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jueves, 2 julio 2026
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el papel de la sociedad civil frente al poder absoluto

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Por Alonso Rosales
En un mundo donde el poder suele blindarse tras coronas, uniformes o constituciones manipuladas, la sociedad civil y los sectores más valientes de las iglesias —católica, luterana y algunas evangélicas no vendidas al oro de las monarquías ni a los caprichos del autoritarismo— siguen siendo de los pocos bastiones que levantan la voz frente a la injusticia. Hoy, su papel es más necesario que nunca.
Mientras las monarquías del Golfo —Arabia Saudita, Qatar, Jordania— continúan perpetuando un modelo medieval de gobierno, blindado con petrodólares y alianzas diplomáticas, sus pueblos siguen padeciendo en silencio. El periodismo libre es un enemigo a eliminar. Basta recordar el brutal asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018, descuartizado por orden de la monarquía saudita según informes de inteligencia internacional. ¿La consecuencia? Ninguna. Porque en esos reinos, el poder está por encima de la ley y de cualquier moral. La prensa libre, cuando cuestiona al sultán o al rey, se vuelve incómoda y peligrosa.
En Asia, el panorama no es menos oscuro: hay monarquías y dictaduras que sobreviven con una opulencia insultante mientras millones viven en condiciones inhumanas. Y, sin embargo, en medio de esta realidad, sectores de la iglesia y de movimientos sociales siguen alzando la voz. No lo hacen desde el púlpito del poder ni con privilegios concedidos por las élites; lo hacen con fe, dignidad y compromiso con los más vulnerables.
Del otro lado del mundo, en América Latina, las dictaduras no llevan corona, pero sí el rostro endurecido de caudillos que destruyen el orden constitucional y concentran el poder absoluto. Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela representan ese tipo de regímenes donde ya no existe Estado de derecho, donde las instituciones responden únicamente al jefe máximo, y donde el ciudadano, especialmente el pobre, no tiene garantías ni libertades reales.
En Venezuela, la tragedia va más allá de lo político. El país más rico de la región se convirtió en una prisión a cielo abierto. Millones de venezolanos han huido del hambre, de la represión, del miedo. Y los que quedan, están atrapados por un sistema que responde a intereses criminales. El llamado “Cartel de los Soles” —según informes de la DEA, inteligencia canadiense, y agencias españolas— opera con impunidad y conexiones en toda América Latina, usando incluso antiguos guerrilleros como enlaces logísticos para el narcotráfico. Ya no se trata de ideología, sino de crimen organizado disfrazado de revolución.
En este contexto, la sociedad civil, junto con iglesias que no se han rendido al poder, representa un rayo de esperanza. Son quienes organizan, denuncian, educan y acompañan a los más desfavorecidos. Son quienes creen que la fe no es servilismo ante el tirano ni silencio ante el crimen, sino acción comprometida por la justicia.
Porque el periodismo serio, la ciudadanía organizada y las iglesias éticas siguen siendo piedras en el zapato de los poderosos. Y por eso son perseguidos. Porque aún creen —a pesar de todo— que la verdad tiene un valor sagrado, incluso si incomoda al sultán, al rey, al dictador o al partido único como Cuba

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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