René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Punto ciego que puede ver. Memoria que recuerda olvidos, recurriendo al absurdo del queso duro-blandito. Utopía sin palabras. Sueño irreal, como pesadilla real bajo la almohada de los que fueron acosados por los cuchillos de lámina. Una mazorca con granos diminutos, azules y blancos, que caben en la caries de los dientes de leche; un sorbo de sed, en la poza de agua fresca que rebalsa en terreno ajeno; una revolución salpicada de barrancos piojosos de champas, miedos, emboscadas y maletines negros; las hebras rojizas (peinadas frente al reloj biométrico de la maquila esclavista que, por Cum Honorífico, se inscribió en la universidad pública), son celajes cuando se apropian de la luz que es amenazada por el último recibo; un sofisma patético colándose por las goteras sin techo; un tropel de huracán salvaje y felino que se contorsiona en las riberas del nudum corpus, y atraca en el delta del santuario custodiado por ríos sin naufragios y Caperucitas sin lobos.
Boxeador sin brazos. Visa sin sello. Capirucho sin palo. Francotirador sin ojos. Libro de sociología, publicado en “la primavera de los pueblos”, en el que se tejió la insurrección de febrero, más allá de Malthus y su fobia al color del cielo. En medio del desierto con oasis estériles: el reptar sosegado de una estrella en cuarentena, un hilo de agua que rompe la roca y hace tangibles las alucinaciones, la efigie de una deidad que ama la libertad; la quimera del milagro que, pescando delirios en las urnas del Lempa, deletrea profecías que se disfrazan de rumor nocturno para arrullar al que, tiritando, pernocta en la caseta de migración que juzga sin pruebas de descargo.
Santuario sin santos. Suspiros de Maquilishuats rescatados. Tren migrante, como bestia hambrienta de incógnitos. Un maremoto palestino que rescata ruinas y refunde más a la Atlántida; una revolución virtual sin crepúsculo dérmico, ni escrutinio final, en la nación de unas piernas torneadas, poro a poro, en los talleres en los que vibran los motores de la lengua armoniosa que marca la senda florida de los muertos sin narrativa; obsesión por los pechos indocumentados que bailan, frente al Río Grande, para convocar la cosecha de naranjas jugosas de California; Orfeo, buscando el torogoz, de Eurídice, en el centro del purgatorio que, cauteloso, le cierra las puertas al resplandor del cielo negacionista de los chinos pirateados.
Sueño jubilado con pensión privatizada. Condena guanaca del dinero maldito. Segundero, como zarza ardiente que pica en el panal de las piernas fronterizas, sin premisas ni visa; reloj análogo que apura la venida del otro país, después de la infinita hora de sangre que nos hizo olvidar que vivíamos sometidos por el Mínimum Vital del leer y escribir; huracán sin papeles que silba en la colina de una historia tonta, inconclusa o frustrada; silueta depurada por el criterio de un lapislázuli inconstitucionalmente constitucional; nalgas patrióticamente geométricas, como duraznos maduros en el jardín del vecino; bahía abierta para que atraque el buque fantasma que trae las provisiones de besos frescos, cuadernos nuevos y algoritmos con rostro humano.
Pasaporte sin foto. Molinos de viento, sin viento. Políticos caducos que no tienen quién les escriba un poema de amor. Lady Godiva, cabalgando el unicornio azul del centro histórico, para repicar las campanas del patrimonio cultural recuperado; la flor de izote con huevos, meciéndose en la hamaca de la espera; el saxofón de la cigarra extorsionada, llorando en las Chinamas mientras afila la Hachadura del tercer día, porque a la tercera es la vencida; la sentencia originaria del antiguo testamento de las víctimas, tiene carne y huesos de mortalidad infantil; el país que soñamos, dentro del sueño colectivo, es la territorialidad de las siluetas llenas de gracia, y vacías de ropa, que nos ayudan a cruzar el río Bravo de los legales indocumentados.
Iguanas sin la fe de bautismo autenticada por el criminal, al que le besaron los pies para el perdón de sus pecados, no los nuestros. Abogado perdido en su dédalo de sofismas, cada vez que le tocan el himen a su Constitución. Bandera sin asta, himno nacional sin letra, eso es la utopía cuando pisa tierra firme en la memoria de aquel, El Salvador, que no salvaba a nadie. Goteo inocuo entre las grietas de la esperanza de vida al nacer de las tortillas y de los frijoles en bala que se comían bajo las balas.
Imaginario sin imaginación. Identificación sin identidad. Cualquier excusa es buena para reinventar el país en las arenas del desierto de Sonora y las calles de Tijuana que se parecen tanto al Bronx soyapaneco de ayer. Ha sido un largo y sinuoso camino, el emprendido por la sangre sin venas, para recuperar la nacionalidad que, a punta de cacerola, nos robaron cuando nos nombraron, con ochenta y cuatro votos a favor, “hijos meritísimos de las remesas y de la tasa de homicidios”. Nostalgia. Triple ciudadanía: guanacos, migrantes y víctimas en busca de ciudadanía en un país reinventado sobre el desencanto. Los guanacos hijos de la gran puta, de Roque, falsificando la “Green Card” en la imprenta de la querencia; pensiones privatizadas en la caverna del hambre en la que se venera a la Virgen de la Promesa Perpetua que, cerrando los ojos, se desnuda para borrar el robo del siglo de los que han robado durante dos siglos… y hasta se robaron los siglos.
Consulado, de este lado, símbolo sagrado del errante. Vago sin visa vigente para cruzar la frontera del cuerpo que duerme sin sábanas menores; romería de utopistas en la plaza del vientre en alquiler, allá en el Paso sin tejas. Fe divina sin convicción humana. Los pechos furtivos, son la catedral donde se confiesan el sexto y el noveno, y donde comulga la sangre derramada en un país que descuartizaba a sus santos, sólo porque sí; tormenta tropical, sin trámites migratorios engorrosos, para desenterrar las tumbas clandestinas sin socorro humanitario; purgatorio de ritos funerarios, en la playa de San Diego, que reverencian a las cataratas del Niágara del otro lado de la falda de las leyes de los victimarios.
Símbolos patrios de los que no tenían una patria en las manos, porque se las cortaron por no pagar “la renta” el sábado. Reinvención del país, a imagen y semejanza de las almendras de California que, sin conocerlo en persona, añoran el pico de un Torogoz incipiente que desafía a las astillas de fuego de Tampa. Peregrinación con sentido común, de los ciudadanos comunes que perdieron el sentido, durante treinta años. Navegar por el Sumpul en llamas, como por la Amazonía urbana del río Yangtsé que desemboca en la biblioteca.
Escalador sin manos, ni pies. La miel de Ahuachapán es una corona en el imperio de los besos de buenas noches de los niños que, acariciando a su gatita, se acuestan bien cenados. Los opositores desaparecen, como arco iris drástico, si los señalo con el dedo medio de la historia. Los olvidos se llenan de recuerdos absurdos, y la sociometría del Durkheim suicida, es la consejera del traidor en los tiempos en que febrero tiene trescientos sesenta y cinco días… y uno más, de ser necesario.



