Especiales de la SemanaSalarrué y Humano: memoria, legado, aniversarios engarzados (47/82)

Salarrué y Humano: memoria, legado, aniversarios engarzados (47/82)

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"Salarrué, el artista de El Salvador que nació hace 123 años, aún emite sus destellos ". Su legado es rescatado por Ricardo Humano, "y ahora custodiado por el MUPI", reporta Tania Primavera.

Tania Primavera


Salarrué, el artista de El Salvador que nació hace 123 años, aún emite sus destellos entre el conocimiento y la diversidad de opiniones. Entre la nube de sus archivos, el recuerdo y el olvido, la palabra y el sonido. El legado del pintor y escritor, rescatado gracias a Ricardo Humano y ahora custodiado por el Museo MUPI, sigue siendo fuente de inagotables percepciones. Su literatura, pintura, vida y personalidad son revelación y misterio. En vísperas del 47 aniversario de su muerte, entrelazo las vidas de los amigos Salarrué y Humano. Abro las ventanas, empieza la mañana, hay brisa en este pleno día de noviembre de 2022.


Vida y muerte unen a dos amigos que nacieron en años distintos. Pero un día, sin saberlo, los conectaría para siempre.  Es el día 27 de noviembre.  Uno, celebraba su cumpleaños, y el otro falleció ese día. Salarrué, murió hace 47 años, el 27 de noviembre de 1975 en su casa de Planes de Renderos, San Salvador. Humano, celebraba cada año su natalicio ocurrido en Santa Ana el 27 de noviembre de 1940, este sería el 82, pero ya no está. Parece confuso, raro, místico: una relación de fechas entre estos dos seres, la amistad les unió desde los años sesenta del siglo pasado cuando conversaban de las cosas del Espíritu y de las pinturas psicodélicas y abstractas. Lo cierto es que cada 27 de noviembre, les recuerdo. El archivo, el legado, va más allá de la muerte. Humano murió a los ochenta años el 16 de octubre de 2021. Ahora, al hilvanar con hilos rústicos esta historia, un relato, quedará en la memoria.

En 1994, Ricardo Aguilar Castro “Humano” de 54 años regresó después de una larga ausencia a su país, El Salvador, tenía un objetivo desde su llegada, algo le dijo en su interior “visita la casa de Salarrué”.  Se dirigió a las afueras de la ciudad de San Salvador, en la tranquila zona en las cumbres, con miradores que a los lejos vislumbra la capital, en Los Planes, donde había vivido su amigo el artista Salvador Salazar Arrué “Salarrué”. Desayunó antes, donde aquellas viejitas que le conocían y le reconocieron, ellas le hablaron de que aún “la monja” permanecía en casa. Así, con algo de timidez, ya que Salarrué había muerto 19 años atrás, no sabía si tocar la puerta para visitar a la pintora, María Teresa Salazar Lardé conocida como Maya, una de las hijas de su amigo, y quien era la única que vivía ahí, no era monja, pero así le decían algunos; sus otras dos hermanas, la mayor, Olga vivía en Nueva Jersey, y la menor, Aída, en México, también eran pintoras.  

Humano se dirigió a la casa, caminó con sus sandalias y pantalones color caqui hacia la verja, se asomó. La terraza en la fachada se veía, porque no había muro. En eso, Maya le vio. Y lo llamó. Humano, dudó aún si la cosa era con él y preguntó ¿Me llamas a mí? Porque Maya era bastante seria, pero el arte siempre le acompañaba, el canto, la intuición y sus recuerdos familiares.  

¡Sí, a vos! Le escuchó decir. Entonces, entra a la casa, se golpea el dedo gordo y sangra, “es el primer chacra, y esto toca, se dijo a sí mismo”. Habían pasado muchos años, que no se veían, pero le reconoció, sabía de su amistad con su padre, con su Dagdy, y comenzó a contarle historias, hablaron de pintura, del arte, de los cuentos de Doré, del pianista y del piano, del canto, del libro de canciones familiares, de su madre Zelié Lardé, de sus hermanas, de las historias de La Biblia, y por qué quiso ser monja, de su libro inédito El Hombre Verde. Y de cómo ella cuidó a sus padres en los últimos años, como ella quiso también buscar entre la religión y luego se encontró a sí misma. Ella era bellísima, quizás la más parecida a su padre físicamente, cejas pobladas, ojos grandes y claros, muy blanca, alta, cabello castaño, manos de artista, elegante y sencilla, rústica, brava, solitaria. Eso sí, su familia era su estrella, su más grande amor.

Seguían en la terracita, llevaba rato contándole historias a Humano, y este le interrumpe y le dice ¿Y las cosas de ustedes? ¿Dónde están? Y ella, le respondió naturalmente:

– Adentro, ¿querés entrar? Todo está aquí, en la casa, yo ya no entro ni subo a la segunda planta porque ya me duelen las piernas, pero no te sorprendas, todo está como ellos lo dejaron. Solo unas medallas se llevaron mis hermanas, pero todo sigue aquí.

Desde la muerte de sus padres, Zelié en 1974, y Salarrué en 1975, habían pasado muchos años. La guerra civil durante toda la década de 1980, el terremoto del 10 de octubre de 1986.  Esa casa donde habitaron desde 1958, fue un regalo de un tío de Salarrué, dado a su regreso de trabajar como agregado cultural en Nueva York durante doce años.  La nombró Villa Montserrat, la casa, era una cápsula en el tiempo.

Antes de la visita de Humano, a Maya la habían visitado otras gentes, estudiantes, intelectuales, una que otra persona. Don Tomás, aquel empleado de la casa y sobrino de la niña Minga, le seguía ayudando, pero también ya era mayor, y vivía su familia en Panchimalco, un pueblo cercano.

Maya abrió la puerta de madera forjada para mostrarle a Humano la casa en su interior. Aquello daba tristeza, el legado del artista salvadoreño quizás el más importante del siglo XX, permanecía en un silencio y olvido. Entre el olor a fétido, al abrir una puerta de una habitación en el segundo piso, un escritorio se desvaneció de podrido, todo estaba en condiciones deprimentes, deprimentes.

Antes se proseguir con el encuentro de esta cápsula sellada en el tiempo, describiré en breve la vida y obra de Salarrué:

El padre de Maya, el conocido y desconocido artista, Luis Salvador Efraím Salazar Arrué, “Salarrué”, según su partida de nacimiento, nació el 22 de octubre de 1899 a las nueve de la noche, en Sonzacate, departamento de Sonsonate, El Salvador, América Central. Sus padres fueron Joaquín Salazar y María Teresa Arrué, el padre de ella era de ascendencia vasca. Salarrué tuvo un hermano. Ese lugar donde vivió sus primeros años marca su vida, el color, el olor, las calles empedradas, el idioma Náhuat que se escuchaba hablar entre los indígenas que eran sus amigos. Escribía poemas, hacía dibujos. Se van del pueblo natal a vivir a Santa Tecla, cercana a la capital. Sus padres se separaron. Solos con su madre, pasó penurias económicas, algunos familiares pudieron apoyar en diversas formas. Siendo adolescente, se inscribió en clases de pintura en la escuela de Spiro Rossolimo.  Emigró gracias a una beca a Estados Unidos, donde estudió inglés y después estudió pintura en 1917 en la Corcoran School of Art en Washington D.C., en ese tiempo logra exponer sus pinturas en la galería Hisada, propiedad de un japonés. Visitó la ciudad de Nueva York, donde se encontró con un libro del escritor también salvadoreño, Arturo Ambrogi, que le impactó por su lenguaje y relatos, El Libro del Trópico.

Regresando a El Salvador, el corazón del mundo, Salarrué está determinado a seguir su vida como artista, pintor y escritor. Se casó en 1922, con la hermana de sus amigos y empleadores en la revista Espiral, ella era la pintora Zelié Lardé. Ella comenzó a firmar como Z de S. Y Salarrué, aún no tenía definido este nombre, que adquirió juntando sus apellidos, Salazar-Arrué, en los años 1920s. Ya casado y con compromisos, Salarrué vive en libertad, experimenta en la teosofía, pero no se queda ahí, busca, busca siempre. Es un prolífico buscador. Procuró guardar sus archivos desde muy joven. Muchos de ellos se perdieron, se pudrieron.

Con su familia, esposa y tres hijas, se va a vivir al mismo local donde trabajaba, en la Cruz Roja, cerca de San Marcos, donde también pinta, compartiendo una manzana para todos, “haciendo magia”, The magician como le decían sus hijas, hacia aparecer una manzana entre la enredadera del patio. Era vegetariano. Y aunque sus filosofías de desprendimiento material le ayudaban, las cuentas no paraban, había que pagar recibos, vestir, ayudar a su familia. Salarrué, continúo pintando y escribiendo.  En 1928, José Bernal funda el periódico Patria donde acude al apoyo de Alberto Masferrer para que lo dirija. Salarrué es invitado a trabajar ahí, y escribe diversos artículos, también aparecen los Cuentos de Barro, las Noticias para Niños, entre otros textos. Paralelo a eso, en alguna ocasión Salarrué publica un anuncio donde solicita trabajo de jardinería a cambio de pinceles y pinturas.

Oficialmente, estos son sus libros publicados: El Cristo negro (1926), El Señor de la Burbuja (1927), O’Yarkandal (1929),Remotando el Uluán (1932), Cuentos de Barro (1933), El libro desnudo (1936),Eso y más (1940), Cuentos de Cipotes (1945), Trasmallo (1954), La espada y otras narraciones (1960), La sed de Sling Bader (1971), Conjeturas en la penumbra(sin fecha), Catleya Luna (1974). Mundo nomasito (1975).En 1969 fue publicada una antología por el escritor Hugo Lindo, donde Salarrué incluyó obras inéditas.

En investigaciones más recientes, personalidades como el antropólogo y lingüista, Dr. Rafael Lara Martínez, profesor emeritus, premio nacional de cultura y radicado actualmente en Dijon, Francia, menciona diversas revistas o boletines donde Salarrué publicó sin censura algunos Cuentos de Barro,  antes de ser un libro, e incluso  después de la  primera publicación del libro,  en tiempos de la dictadura del general  Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944), en Excélsior (1928-1930), Repertorio Americano (1928-1937), Boletí­n de la Biblioteca Nacional (1932-1937), Cypactly (1930-1940),  Prisma.  Revista Internacional de Filosofí­a y Arte (1931), Revista El Salvador.  Órgano Oficial de la Junta Nacional de Turismo (1935-1939), El lector cuzcatleco (1941-1943) y otras.

Esto es lo importante de los legados que deja un personaje: para la consulta, para la proyección, para que haya diálogo, para continuar investigando.

Las pinturas de Salarrué, son un poco menos conocidas. Hacía tapices, muchos alusivos a interpretaciones indígenas, pinturas en diversas formas con humanos, flores, líneas o simplemente el abstracto en un mundo que él percibía, muchas formas marinas también o una de las más conocidas es La Monja Blanca. En 1932, año en que ocurre en enero La Matanza, donde son perseguidos y masacrados miles de indígenas campesinos que se insurreccionaron; participa en diciembre en el homenaje del Estado al centenario de dos personajes: Salarrué habla del poeta y escritor alemán Goethe y Francisco Gavidia habla del prócer José Matías Delgado.

En 1935, fue enviado principal a Costa Rica a un evento cumbre de artes plásticas, siendo ganadora una pintura de su amigo José Mejía Vides, el pintor que ilustró su primera edición del libro Cuentos de Barro en 1933. Sus Cuentos de Cipotes, son historias que comenzó en los años veinte, en formas de folclor, que él pudo escuchar y transformar, a veces se deben leer varias veces, en un lenguaje coloquial de un tiempo que es lejano, con palabras y situaciones explícitas en la vida cotidiana de la niñez o sociedad de su época, su esposa Zelié Lardé, realizó las ilustraciones para su primera edición en 1945, y Maya su hija, hasta 1974 realizó las ilustraciones de este libro. Salarrué viajó en 1946 a vivir a Nueva York, para trabajar hasta 1958 como agregado cultural en esa ciudad, fue durante ese tiempo que siguió promoviendo cultura, escribiendo, y quedándose con copias de sus cartas enviadas, y recibidas, recortes, recuerdos. Escribió la novela aún inédita Range of Gold, en idioma inglés. Como me comenta EL Dr. Rafael Lara Martínez “no hay lenguas indígenas en su canon literario, Salarrué no hablaba estos idiomas ancestrales”. Guarda como tesoros, dibujos, bocetos y borradores de sus obras más emblemáticas. Cartas de amigos, escritores, familia.

La historia de Salarrué, es compleja, es aún parte del presente en el ambiente cultural. Todo lo que hable de su nombre siempre será recibido, generando emociones y hasta ganancias por su imagen en algunos casos.

Pero, volviendo al pasado, al momento cuando Ricardo Aguilar Humano llega en 1994 a la casa de Los Planes, donde se encuentra con Maya Salarrué, la guardiana del legado. Ella viviendo ahí, ya no entraba a la casa, solo ocupaba su habitación tipo apartamento ubicada a un lado del jardí­n. Humano, al ver las terribles condiciones, la humedad, el paso del tiempo, cataratas de agua que entraban por los techos, que en verano eran sendas rendijas de luz. Los instrumentos musicales de cuerda colgaban en la pared, fotos, adornos, el olor se siente de inmediato, observó la decadencia. Descascarándose, pudriéndose las losas, rajadas las paredes, el olor era evidente, el descuido. Desde la muerte de Salarrué, la noche del 27 de noviembre de 1975, habí­an pasado 19 años. Deprimente, era el panorama.

Humano: ¿Qué va a pasar con las cosas de tu papá?

Maya: ¿Y vos qué querés, pues?  Yo ya casi me voy.

Humano: Nada. ¿Pero las cosas de tu padre qué pasará? Esto es de El Salvador.

Maya: Entonces ¡vos sos el que estaba esperando! ¡Llevátelo pues! ¡Llevátelo todo! Cuídalo.

Entonces, sin nada más que el afán de rescatar el archivo, Humano, que no tenía nada, ni dinero, ni conocimientos museográficos, pero con la convicción de que había que salvar ese legado olvidado, consiguió cajas, alquiló un cuarto más grande para comenzar a secar papeles, objetos. Mucho se perdió pues ya estaba destruido por el tiempo. Maya muere en junio de 1995. Solo ella, reposa en la tumba junto a su padre en el Cementerio de Los Ilustres en San Salvador, donde yo les visito hasta para mi cumpleaños, también en octubre, donde suelo pintar con colores azules y dorados.  Posteriormente, Humano creó la Fundación “La Casa de Salarrué”, porque su sueño era realizar El Museo Salarrué, el verdadero, y que aún falta por cumplir. Trabajó por años, viviendo en casas rentadas. En medio de su ambiente, estaba todo el archivo. Sin ayuda de ninguna organización, tocó puertas, pero nadie quiso darle nada para poder sostener el inmenso archivo, que incluye también a su familia. Fotos, manuscritos, cartas, artí­culos, dibujos, pinturas, objetos, instrumentos musicales, su bata rota, sus pantuflas, sus objetos marinos, sus libros. Sus secretos.

Y mientras se vayan hilvanando y deshilvanando las opiniones, el legado está salvado. En 2003, el pintor Ricardo Humano, entrega al Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), el Legado de Salarrué. La casa de Los Planes la adquiere el Estado con la intención de recrear el Museo Salarrué, aunque la nombra La Casa del Escritor. Yo realizaba mis Horas Sociales de la Universidad, cuando conocí a Humano. Entre cintas de cine y la moviola, yo registraba escribiendo el contenido de los films. Vi que Santiago, el director del MUPI, recibí­a a un hombre pelo largo y gris, vestido de lino claro. Lo visitaba por algo importante: la entrega del Legado de Salarrué, desde entonces Humano fue mi amigo, conocí a su papá que me contaba historias de Ernesto Interiano y me obsequió su colección de estampillas, a su hermana, a sus sobrinos, su hija Ana E., su hijo Sol Inkari, le ayudé a ordenar, a transcribir algunos diarios donde describe venturas y desventuras vividas y escritos en Palma Mallorca, le apoyé a mudarse varias veces de casa, le escuché historias, le agradezco por su amistad sincera, me obsequió pinturas y libros.  Hasta sus últimos días, Humano, mi amigo, a pesar de que casi no le vi los últimos tiempos, hablábamos por teléfono y éramos cercanos, saludaba a mi madre. Yo siempre le agradeceré haber rescatado el Legado Salarrué, aunque tenía ese deseo de que no vio cumplir un verdadero museo de Los Salarrué como él decía.  Al morir, una noche, su hermana con quien vivía en ese tiempo, ella, María Eugenia me pidió guardar sus archivos, sus pocas cosas en cajas de plástico, me fui a pasar varios días ahí, cuidadosamente, llorando, recordando, ordenando, entre el polvo, el fuego, velas y recuerdos, y su autorretrato que lo dejó en la terracita que ocupaba de estudio.

El MUPI, ha logrado realizar en su gestión varias exposiciones. Con el archivo que es consultado también por investigadores y público en general, ha publicado el número cinco de su Revista Trasmallo: 110 aniversario, el libro Sagatara mío, realizó el audiovisual conteniendo seis Cuentos de Cipotes en dibujos animados, el libro catálogo con obra pictórica Salarrué El Último Señor de los Mares, y la inscripción del legado en Memoria del Mundo de la UNESCO. Actualmente en la sede del MUPI en San Salvador, se encuentra en exhibición “Salarrué, la verdad está en lo increíble”, una muestra con una escultura, dos vitrinas conteniendo su máquina de escribir, objetos como sus caracolas y fotos, y en las paredes nueve pinturas inéditas y abstractas, entre otros estilos, entre ellas hay una de un caracol verde y “La niña del zúngano”, todo es como un milagro, salvado del olvido y la polilla.

Ya es tarde, llega la noche, es probable que me extendí mucho, que fui por un camino y otro, pero la idea es contar esta historia. In Memoriam Salarrué, In Memoriam Humano. La noche llegó hace rato, la brisa entra y los sonidos de los animales se escuchan en el silencio, cierro las ventanas.

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*Tania Primavera Preza Díaz, escritora y periodista salvadoreña. Estudiosa de la vida y obra de la familia Salarrué. Comunicadora en el MUPI. Mis opiniones en este artículo son personales.  [email protected]

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Tania Primavera
Tania Primavera
Promotora cultural, museóloga, escritora y periodista salvadoreña. Colaboradora en temas de Artes y Columnista de ContraPunto
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