Por Zarko Pinkas.
Cómo pasamos de contar historias con sabor y conciencia a repetir eslóganes de discoteca. Y por qué eso sí importa.
La música ha sido, desde siempre, una extensión del alma de los pueblos. A través de ritmos, letras, metáforas y narraciones, se ha contado la historia de la humanidad. Se ha cantado la pena del desarraigo, la rabia ante la injusticia, el amor con sus matices más profundos, la memoria de la calle, del barrio, de la vida. Por eso no es menor preguntarse qué está diciendo hoy la música que domina el espectro comercial. Y la respuesta no es optimista.
Si el lenguaje es una de las joyas de la evolución humana —como ya exploramos al hablar del gen FOXP2—, entonces el empobrecimiento sistemático del lenguaje musical que consumimos también forma parte de una involución cultural deliberada o, peor aún, celebrada. Hablemos sin rodeos: el reguetón comercial es el soundtrack de esa involución.
No se trata de si el ritmo es bueno o malo. El problema no es el beat, ni el perreo, ni que a alguien le guste bailar. La cuestión es el contenido simbólico: ¿qué se dice? ¿Qué se piensa cuando se canta? ¿Qué se transmite a nivel social, emocional o crítico? Muchas canciones de reguetón —especialmente las que dominan los rankings— no dicen nada. O peor: dicen lo mismo, una y otra vez, hasta vaciar por completo el sentido de las palabras. Frases como “mami, tú estás dura”, “te doy hasta el piso”, “yo te rompo, tú me bailas”, forman parte de un código lingüístico básico, casi pre-verbal. En lugar de construir mundos o historias, el lenguaje se reduce a comandos corporales, frases sexualizadas, onomatopeyas y eslóganes. Todo esto disfrazado de “expresión urbana” cuando, en realidad, responde a fórmulas diseñadas para consumo rápido y viralidad asegurada.

¿Y por qué eso es grave? Porque la música moldea el lenguaje de quien la consume. Y si la música se reduce a balbuceos con ritmo, entonces el pensamiento también se aplana.
Para entender la caída, miremos hacia atrás. Rubén Blades no solo cantaba salsa: cantaba crónicas sociales. Temas como Pedro Navaja, Plástico o Ligia Elena son relatos urbanos complejos, con personajes, contexto, ironía, crítica y empatía. No solo bailabas: pensabas mientras lo hacías. Cada canción era una historia. Willie Colón, por su parte, convirtió su trombón en altavoz del barrio, del exilio, de la identidad puertorriqueña y del desamparo en la ciudad moderna. Eran poetas del asfalto, no animadores de discoteca.
¿Era comercial? Sí. ¿Sonaba en las radios? Claro. Pero el contenido tenía densidad. La metáfora tenía peso. La palabra importaba. Hoy, en cambio, la norma es la simplificación. La industria no busca emoción, sino pulsión. No busca letras, sino hooks. No busca narradores, sino influencers con autotune.
Alguien podría decir: “Bueno, la música también sirve para divertirse, no todo tiene que ser profundo”. Y es cierto. Pero el problema no es que exista el reguetón. El problema es que todo lo demás ha sido desplazado por esa fórmula. Que lo banal se haya convertido en hegemonía cultural. Que a los jóvenes no se les ofrezca alternativa. Que incluso géneros como el trap, la bachata o el pop estén imitando la misma lógica: sexualización vacía, base rítmica pegajosa, frases recicladas. Eso no es libertad artística. Eso es una fábrica de productos con forma de canción. Y las consecuencias van más allá de lo musical.
La repetición musical constante, sumada a letras pobres y ritmos monótonos, reduce la estimulación cognitiva. No lo digo yo: lo dicen estudios de neurociencia que muestran cómo la música compleja activa más regiones del cerebro que la música repetitiva. El cerebro necesita sorpresa, contradicción, belleza, narración. Y el lenguaje, como extensión del pensamiento, necesita metáfora, pausa, contexto. Si todo se convierte en repetición básica, el lenguaje se atrofia. Y con él, la capacidad de pensar, de imaginar, de empatizar.
¿Estamos diciendo que alguien se vuelve menos inteligente por escuchar reguetón? No. Pero si todo lo que consume culturalmente responde a la misma fórmula empobrecida, entonces su estructura simbólica se vuelve más débil. Eso es involución.

Parte del problema es que ya no elegimos la música que escuchamos: el algoritmo la impone. Lo que más suena es lo que más repite la industria. Lo que más repite la industria es lo que el algoritmo empuja. Y lo que el algoritmo empuja es lo que menos molesta, lo que menos exige, lo que menos hace pensar. Así se cierra el círculo: el algoritmo no quiere poesía, quiere clics. Y la poesía no da clics. La complejidad no da clics. Lo simbólico no da clics. El balbuceo con ritmo sí.
Volviendo al punto de origen: el gen FOXP2 nos permitió hablar, pensar, construir civilización. Hoy, en nombre de la “industria cultural”, estamos reduciendo esa capacidad a su mínima expresión. Ya no se canta para expresar, se canta para provocar reacciones instintivas. El lenguaje ha dejado de ser puente para convertirse en empujón.
La involución cultural es real. Y aunque no nos convirtamos en simios, sí podemos terminar en una sociedad de cuerpos que se mueven sin ideas que los guíen.
Quizá algún día, cuando el colapso simbólico sea total, alguien encuentre un archivo con una canción de Rubén Blades y diga: “Mirá, esta gente pensaba mientras bailaba”. Y luego ponga un tema de reguetón y diga: “Ah, aquí fue donde empezó la caída”.
Porque sí: la historia también se baila. Pero no todo lo que se baila deja historia.


