Por Alonso Rosales
Hay algo profundamente revelador en que un presidente de Estados Unidos necesite declararse a sí mismo como el mejor de la historia. No porque un mandatario no tenga derecho a defender su legado, sino porque la grandeza presidencial, en una democracia, no debería ser un título que se concede uno mismo.
Donald Trump acaba de hacerlo.
El presidente estadounidense publicó una clasificación en la que se colocó a sí mismo por encima de figuras históricas como George Washington y Abraham Lincoln. En su particular escala, Trump aparece como “el mejor”, mientras que varios expresidentes son colocados en categorías inferiores. La decisión resulta llamativa, sobre todo porque la valoración de Trump entre los estadounidenses se encuentra muy lejos de esa autoproclamada grandeza. Una encuesta Reuters/Ipsos divulgada esta semana situó su aprobación en 33%, uno de los niveles más bajos de su actual mandato.
La pregunta, entonces, no es solamente por qué Trump se considera el mejor presidente. La pregunta más importante es: ¿por qué necesita decirlo él mismo?
La historia suele ser mucho menos complaciente que el ego de un gobernante.
Washington, Lincoln, Franklin D. Roosevelt y otros presidentes fueron evaluados durante décadas por historiadores, investigadores y ciudadanos. Sus legados fueron sometidos al juicio del tiempo. Trump, en cambio, parece querer adelantarse a ese juicio y escribir su propia página en los libros de historia antes de que los historiadores tengan la oportunidad de hacerlo.
Eso constituye una preocupante confusión entre propaganda y evaluación histórica.
Un presidente puede decir que su administración ha conseguido grandes cosas. Puede defender sus políticas, presumir de sus resultados y enfrentarse políticamente con sus adversarios. Pero otra cosa muy diferente es convertirse en juez de uno mismo y otorgarse el primer lugar en una competencia en la que, evidentemente, no puede ser juez y participante al mismo tiempo.
Y aquí aparece un problema más profundo: la distancia entre la percepción personal del poder y la realidad política.
Trump gobierna una nación profundamente polarizada. Conserva una base republicana considerable y continúa siendo una figura dominante dentro de su partido. Pero eso no significa que exista un consenso nacional alrededor de su gestión. De hecho, las encuestas recientes muestran una aprobación general situada en los treinta puntos.
Por eso resulta políticamente extraño que un mandatario con semejantes niveles de desaprobación se presente públicamente como el mayor presidente de la historia.
No es una cuestión de simpatías partidarias. Es una cuestión de sentido común democrático.
El poder presidencial debería estar acompañado de autocrítica. Un gobernante que solamente escucha elogios termina encerrado en una realidad construida por sus propios colaboradores, seguidores y aduladores. Y cuando un líder comienza a confundir la lealtad de su círculo político con la aprobación de toda una sociedad, corre el riesgo de perder contacto con la realidad política.
Trump ha demostrado durante años una extraordinaria capacidad para dominar la conversación pública. Sabe convertir cualquier controversia en espectáculo y cualquier crítica en una batalla personal. Pero gobernar no consiste solamente en ganar titulares, provocar a los adversarios o conseguir que millones de personas hablen de uno.
Gobernar significa aceptar límites.
Significa comprender que las instituciones están por encima del individuo. Que la historia no pertenece al presidente de turno. Que los ciudadanos tienen derecho a desaprobarlo. Y que una democracia saludable necesita gobernantes capaces de reconocer sus propios errores.
Lo preocupante no es solamente que Trump se considere el mejor. Lo preocupante es que parezca necesitar permanentemente demostrarlo.
Sería irresponsable afirmar que ese comportamiento responde a una enfermedad o a un trastorno médico sin una evaluación profesional y evidencia clínica. Pero sí es legítimo analizar políticamente una conducta que muestra una extraordinaria necesidad de reconocimiento personal.
Un presidente no debería necesitar colocarse una corona.
Si realmente fue el mejor, serán los ciudadanos, los historiadores y el tiempo quienes lo determinen.
El problema de Trump es que parece no querer esperar al veredicto de la historia. Quiere escribirlo él mismo.
Y esa diferencia entre gobernar para el país y gobernar para construir el propio monumento puede terminar siendo uno de los aspectos más importantes de su legado.


