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lunes, 20 de septiembre del 2021

Un año Hollywoodiense

Estamos a punto de terminar un año que ni los mejores guionistas de Hollywood podían imaginar. Pensábamos que esto sólo ocurría en las salas de cine, o en Netflix, no eran más que películas de ciencia ficción. Actualmente, el mítico dicho, se ha apropiado de nuestras vidas: “A veces la realidad supera la ficción”.

Cómo podíamos llegar a pensar que millones de personas, más bien dicho, toda la población mundial, se confinaría en su casa, sin poder salir ni si quiera a dar un paseo. Debemos tener muy claro que esto no es el pasado, la pandemia sigue ahí y, por desgracia, el sufrimiento y el sacrificio no han terminado.

Podemos sacar otra lectura de toda esta catástrofe. Hasta que no nos hemos puesto aprueba, no nos hemos dado cuenta de hasta dónde puede llegar nuestra fortaleza, ni de la capacidad de adaptación del ser humano. En este caso, de cómo nos hemos amoldado a estar encerrados, renunciando a varios de nuestros derechos más esenciales.

Pero, ¿puede uno llegarse a acostumbrar al sufrimiento? No al personal, hablamos del ajeno, de un sufrimiento colectivo. Día tras día vemos cómo un contador sigue subiendo, ese contador no son solo cifras, representa personas que ya no están. Ríos enteros de palabras, algunas más contrastadas, otras más profesionales, que no paran de argumentarnos distintas hipótesis. También en términos medioambientales, otra vida que sufre, es la de la Tierra. El cambio climático se está manifestando y cada vez hay más zonas vulnerables.

Quizás si hacemos un balance entre sufrimiento y la experiencia vivida, siendo más frío, podemos encontrar una carga positiva en todo esto. Hemos aprendido a ver otro lado de la vida, cuando antes, seguramente por inercia, nos era invisible. Es algo parecido a cuando uno sufre una enfermedad cómo por ejemplo un cáncer, y lo superas, te das cuenta de otras dimensiones de la vida que antes no veías. Esta nueva visión se centra en la solidaridad, el amor, la compasión y la amistad.

Nostradamus ya precedía una serie de catástrofes para el nuevo milenio y para el nuevo año entrante, el 2021. Incluso algunas religiones predecían el fin del mundo, hablaban de la desaparición de una forma de vida. No sé si esto se ha cumplido, pero si tengo claro que la forma de vivir se ha transformado.

Llevamos casi 50 mil muertos y todavía no conocemos los daños colaterales, o efectos a largo plazo reales. No sólo sobre enfermedades y posibles efectos secundarios, también afectaciones económicas, laborales, etc. Muchas de las consecuencias están por llegar y debemos estar alerta.

Ha habido una demostración de que nosotros, los humanos, no somos más que una mota de polvo, no somos nada. Al suceder un cambio natural nos damos cuenta de que no tenemos ningún poder, sólo seguimos un ciclo natural, cómo un animal. Simplemente por el sentido de la razón, nos consideramos más.

Seguramente sufriremos más enfermedades y por muchas vacunas que creen, estaremos sometidos a los cambios que la propia naturaleza nos plantee. Nada de esto sucede porqué sí.

Quiero pensar que todo esto es para bien, y de que sacaremos una importante lección de lo que está aún ocurriendo. Aunque me es difícil mantener este pensamiento cuando me fijo en los poderosos y en toda la clase política. Voy a ser pragmático.

Después de 10 meses con más de 20 mil muertes en residencias, aún no se ha revisado nada, no se han establecido nuevas normas, ni tan siquiera se han formado mesas de diálogo para compensar las injusticias. Tengo serias dudas de si nos servirá para mejorar, por lo menos el sistema. Ojalá que sí, pero no tengo demasiada confianza en esta hipótesis propia. La nota de la gestión de la crisis pandémica que les pongo a los políticos es clara, un suspenso rotundo.

Sólo me queda deciros que ojalá el año que viene sea más sostenible, que seamos más solidarios, que tengamos un mundo mejor, más humano, y que dejemos tranquila a nuestra casa, que es la tierra, y de la cual no somos los dueños.

Y recordad, que nadie os robe vuestra sonrisa.

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