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domingo, 16 de mayo del 2021

“Vivir la vida y no morirla”

Antes que nada, quiero comenzar pidiéndole disculpas a Eduardo Galeano por retomar su poema “El derecho al delirio”; así­ como el tema de este texto del poeta guatemalteco Otto René Castillo.

¿Qué tal si soñamos un ratito? ¿Qué tal si pensamos un El Salvador distinto? ¿Qué tal si el informe del Instituto de Derechos Humanos de la UCA fuera de alegrí­as y no de tristeza?

Si las violaciones a los derechos básicos a la vida, fueran logros de nuestra sociedad. Dónde la tasa nacional de homicidios del 53.98 por cada cien mil habitantes fueran personas libres, con sueños y metas para cumplir su plan de vida. Que el promedio histórico del 2015, donde hemos tenido el pico más alto del siglo XXI, con homicidios que alcanzaron la cifra tope de 103 por cada 100,000 habitantes, hubiese sido el año que, como paí­s hubiéramos alcanzamos el í­ndice de desarrollo humano más alto. Un paí­s, donde la Fiscalí­a General de la República no tuviera 3,514 denuncias de personas extraviadas o privadas de libertad.

Un paí­s donde las calles, pero sobre todo los hogares, fueran un lugar seguro para las mujeres, las niñas y las adolescentes. Soñemos un paí­s sin miedo, donde no es uno de los lugares más peligrosos para ser mujeres con una tasa de feminicidios de 16 y 12 en el 2016 y 2017 por cada 100,000 mujeres, y solo en el 2018, 227 muertes femeninas. Una nación donde las cifras de feminicidios no alcanzan niveles de pandemia. Donde las y los operadores de justicia no lo tipifican como homicidio ocultando las cifras reales.

Qué tal si no se violara a las niñas. En este El Salvador utópico no existirí­an 3,244 denuncias en la Policí­a Nacional Civil, no habrí­a agresiones sexuales, ni estupro, ni violación, mucho menos violaciones a menores de edad y personas con algún grado de discapacidad. Porque en este paí­s no se permitirí­a que el 84% de las denuncias relacionadas a la libertad sexual se cometieran en contra menores y personas que no tienen la posibilidad de defenderse.

Soñemos un paí­s con justicia y libertad en el que no existen ejecuciones extrajudiciales. Que fue una de las observaciones de la Comisión Interamericana de DDHH como de la Relatora Especial de la ONU, que visitó El Salvador en enero de 2018. Un hermoso y pací­fico paí­s en el que los crí­menes de guerra y lesa humanidad tuvieran justicia y existieran procesos de reparación y recuperación de la memoria histórica para la no repetición.

Nuestro El Salvador serí­a tan perfecto, que no habrí­a desplazamiento forzoso. No serí­amos parte del Informe Mundial sobre Desplazamiento Interno (2018) que nos coloca como el décimo paí­s con mayor número de desplazados internos, 296,000, como resultado de la violencia en el 2017.

Un territorio donde no le tengamos miedo a los humanos, ni a las humanas pasiones. Un paí­s donde los jóvenes no estén ni en las pandillas o maras… ni en el narcotráfico. Donde fueran respetados todos los modos de vida posible, donde ser zapatero y campesino fuera tan respetado como ser médico o abogado. Donde el miedo y el sentimiento de alerta constante no nos persiga a donde quiera que vayamos. Donde es posible realizar nuestro proceso de duelo y concretar nuestros proyectos de vida.

Soñemos un El Salvador donde es posible "comer, reí­r, enamorarse, vivir… vivir la vida y no morirla".

Johana Peña
Johana Peña
Columnista Contrapunto

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