Zarko Pinkas-Ramírez |
En un extraordinario y polémico mensaje dirigido al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, vinculó su posición agresiva sobre Groenlandia con el hecho de no haber sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz el año pasado.
La carta, cuyo contenido ha sido difundido por medios internacionales y confirmada como auténtica por el gobierno noruego, afirma que tras no recibir el premio “ya no siente la obligación de pensar únicamente en la paz” y que, por ello, ahora puede centrarse en “lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos”.
En la misiva, Trump sugiere que Dinamarca “no puede proteger” Groenlandia de amenazas geopolíticas y cuestiona la soberanía danesa sobre la isla, un territorio del Reino de Dinamarca, no de Noruega. Además, llega a afirmar que “el mundo no estará seguro a menos que tengamos control completo y total de Groenlandia”.
La respuesta de Støre ha sido clara y basada en la realidad institucional: el Premio Nobel de la Paz no lo otorga el gobierno noruego, sino un comité independiente designado por el Parlamento, y Noruega no tiene injerencia en esas decisiones. Ese dato ha sido explicado repetidamente por el primer ministro al mandatario estadounidense.
Este episodio ha profundizado la tensión entre Washington y sus aliados europeos. La decisión de Trump de ligar un galardón internacional —decidido por un comité ajeno a gobiernos— con un conflicto diplomático ha sido recibida con rechazo y preocupación en Europa. Funcionarios europeos han denunciado las medidas anunciadas por Estados Unidos como una forma de chantaje económico, especialmente tras la decisión de Washington de imponer aranceles del 10 % sobre productos importados desde varios países europeos participantes en maniobras en Groenlandia, que podrían aumentar si no ceden ante las exigencias de Trump.
Reacciones de líderes europeos han subrayado la necesidad de defender la soberanía aliada, el respeto al derecho internacional y la cooperación multilateral. El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, ha calificado la amenaza de aranceles como “completamente equivocada” y ha abogado por resolver las diferencias con diálogo, subrayando que una guerra comercial no conviene a nadie. Representantes de la Unión Europea también han expresado su “preparación para defenderse contra cualquier forma de coerción”.
Este incidente no solo ha sido objeto de críticas diplomáticas, sino que también ha generado repercusiones en los mercados globales y en la percepción internacional de la política exterior estadounidense, al mezclar temas simbólicos —como el Nobel de la Paz— con ambiciones geoestratégicas en el Ártico.


