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martes, 18 de mayo del 2021

Sistema educativo de calidad y formación inicial de docentes

En los últimos años, prácticamente todos los planes y propuestas comprometidos con la mejora de la calidad educativa coinciden, en menor o mayor grado, en la necesidad de replantear la formación inicial del magisterio como condición de posibilidad para la transformación del sistema educativo; y este consenso además de ser nacional es mundial: se sabe que la calidad de la educación en buena medida depende de que los maestros y maestras cuenten con la formación y las herramientas a la altura de las demandas educativas del siglo XXI, para enfrentar escenarios y situaciones educativas cada dí­a más diversas y complejas.

El Plan Nacional de Formación de Docentes en Servicio en el Sector Público 2014-2019, y otros procesos de formación en servicio, han puesto de manifiesto que nuestro sistema de formación inicial vigente, el cual comenzó a perfilarse a principios de los 80, no logra formar en calidad, especialidad y cantidad los profesionales que el sistema requiere. Por citar un par de puntos crí­ticos podemos decir que la formación inicial no ha garantizado un dominio disciplinar y de la especialidad que faciliten posteriores procesos de constante especialización, pues en muchas de estas carreras nuestros futuros docentes no son atendidos por formadores que cuenten con la especialidad respectiva en las áreas que imparten.

Pensemos para graficar esta idea lo siguiente, ¿cuántos historiadores, matemáticos o fí­sicos atienden sus respectivas disciplinas en los programas de formación docente?, normalmente son licenciados en educación quienes atiende estas áreas y no expertos certificados académicamente. Y es que el mismo marco regulador permite como requisito mí­nimo para habilitar un profesorado o licenciatura contar al menos con un docente especialista contratado a tiempo completo, por lo demás el mercado de profesores hora clase puede hacerse cargo de una formación que como bien sabemos debiera exigir una atención integral y una dedicación con mayor esmero. Los buenos docentes se forman en ambientes académicos propicios para forjar el temple y los hábitos requeridos por la profesión.

Investigación educativa y procesos de reflexión permanente sobre la práctica pedagógica, desarrollo de competencias tecnológicas, además de í­ntimo asocio entre las disciplinas y didácticas especí­ficas, así­ como desarrollos metodológicos contextualizados, no son precisamente los énfasis de los programas de estudio que han cursado nuestros maestros y maestras. Estos vací­os en la formación inicial conducen a que el Estado tenga que invertir ingentes recursos en la nivelación, en lugar de focalizarlos en una plataforma de profesionalización continua y permanente que aspire al posgrado. Y es que la pretendida metáfora del docente como facilitador, producto de una ligera comprensión del constructivismo educativo, y que está profundamente enraizada en el sistema de formación inicial vigente, ha promovido un énfasis excesivo en la formación general, en las didácticas y pedagogí­as generales.

La dinámica del sistema ha potenciado el debilitamiento de la institucionalidad del Estado que debiera ocuparse de una planificación de la formación inicial regida por el principio de atender preferentemente a las necesidades y demandas de especialistas del sistema educativo en coherencia con el desarrollo nacional, en lugar de la lógica del mercado. Según datos del Observatorio de los centros educativos públicos de El Salvador correspondientes al año 2016, hay 47496 docentes en el sistema público, donde 8048 son especialistas de ciencias sociales, 4602 de lenguaje, 11794 de educación básica mientras que solamente contamos con 2795 de matemática, 1123 de informática, 837 de educación fí­sica, 605 de educación especial y 418 de educación artí­stica, lo cual implica un evidente desbalance en la planta docente nacional. El sistema de formación inicial no ha garantizado históricamente oferta educativa en todas las especialidades requeridas por el sistema, como la educación artí­stica, la cual forma parte de las áreas curriculares básicas desde 1994. En 23 años hemos sido incapaces de atender áreas que en el planteamiento curricular se consideran fundamentales para una educación integral de nuestra niñez y juventud.

Por otra parte, se calcula que hay una cantidad similar de docentes graduados que no han podido ingresar al sistema educativo, y que alrededor de un 12% de la planta en servicio está cerca o en edad de jubilación. Sin embargo, no existen las garantí­as de que el recurso humano graduado y los que están en formación se correspondan con las especialidades requeridas, simplemente porque en aquellas áreas más crí­ticas no ha existido oferta de formación o ha sido muy limitada, véase el caso de la educación artí­stica, la educación inicial u otras que son necesarias para una educación de calidad como la formación ciudadana o la técnica.

Según datos de la Dirección Nacional de Educación Superior del Ministerio de Educación, en el año 2015 la licenciatura en educación en sus diversas especialidades fue la sexta carrera universitaria con mayor demanda, con una matrí­cula de 8364 estudiantes. Apenas hace algunos años esta licenciatura ofrecí­a exclusivamente formación general. Para 2015, se graduaron 1087 profesionales de ciencias de la educación, mientras que solamente 45 de educación fí­sica y ninguno en educación inicial, artí­stica y especial. Transformar la formación inicial de maestros requiere de una buena cuota de involucramiento del Estado, pues está claro que la lógica del sistema carece de una racionalidad que se corresponda plenamente con las necesidades del sistema.

La brújula que requiere la planificación de la formación inicial de docentes viene dada por las demandas del sistema educativo y las necesidades de desarrollo nacional. Contar con docentes en calidad y en cantidad debe asumirse como un problema de nación, y por lo tanto debe estar entre las principales ocupaciones y preocupaciones del Estado. La necesidad de una instancia pública que garantice la calidad de la formación así­ como la atención de las especialidades insuficientemente cubiertas y las no ofertadas es inminente, así­ como el fortalecimiento institucional del Ministerio de Educación para encarar esta importante tarea.

(*) El autor es miembro del  Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades

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Carlos Rodríguez  Rivas
Especialista en Educación

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