Por Alonso Rosales, analista internacional
El pasado fin de semana, el régimen de Nicolás Maduro convocó a una jornada nacional de alistamiento del pueblo venezolano, bajo el argumento de “defender la patria”. Sin embargo, detrás de esta movilización se esconde un escenario mucho más complejo: la militarización de la sociedad para proteger a un dictador acusado internacionalmente de ser el jefe del llamado Cártel de los Soles, una estructura criminal que, según organismos de inteligencia y agencias antidrogas, estaría integrada por la cúpula militar y política del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
La DEA ha ofrecido hasta 50 millones de dólares por la captura de Maduro, en un esfuerzo por desmantelar una red que, de acuerdo con investigaciones, ha convertido al país en un eje logístico clave del narcotráfico hacia Norteamérica y Europa. A su lado figura el general Vladimir Padrino López, ministro de Defensa, señalado como pieza central de la estructura militar que sostiene al régimen.
Mientras tanto, en los círculos de seguridad y defensa de Estados Unidos y Colombia, se discute la posibilidad —o el mero espectáculo— de una eventual intervención militar. Analistas coinciden en que el expresidente estadounidense Donald Trump ha utilizado en el pasado este tipo de amenazas como parte de un show político y mediático, propio de la retórica de los sectores de ultraderecha, que suelen exacerbar el discurso bélico para ganar terreno en la arena electoral.
No obstante, generales retirados de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos calculan que, en un escenario real de invasión, Venezuela no podría resistir más de tres días frente a una operación conjunta bien planificada. La precariedad logística de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, sumada al deterioro económico y la desmoralización en la tropa, evidencian la fragilidad de un aparato militar sostenido más por la lealtad política que por la capacidad operativa.
El trasfondo de esta situación refleja la tragedia de un pueblo que, bajo presión, es movilizado como carne de cañón para defender no la soberanía nacional, sino la permanencia de un dictador en decadencia y de una élite que ha cambiado el uniforme por el negocio del crimen transnacional.
La pregunta central es si el sacrificio al que Maduro convoca al pueblo será un acto genuino de defensa de la patria o, en realidad, la última maniobra desesperada de un régimen que sabe que su tiempo histórico se agota.



