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miércoles, 3 junio 2026

El poeta Jesurum

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Por Mario Noel Rodríguez

A Monsieur Jesurum lo conocí allá por 1978 y los lazos internos de la literatura hicieron su cometido: nació un hermano para siempre. Regresaba de Francia para quedarse en la tierruca donde su ombligo está bajo la eterna hojarasca.

Aunque yo le decía Jesurum, pues sus poemas de “Rara avis in terra” y los incluidos en la antología “Cabezas Infinitas” (Ricardo Humano, Mauricio Marquina, Roberto Monterrosa, Manuel Sorto, Eduardo Sancho) los firmaba como Ricardo Jesurum, él nunca me dijo que le dijera Ricardo Lindo.

El ilustre caballero German Cáceres (compositor, de buena conversación y amigo de años), escribió en la revista “La Zebra” una reseña sobre la novela de Ricardo “Oro, pan y ceniza” en la que se refiere al apellido Jesurum:

Astrid Lindo, el Maestro Hugo Lindo (imagen) y Ricardo

“Los ancestros Jesurum de Ricardo Lindo en este relato, son reales y al mismo tiempo inventados. De carne y hueso fue su bisabuelo Don Alfredo Jesurum Lindo, judío radicado en Panamá, Colombia, quien con seguridad, por no sentirse ajeno a estas tierras ni al mundo hispánico, decidió resumir su primer apellido a una letra y firmó con el más castizo nombre de Alfredo J. Lindo, de ahí que sus descendientes se conozcan por su segundo apellido”.

Encontrarme con el poeta tuvo una triple significación: primero que Ricardo regresaba de Europa y traía consigo poetas para mostrarlos (en la voz de Ricardo Saint-John Perse cambió mi lectura del Nobel francés), segundo, conocer al fruto del magíster Hugo Lindo y tercero, conocer a un lector que me animó siempre a pulir y pulir mi timorata obra poética.

Su libro “Jardines”, ilustrado por Salvador Choussy, fue su regalo de boda (1981) y que aún conservo. 35 años después, ya enfermo, se hizo una edición facsimilar que gustó mucho al poeta. En su velatorio, con autorización de la familia, varios amigos y amigas del poeta leímos versos de “Jardines”. Emotivo recital.

Aunque nunca se lo manifesté la voz de Ricardo al leer sus versos era escuchar a un viejo profeta al caer la tarde. Lento era su canto, lento su caminar.

No tengo reparo en declarar que Ricardo no perteneció a generación alguna. Su obra se distanció de modas, de falsos compromisos, de reconocimientos y premios. Poeta en toda la expresión de la palabra, poeta inclasificable. De ese grupo nacido en la década de los 40s, Ricardo destaca con maestría en varios géneros: dramaturgia, novela, cuento, crítico de arte, y por encima de todo Poeta. Pero si algo debemos destacar en el poeta es que, durante el conflicto armado que vivió y sufrió El Salvador, se mantuvo firme en “la resistencia pacífica”, dando lecturas, conferencias, recitales. En “Bello amigo, atardece”, el poeta recoge su dolor y el dolor de todos frente a las garras venenosas de la muerte.

Hay un libro de Ricardo que me sigue pareciendo formidable, quizá en línea directa del “Cuentos de cipotes” de Salarrué, se trata de “Cuentos del mar”, ilustrado por Licry Bicard. Aunque, si bien Salarrué lleva al paroxismo el lenguaje, Ricardo va más allá de la fábula. El juego, la picardía, la ingenuidad son la costura que une estos grandes libros.

HISTORIA DEL MAR PEQUEÑO

“-Hace mucho tiempo que sucedió ésto -dijo el mar- Yo era todavía un mar pequeño y me mandaban a pasar vacaciones donde mi abuelo, que era un gran mar de otro planeta.

Imaginate tú los años que habrán transcurrido para que al propio mar estas cosas le parecieran viejas.

-Yo acababa de llegar de donde mi abuelo, quien me había enseñado a hacer conchitas y caracoles. Regresaba con la lluvia a mi casa. Había una niña que era mi amiga. “Mar, ya regresaste”, dijo cuando me vio. Y se puso contenta.

Los tenguereches eran por entonces enormes y se llamaban dinosaurios. La niña se bajó de su automóvil, que era un dinosaurio, y se puso a jugar conmigo. “Mira lo que me ha enseñado mi abuelito”, le dije yo, y le regalé un collar de conchitas. La niña se puso muy contenta, y se fue a enseñárselas a su mamá. Pasaron los días. La niña venía a jugar conmigo pero los dioses del bosque se pusieron envidiosos de ella, porque ellos, aunque tenían coronas de todas las flores del mundo, no tenía un collar de conchitas.

Entonces los dioses la encerraron en una gruta haciendo crecer lianas para que no pudiera salir. “Dinos de dónde has sacado tus conchitas”, le decían. Pero la niña, que era caprichosa, no quería contarles. Como la niña ya no llegaba a visitarme, yo me inquieté, pero en eso llegó su mamá a informarme lo que pasaba.

Entonces yo llamé a los dioses del bosque, que no eran tan malos muchachos, y llegaron, jóvenes y coronados de rosas, a quejarse de mi amiguita. Les prometí que les haría un collar de conchitas a cada uno si la soltaban. De este modo la volví a ver.

Pero los dioses estaban impacientes porque yo no tenía práctica en mi trabajo, y no entregaba nunca los collares. De manera que llamé a mi amiguita para que me ayudara. Pronto vinieron otros niños y les enseñé a tallar conchitas con un tenedor y a enrollar caracoles. Así comencé -me confió el mar- mi gran industria de conchitas y caracoles, hoy conocida en todo el mundo”

Ricardo Lindo

Arte de MUPI

Un día el poeta sale del hogar familiar con su cebadera repleta de versos, pero sus cheros lo  seguimos hasta su nuevo nido, que era un apartamento en la colonia Flor Blanca. Para llegar había que subir unas gradas. Poesía y bohemia se disfrutaba en ese espacio aéreo. De los que llegábamos hay varios que hicimos vida literaria. Actores, dramaturgos, pintores, poetas, Ricardo fue una especie de brujo que nos guiaba por los senderos del decir en metáforas. El humo del tabaco era el guardián de esa anti generación reunida, no en un palomar, sino en un golondrinar.

Si los españoles tuvieron la famosa Tertulia del Pombo en Madrid, comandada por Ramón Gómez de la Serna, si los poetas setenteros tuvieron en el Café Skandia su pista de aterrizaje, nosotros, hippies de barranco, como nos llamó alguien, tuvimos bajo el techo del poeta Jesurum el estira y el encoge de tantos y tantos sueños. Generación que sacó el pecho y que con versos urgentes quisimos incendiar el cielo.

La “resistencia pacífica” no la consigna ningún historiador o historiadora interesados en esa época.

Viajar a las Cuevas de Corinto con Ricardo Lindo fue un viaje al pasado precolombino, viaje que jamás podré borrar. Un grupo de compañeros de labores, de diferentes disciplinas, fuimos juntos hasta aquellas hermosas cuevas de Morazán. Ricardo estaba trabajando el tema del arte rupestre y quiso que conociéramos esa maravilla.

Ese día no fue un “Viaje a la semilla”, como lo dejó impreso el genial Alejo Carpentier, al contrario, fue un viaje a la piedra. Figuras que nos hablaban desde la piedra, figuras en movimiento de danza, figuras trazadas por viejos que suspiraron preguntándose tantas cosas. Al regreso le planteé a Ricardo trabajar un proyecto artístico multidisciplinario, y únicamente me contestó: ¡ojalá! Lo comenté a varios compañeros pero cada quien siguió en el trabajo rutinario, y Corinto no pasó de ser Corinto.

Al final de sus días tuve el privilegio de conversar con él. Habló de sus trabajos inéditos (leyó algunos), habló lindo de la familia Lindo, especialmente de Hugo y Carmencita, amorosos pilares.

CABALLITO DE MAR

La mar calló de la noche a la madrugada,

su voz ronca se volvió viento,

tibio como aliento a ron de viejos marinos.

Los celajes cambiaron de golpe

(no como los de la infancia que eran eternos).

Las rocas eran el público silente,

la espuma quería y no quería decir algo,

las gaviotas guardaban horas de silencio.

La mar abrió sus brazos como buena madre,

en completa desnudez abrió su corazón:

las cenizas del poeta se esparcieron amorosamente

en barcos de colores

y todos dijimos adiós como en los sueños.

El poeta soñaba un día ser caballito de mar

y descender por los arrecifes,

para galopar y galopar por el azul más azul de los azules. 

A Ricardo Jesurum

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Mario Noel Rodríguez
Mario Noel Rodríguez
Poeta, escritor, gestor cultural, promotor de lectura, publicista salvadoreño. Ganador en dos ocasiones del Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango (1997 y 2008).

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