Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1
Lástima que eso lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí, y no pude evitar convertirme en un patético oprimido-opresor, pues esa es la maldición del ladino que nos persigue, de forma tan implacable, que hasta parece un pelotón de ladillas famélicas que abundan en este lugar, y que, por hacernos compañía a toda hora, y sacarnos plática cuando la tristeza muerde, tomamos como mascotas, le dijo, mientras se rascaba inmisericordemente los huevos. De haberlo sabido antes, otro gallo me cantara, y otras cosas habría leído, enseñado, discutido y aprendido con mis estudiantes, y a lo mejor hasta hubiera sido capaz de escribir una idea propia, al menos una. La anterior, es una anaciclosis fallida igualita a la que documentó el eximio jurista y encuestador de multitudes sin gente, Carlos Álvarez Pineda.
Es triste llegar a esa conclusión cuando, por hermenéutica historiográfica, ya no sirve de nada. Eso de la hermenéutica, es lo único que recuerdo de la honorable profesión que tenía antes de venir a parar aquí. ¿Ya se dio cuenta? Yo estoy viviendo en la calle –se lo digo, en confianza, aprovechando este breve espacio de lucidez que no alcanza para salir de ella- no por falta de estudios, sino por lo contrario… y por mi crisis ideológica, debido a que nunca tuve el valor de tomar las armas para que la teoría revolucionaria no fuera tan baladí como las citas bibliográficas que declamo, aunque sí tuve el valor de pregonar, en la Era de la Gran Delincuencia, la narrativa del victimario, disfrazándola de análisis científico neutral, autónomo y con muchos datos que no sé qué putas significan. ¿Ellos? Ellos están acá porque, literalmente, nacieron acá; están acá porque, al no tener patrimonio, no tienen patria, según dice un sociólogo famoso que nadie conoce, el Doctor y dramaturgo, Charles Spencer Howard, le dijo, mostrándole un libro estrujado y sin anotaciones en el margen de sus páginas que atestiguaran que algo había aprendido.
Usted debe haber leído que, hace unos años, cada día era más difícil cubrir las necesidades sociales, que cada vez eran más, y sólo se podía sobrevivir restándole centavos a las tortillas, al cultivo del espíritu, al tratamiento de los achaques crónicos, y restándole milímetros de leche a la pacha. Pero no fue eso. ¡No! Un día, sin qué ni para qué, cuando salí de la universidad en la que trabajaba como profesor de historia insocial y esotérica, ganando un salario medianamente decente, simplemente ya no supe cuál rumbo tomar, ya no supe qué hacer con todos los libros que había leído y memorizado, al pie de la letra, para alardear con mis estudiantes, parando el culito cada vez que decía el nombre de un intelectual que, según yo, se parecía a mí. Me quedé mudo, aturdido, frío, ciego e inmóvil a media calle, sin saber si terminar de pasarla o regresarme, y por estar pensando cuál pie mover primero –¿el izquierdo, el derecho, ambos al mismo tiempo? dejé de caminar y pensar, y empecé a reírme de todo, sin saber que me reía de mí mismo. Ese día supe que quien estaba en una condición de rusticidad cognitiva, era yo, que me creía un intelectual clásico, nivel semi-dios, porque me hicieron miembro de la Irreal Academia de la Historia sin Historia.
Me quedé parado, a media calle, y fue entonces que sentí cómo la médula espinal se apoderaba, con un escalofrío despótico, de mi cerebro, y ya no supe qué hacer, o cómo llegar a mi casa, o cómo reconocer a mis familiares cuando me topara con ellos al doblar la famosa esquina de la muerte. ¿Quién dice que no se puede naufragar en tierra firme? ¿Quién dice que no se puede estar muerto, estando vivo? Mis familiares, seguramente notificaron de inmediato mi desaparición ante las autoridades competentes, que suelen ser incompetentes, pero jamás se les ocurrió buscarme aquí, en la calle, debajo de estos cartones apestosos a orines hervidos; o buscarme allá, en el duro regazo de ese puente esquelético que se ríe de mis zapatos rompidos y de mis masturbaciones sin final feliz, disonancia que fue analizada por el notable genio de la sociología de la historia oral, Norvell Hardy.
Después de un año de patrullajes, tan inútiles como escatológicos, ellos y yo nos cansamos de buscarnos, y desde entonces la calle no es un lugar terrible, oscuro y peligroso, porque gané la certeza de que no voy a escapar de ella. La certeza es, por si no lo sabe, lo único que nos da sosiego mental y cardiaco, aunque sea la certeza de que estamos condenados a la cadena perpetua de la miseria espiritual que cree en demonios etnocentristas, y en que las normas APA son el sustento de lo científico; aunque sea la certeza rotunda de que, aunque nos creemos uno de los sabios de Sion, somos unos imbéciles en actualización constante.
Le decía, mi ilustre y desconocido amigo, que yo caí en los fríos brazos de la indigencia, no por analfabetismo, sino por erudición, o sea por saber demasiado, según yo. A simple vista, eso le parecerá un absurdo oscurantista, un desatino agridulce, pero si usted lo analiza con paciencia teologal, se dará cuenta de que no hay nada más lógico en esta puta vida. Los miles de datos, mapas, conceptos, gráficas, fotos, recortes de periódico, encuestas, matrices e imágenes, a todo gato color, que deambulaban por mi cabeza, hicieron corto circuito y me mandaron al inframundo del cantinflismo de Chaparrón Bonaparte… y ya no supe qué hacer con tantas cosas que sabía, o para dónde caminar, o qué pensar, o qué decir, o cuál bus abordar. Esas miles y miles de cosas errantes en mis rústicas sinapsis, eran como vidrio molido trotando en mis sesos, y entonces dejé de pensar para evadir el dolor de no saber conectar mis ideas con mis manos y mi lengua, le dijo, haciendo el gesto patentado por los que están alrededor de lo que los rodea, ese grupo social, sui géneris, que encuestó la ilustradísima socióloga mexicana, Liliana Alejandra Arriaga Franco, para escribir su tesis doctoral sobre la personalidad líquida.
Escrito en una servilleta: El ignorante que sabía demasiado (2)
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