto a comienzos de los años 2000, el desempeño democrático ha mostrado un declive sostenido. Países como Argentina, México y Perú registran signos de deterioro, mientras otros experimentan procesos de democratización incipiente, lo que configura un mapa de inestabilidad más que de transformación lineal.

El rasgo distintivo de esta nueva fase no es la ruptura abrupta del orden democrático, sino su vaciamiento gradual. Gobiernos surgidos de elecciones erosionan los contrapesos institucionales, desacreditan a la oposición, limitan la deliberación pública y consolidan formas de hiperpresidencialismo. La democracia persiste en su dimensión electoral, pero pierde densidad republicana.

Este fenómeno no puede entenderse sin considerar la crisis de representación que lo precede. El desencanto con las élites políticas tradicionales ha generado un terreno fértil para liderazgos que prometen eficacia y autenticidad, aun a costa de debilitar las reglas del juego democrático. La legitimidad ya no se construye exclusivamente sobre instituciones, sino sobre narrativas de confrontación y simplificación.

En este sentido, la pregunta central de nuestro tiempo ha cambiado. Si en los años noventa se debatía sobre la expansión de la democracia, hoy la interrogante gira en torno a su resistencia. La autocratización contemporánea no se presenta como una amenaza visible e inmediata, sino como una transformación silenciosa que reconfigura el poder desde dentro.

El desafío, por tanto, no es solo preservar las elecciones, sino reconstruir los fundamentos que sostienen la democracia como sistema de equilibrio, pluralismo y garantías. De lo contrario, el deceso de la democracia no llegará con estruendo, sino con la discreción de un proceso que, paso a paso, la vacía de contenido.

Fuentes:

  • Varieties of Democracy (V-Dem) Institute, Democracy Report 2026. Universidad de Gotemburgo.
  • Fukuyama, Francis (1992), El fin de la historia y el último hombre.
  • Discursos de política exterior de la administración Clinton (1993–1997).
  • Datos comparativos de calidad democrática y autocratización global (V-Dem Dataset 2025–2026).

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