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viernes, 3 julio 2026
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¿Quién gobernara Venezuela y la alianza oscura que propuso Trump ?

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Por Alonso Rosales

La imagen de Nicolás Maduro con los ojos vendados, escoltado por militares estadounidenses a bordo del buque USS Iwo Jima, marca un punto de quiebre simbólico en la historia contemporánea de Venezuela. Durante más de una década, el mandatario desafió sanciones, aislamiento diplomático, protestas masivas, denuncias de fraude electoral y señalamientos por crímenes de lesa humanidad. Su caída, sin embargo, no ha traído consigo la claridad política que muchos venezolanos —dentro y fuera del país— esperaban. Por el contrario, ha abierto un escenario cargado de incertidumbre, sospechas y profundas contradicciones.

Maduro, el dirigente que durante años fue subestimado y caricaturizado por sus excentricidades —las célebres “maduradas”—, demostró una notable capacidad de supervivencia política. Amparado en la herencia simbólica de Hugo Chávez, en el respaldo estratégico de Cuba y en alianzas con potencias rivales de Estados Unidos como Rusia, China e Irán, logró mantenerse en el poder incluso cuando el país se desangraba económica y socialmente. Bajo su mandato, Venezuela perdió cerca del 72 % de su economía, millones de ciudadanos emigraron y el sistema democrático quedó severamente erosionado.

La detención de Maduro ocurre tras años de denuncias documentadas por organismos internacionales. Misiones de Naciones Unidas y avances en la Corte Penal Internacional concluyeron que en Venezuela se cometieron violaciones graves y sistemáticas de derechos humanos: uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias, persecución política, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Estos informes describieron un patrón de represión ejecutado desde el Estado, sin que existiera voluntad interna de investigar o sancionar a los responsables.

Sin embargo, la salida de Maduro no equivale necesariamente al fin del chavismo. Y ahí radica la principal inquietud. Declaraciones recientes del presidente estadounidense Donald Trump —quien anunció que trabajará con Delcy Rodríguez— han generado un profundo desconcierto entre la diáspora venezolana. Muchos de quienes celebraron inicialmente la captura de Maduro hoy expresan desilusión y escepticismo: temen que no se trate de un desmontaje real del sistema, sino de una simple mutación del poder.

La pregunta que recorre a millones de venezolanos es directa y perturbadora: ¿se va el chavismo o solo cambia de rostro? ¿Estamos ante el nacimiento de un “chavismo funcional” a los intereses de Washington, una suerte de reacomodo pragmático donde las mismas estructuras —militares, económicas y criminales— permanecen intactas, pero con nuevos interlocutores internacionales?

En este contexto surge con fuerza la sombra del llamado Cartel de los Soles, una red señalada por investigaciones judiciales y periodísticas como vinculada al narcotráfico y a altos mandos del poder político-militar venezolano. La duda es inevitable: ¿seguirá este entramado controlando resortes clave del Estado bajo una nueva fachada? ¿Habrá realmente justicia, o solo un reciclaje de élites?

La detención de Maduro puede ser histórica, pero no es sinónimo automático de transición democrática. El riesgo de una “alianza oscura” —en la que antiguos actores del chavismo conserven el control, ahora alineados con intereses externos— amenaza con frustrar nuevamente las aspiraciones de cambio profundo. Para una diáspora cansada de promesas incumplidas y para un país devastado, la incertidumbre pesa tanto como la esperanza.

Hoy, Venezuela se encuentra en una encrucijada. El hombre que encarnó el poder absoluto ya no está, pero el sistema que lo sostuvo sigue en pie. Y mientras no se esclarezca quién gobernará realmente el país y bajo qué reglas, la pregunta seguirá abierta, inquietante y sin respuesta clara.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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