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martes, 03 de agosto del 2021

“Si no trabajo no como”: pesadilla de trabajadoras domésticas migrantes en la pandemia

Durante el segundo trimestre de este año el COVID19 cerró toda actividad social y económica de New York, millones se contagiaron, miles murieron , las clínicas y hospitales colapsaron, el miedo se apoderó de la ciudad. Durante semanas era frecuente ver al gobernador Cuomo en CNN mostrando las cifras de contagios, muertes y hospitalizaciones, pidiendo la solidaridad de los Estados del resto de la Unión para que prestaran ventiladores porque los que tenía la ciudad eran insuficientes.

Ante una ciudad devastada y temerosa todos los sectores han salido lastimados. Cientos de tiendas y restaurantes han quebrado, mientras que millones se han refugiado en sus casas y han convertido su vivienda en espacio laboral. Al igual que ek COVID19, el desempleo se extendió rápidamente por toda la ciudad. Ni siquiera la recesión de 1932 ni la crisis financiera de 2008 tuvieron el impacto económico y social experimentado en los últimos meses. 

Uno de los sectores más fuertemente afectados por la pandemia ha sido el trabajo doméstico de cuidados y limpieza. Por décadas este sector ha sido el refugio de empleo de miles de mujeres migrantes, tanto  en situación regular como indocumentadas. Oficialmente solo hay un poco más de dos millones de empleados en el sector de limpieza y cuidados, cifra que oculta los números mucho más altos del trabajo invisible y clandestino de incontables mujeres migrantes. Como dice Gladys (nombre ficticio) una mujer salvadoreña de cincuenta años que llegó a Nueva York en 2016, sin dejar de ocultar una ligera sonrisa y entusiasmo al recordar aquella fecha, “este fue mi primer trabajo y el único que he tenido aquí, al día siguiente de llegar al aeropuerto ya estaba trabajando, me contrató una agencia de colocación de empleadas domésticas propiedad de una hondureña, me dio varias casas y apartamentos de Manhattan para limpiarlas. Ganaba 15 dólares la hora, me alcanzaba para pagar la renta, la comida, servicios y  para enviar algo a mi familia en El Salvador”.

A finales de marzo todo se derrumbó para Gladis,  así como para muchas mujeres migrantes. El último  día laboral de marzo recibió la noticia de que se habían cancelado todos los encargos de limpieza , se quedó sin nada. Sin seguro social ni de desempleo por su condición de indocumenta “me quedé con los brazos cruzados”, dice.  Los clientes de la agencia de limpieza huyeron de los riesgos de contagio de la ciudad a sus casas de vacaciones en New Jersey o Connecticut,  aquellos que se quedaron despidieron a las empleadas domésticas. De allí en adelante le ha tocado vivir de prestado, apelar a la solidaridad de las redes sociales o familiares para comer y sobrevivir, mientras que los envíos de dinero a su familia se han suspendido desde entonces.

Esta angustiosa situación no ha sido  vivida solamente por el trabajo doméstico, sino también por otros sectores como los empleados de restaurantes o por los que se encargan de los cuidados de niños, enfermos y ancianos. Se ha tratado, como lo indican reportes de algunos medios, de una verdadera crisis humanitaria.

Para las empleadas domésticas migrantes la crisis de la pandemia todavía no se supera. Gladis solo está trabajando dos días a la semana, suficiente nada más para pagar el ticket del tren y algunos servicios, la comida se la provee una organización de caridad que le envía a su domicilio una bolsa con alimentos todas las semanas o le toca hacer fila en los numerosos bancos de comida que han proliferado en toda la ciudad y vive en el sótano de la casa de un hermano quien no le cobra por habitarla. Las remesas para el país tendrán que esperar.

Lo que la pandemia ha develado a Gladis, como a millones de migrantes indocumentados, es que no solo sus empleos son desechables, sino que ellas mismas, como individuos, son “descartables”, sujetos sin derecho a nada, obligados a sobrevivir de la caridad, “porque aquí- dice con tristeza Gladis- si no se trabaja, no se come”.

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