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miércoles, 05 de mayo del 2021

2020: el país que yo quiero

A los seres humanos se nos acelera el ritmo cardiaco al pensar en un nuevo año, en una nueva década. Hay quienes que necesitan su dosis de Nostradamus o del mago Fanci para saciar sus expectativas de la etapa por venir pero sobre todo, todos necesitamos una dosis de autorrealismo para triunfar en este nuevo año.

Esta es ya la segunda década del nuevo milenio. El 2019 es ya historia y hay que vivir el 2020 con cara al futuro resolviendo los desafíos del presente. El 2020 es un año donde los salvadoreños debemos de marcar nuestro propio ritmo sin depender de algún político para que nos solucionen los problemas. Ya los 20 años de ARENA y los 10 del Frente no son excusa válida para nuestra responsabilidad individual, porque Nayib tampoco te va a salvar.

Primeramente necesitamos aceptarnos tal cual somos. Aceptar no significa perder la dignidad ni ser conformistas ni mucho menos apagar aspiraciones, sino que significa que debemos hacer lo mejor que podamos con los recursos con los que contamos. Es decir, si tengo un carro año 96 debo limpiarlo para que se vea bonito y quererlo por todas las bondades que me da. Quejarse o envidiar a aquellos que tienen un carro más nuevo no va a hacer que a mi carro le nazca aire acondicionado. En lo físico, los salvadoreños gastamos una fortuna en querer aparentar lo que no somos: la gente siempre está inconforme con su pelo. Si es rizado lo quieren lacio, si es negro lo quieren rubio, si es largo lo quieren corto, si no tienen pelo se ponen peluca, si tienen mucho o les comienza la calvicie se lo cortan calvo… en fin, la inconformidad del ser humano se refleja en la cantidad de salones de belleza que existen desde el parque Hula Hula hasta los más piquis de la Escalón, uno a la par del otro y todo para autoengañarse. No, no somos europeos. No, nuestro abuelo paterno no vino de Asturias. Debemos aceptarnos y al hacerlo irradiaremos ese aire de confianza y podremos transmitírselo a los demás quienes obviarán nuestros defectos y elogiarán nuestras virtudes.

Necesitamos un país donde la gente sea empática, donde se elimine la indiferencia hacia los que limpian vidrios, hacia los necesitados.

Necesitamos un país donde la gente se haga responsable por sus acciones y que se supere el error cometido en lugar de culpar a otros o negar nuestro evidente involucramiento. Por ejemplo, si a alguien le prestan un carro y lo devuelve sucio, en lugar de negar haber sido él quien lo ensució, hay que reconocer el error, limpiarlo y asegurarse que no vuelva a ocurrir para tener las puertas abiertas para que te vuelvan a prestar el carro.

Necesitamos un país con gente menos chismosa. Si hay algo que no está funcionando bien, ¡hablemos con esta persona para resolver esa discrepancia! El hablar con otros al respecto no solucionará el problema, lo agigantará y causará malestar a más personas.

Necesitamos un país donde la gente le ayude a los demás y no echarle zancadillas al que va subiendo. Si ascienden a alguien en el trabajo, aplaudámosle, ya sea merecida la promoción o no. Eso nos ayudará a superar esos celos profesionales que tanto daño causan en los trabajos.

Necesitamos un país con gente con visiones diversificadas, con gente abierta y dispuesta a marcar una diferencia en sus vidas propias y en las vidas de la gente que los rodea. Seguir haciendo las mismas pupusas en una calle donde hay 10 pupuserías nos lleva a la monotonía. Llenémonos de ideas nuevas, leamos los periódicos nacionales y extranjeros, aprendamos un idioma tan solo por saber que nos va a fortalecer intelectualmente y en lo profesional.

Necesitamos un país donde los paradigmas sexuales se erradiquen y se deje de ver al que se pinta el pelo de azul con morbo o de ver al homosexual con curiosidad o disgusto. La receta es simple: si estás en contra de la homosexualidad, ¡no seás gay! Hay tantas opciones en el mundo para pasar la vida amargándose por la vida de los demás. La tolerancia es una palabra que se usa forzosamente y es por eso que necesitamos un país donde haya respeto hacia la persona como tal, sin etiquetas.

Necesitamos un país más inclusivo donde todos y todas, sin importar nuestro color de piel ni si somos del Frente o de Nuevas Ideas, de Madreselva o de Soya o de la Chintuc, tengamos acceso a múltiples experiencias culturales donde los parques sean gratuitos, donde las iglesias puedan entender que mientras más fuerte su prédica más me alejo de ellos, donde los discapacitados tengan acceso a las mismas cosas que yo. Si todos nos diéramos las manos nadie tendría tiempo para la violencia.

Necesitamos un país donde el “vaya pues” y el “es que así es” desaparezcan. Necesitamos que la gente se llene de ideas y que cuestione todo y a todos. Hay que generar ideas, hay que ser activos, propositivos e innovadores. Basta de quejarse, ¡hay que hacer algo para cambiar la situación!

Necesitamos un país solidario y sin miedo. Si toda una comunidad se rehusara a aceptar que los buseros nos bajen a media calle o aceptar a las maras o a los que estacionan carros en vía libre como mecanismo de control, ellos no tendrían el poder territorial que ahora albergan.

Necesitamos un país con gente dispuesta a generar el cambio, con gente comprometida con la verdad. Seguir cometiendo los mismos errores del pasado nos atará a vivir en el pasado. Decir ya lo pasado pasado sin haber sanado no es vivir. He ahí la necesidad de perdonar y pedir perdón, reconociendo nuestras faltas y reparando con veracidad a los que hemos ofendido.

¿Qué vas a cambiar? Si no cambiás al menos una pieza de la ecuación, la situación será siempre la misma. Date el permiso de ser vos y nadie más, date el permiso de amarte, de conectar con vos mismo. Si no tenés amor propio ni respeto propio, no podrás dar amor ni respetar a los demás.

Sé libre, sé feliz, sé vos en este 2020.

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Nelson López Rojas
Columnista Contrapunto

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