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jueves, 29 de julio del 2021

Un bosque de árboles de Navidad crece bajo el volcán mexicano Popocatépetl

Unos 300 campesinos cultivan pinos en México en una plantación ecosostenible, cuya calidad compite con los pinos suizos y finlandeses

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En las faldas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccí­huatl, con picos nevados durante el invierno boreal, crece un bosque sembrado por un suizo-mexicano que dejó como herencia a su familia una zona reforestada de coní­feras, para alimentar la tradición de los árboles de Navidad.

Este año, Ernest Maurer, ya no está, falleció hace pocos meses después de cumplir 91 años de una vida plena, que transcurrió entre la Hacienda Panoaya y el bosque vecino que él mismo sembró, desde que en 1960 comenzó a reforestar 600 hectáreas erosionadas.

Junto al pintoresco pueblo de Amecameca, a menos de una hora de la capital, lo bautizó como el "Bosque de los Árboles de Navidad".

Allí­ enseñó a unas 300 personas de las familias campesinas de la zona una ingeniosa adaptación de diversos métodos de cultivo de coní­feras.

Ahora, decenas de miles de familias mexicanas del Valle de México y alrededores acuden a elegir y cortar ellas mismas el personaje central de las festividades cristianas de fin de año.

Los evangelizadores del norte de Europa adaptaron una tradición pagana de adorar al sol y la fertilidad con un "árbol del universo", y la vincularon con el nacimiento de Jesús.

La festividad navideña llegó a México y al continente americano con los conquistadores españoles, y ahora perdura en este bosque bajo la "Montaña que Humea" y la "Mujer Blanca", significado en náhuatl de los nombres de los distintivos volcanes.

Parte  de la herencia familiar es un museo en la hacienda colonial que fue la casa donde la poeta mexicana Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), vivió su primera infancia hasta los ocho años, y aprendió a leer a escondidas en la biblioteca del abuelo, según el relato de los anfitriones.

Luego de cursar estudios básicos en Suiza, después de  la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Maurer se embarcó en 1947 de regreso a México, donde habí­a nacido de padre suizo y madre mexicana, sin tener idea que terminarí­a como agricultor, por un golpe de nostalgia  por las montañas.

Hace casi 60 años compró estas tierras y, antes  de fallecer este año, sus plantaciones de coní­feras de tipo "vikingo" ya producí­an 500.000 pinos de varias especies.

Los bosques crecieron hasta llegar a 2,5 millones de árboles, entre los cuales también hay otras especies de abetos, robles y cedros.

De la plantación salen cientos de miles de retoños que la familia Maurer dona para la reforestación en varias zonas del paí­s, y unos 50.000 son vendidos cada año en diciembre.

Por el equivalente a 35 dólares, cada familia recibe prestado un pequeño serrucho y un manual para cortar  el árbol, dejando de 30 a 50 centí­metros del tronco desde el suelo, donde retoñará otro árbol hasta seis veces.

Cada árbol crece de 10  a 15 años de vida, cuando son cortados por las familias que también reciben un retoño de un pino para llevar a casa.

Una tradición sincrética

La  familia suizo-mexicana también dotó al bosque de un pequeño mercado de artesanos de la región, que venden joyerí­a, dulces, nueces, flores de pascua y ponche de Navidad caliente, creando una feria que contiene una especie de sincretismo de las tradiciones.

"Al principio, el señor  Maurer se negaba, pero le gustaban tanto nuestros dulces que un dí­a accedió a dejarnos vender, pero todo muy bien organizado como a él gustaba", lo recuerda con cariño Hernán Garcí­a, quien trabaja en la plantación desde hace casi 40 años y vende artesaní­as.

Hasta 10.000 familias visitan los fines de semana el bosque, durante las semanas de adviento, previas a la Navidad.

El bosque se presenta como "la mayor plantación de árboles de autoservicio en el mundo", como la bautizó su fundador.

Cuesta  imaginar que hace medio siglo estos bosques eran terrenos baldí­os, tierras de cultivo cansadas por décadas de explotación, que los agricultores habí­an abandonado.

El patriarca de la familia compró un pequeño terreno para un chalet y fracasó sembrando frambuesas y castañas, pero un nunca se rindió.

El método que introdujo para la  reforestación y la gestión sostenible de los bosques, permite que cada árbol retoñe varias veces sobre las mismas raí­ces.

Experimentó con  variedades hasta que logró que perdurara el "pino Vikingo", de trazo piramidal, ramas fuertes poco espinosas que gracias a una estrategia de marketing convirtió en un gran éxito, al que ahora se suma la variedad de pino Douglas.

La  plantación produce sus propios abonos de composta y posee grandes reservorios de agua de lluvia, con la que riegan los árboles en la estación seca por inyección manual directa en las raí­ces, un sistema importado desde Israel.

En Finlandia, los árboles crecen 25 centí­metros al año, pero en este bosque mexicano logran un crecimiento anual de un metro anual.

"Maurer nos decí­a que México tiene el 40%  del potencial genético de los bosques del mundo, pero cada año se deforestan 900.000 hectáreas", recuerda Garcí­a de su antiguo patrón, de quien ahora hay un busto en la cabaña que fue su residencia.

Mientras  los árboles crecen, grupos escolares que suman unos 100.000 niños al año, vienen a recibir cursos de reforestación y ecologí­a.

Con la memoria cariñosa de su fundador, quien incluso ganó el premio nacional de ecologí­a, el proyecto de la familia Maurer sigue boyante, vendiendo una experiencia única a sus clientes.

A pocos kilómetros de la megalópolis, hacer una caminata familiar, disfrutar la vista de los volcanes, respirar aire puro, cortar el árbol y al final tomar un refrigerio de comida tradicional mexicana, con quesadillas de champiñones y hongos de maí­z, llamado "huitlacoche", es el paseo ideal para comenzar a vivir una sincrética experiencia navideña.

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Originalmente publicado en Sputnik Mundo.

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Victor Flores García
Periodista internacional
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