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lunes, 02 de agosto del 2021

“Roque decidió irse, y yo no me opuse”

Aí­da, la esposa Roque Dalton, retrata al poeta en su faceta de padre, esposo y hombre

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Detrás de Aí­da Cañas, la pared exhibe una foto inmensa de sus tres hijos con él. Está en el centro, con un pullover claro, fresco, rodeado de tres rostros que se le asemejan mucho.  Su cara sonrí­e igual que en las numerosas fotos conservadas en el Archivo Fotográfico de la Casa de las  Américas. En el Archivo hay una particularmente atractiva: está sentado sobre la arena en una posición incómoda, a su lado Ernesto Cardenal conversa con él, uno puede percibir la brisa y el buen ambiente. Seguramente así­ fue, y quizá una broma detrás de otra. Dice Aí­da que entre él y Manuel Galich escribí­an chistes en una libreta para no olvidarlos. Quizá sea mi imaginación, pero Aí­da tiene los ojos llorosos, a punto de soltar una lágrima que no cae. Seguramente son ideas mí­as. Cuando Roque Dalton no aguantó más la nostalgia por su paí­s y decidió partir y ser un guerrillero fuera de las lí­neas de sus versos que nunca dejaron de serlo, Aí­da quedó en Cuba, en el mismo apartamento donde hoy conversamos, con sus tres hijos. “El decidió irse y yo no me opuse”. En el mes de mayo de 1975, año en que Roque cumplirí­a sus cuarenta años, recibió una llamada de su suegra anunciándole  que el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) estaba divulgando que Roque habí­a sido fusilado por traidor. Lo acusaban de ser espí­a norteamericano, soviético y cubano. “Envidia, nunca lo comprendieron. No tení­an su pensamiento”, yo le advertí­.

La Casa de las Américas lo recibió cuando la familia regresó de Praga luego de tres años allí­. En 3ra. y G encontró no solo su trabajo, sino otro hogar. Roberto Fernández Retamar y Haydee Santamarí­a se lo harí­an saber constantemente. Luego de haber recibido casi consecutivamente tres veces mención en la categorí­a de poesí­a (1962, 1963 y 1966)1, cayó en manos del jurado, del cual Retamar habí­a sido parte durante su primera mención, Taberna y otros lugares. Por unanimidad se le otorgó el Premio Casa en el invierno de 1969.

La Casa sigue siendo su hogar. El correo electrónico de Aí­da Cañas es parte del directorio personal de la institución, como si aún Roque siguiera en la revista Casa y uno pudiera preguntarle sobre cualquier cosa si escribiéramos a su casa.co.cu.

La hermosa foto en la pared me sugiere empezar la conversación por ahí­. ¿Qué padre fue Roque?

“Fue un padre muy  joven. Tení­a apenas 22 años. Los hijos llegaron muy rápido: Roque Antonio, Juan José y Jorge”, me dice Aí­da. Y siento que fue un buen comienzo.

“Nos casamos muy jóvenes, en 1955. Roque estaba estudiando Derecho en la Universidad de El Salvador y yo trabajaba, me habí­a graduado de Secretaria Comercial. Nos ayudaban mucho, la familia, su madre, su padre, mi familia también. Al principio pasamos una vida bastante tranquila y nos duró poco. Porque en ese tiempo Roque se fue para el Festival Mundial de la Juventud en la Unión Soviética, y a su regreso lo ficharon. Luego empezó a tener relaciones con el Partido y la Juventud comunistas, así­ se fue vinculando con la polí­tica.

Se destacó mucho como estudiante en la Universidad, tení­a mucho prestigio. Él siempre fue muy amigable con todo el mundo. Eso nos ayudó bastante a la hora de recibir la solidaridad de la gente. Porque fue muy difí­cil. Empezaron a vigilarnos  en la casa, y a tener problemas con la policí­a. Tení­a que cuidarse mucho. Fue capturado varias veces. Ya entonces era militante de la Juventud y del Partido.

En ese tiempo, cuando pasaba cualquier cosa en El Salvador, buscaban enseguida a la gente de izquierda. Nos registraban la casa, él tení­a que salir huyendo por los techos. Los niños muy chiquitos, no se daban cuenta de esas cosas.

íbamos de casa en casa, hasta que nos capturaron a los dos. Yo estuve cinco dí­as y él quedó como desaparecido. Conmigo se movilizaron y me tuvieron que sacar, a él no lo sacaron. Cuando salí­, corrí­ adonde él estaba preso, era una bartolina en la policí­a, y a él le dijeron que a mí­ me habí­an trasladado a la cárcel de mujeres para de esa forma desmoralizarlo.

Él se fugó de la cárcel, y el Partido tuvo que sacarlo del paí­s. Era muy difí­cil. Es en ese momento cuando nos vamos a Praga. Primero él va a México y luego el Partido decide enviarlo a Praga al frente de la Revista  Internacional. Él pidió que debí­amos unirnos a él, y así­ fue. Nos fuimos todos. Llegamos en agosto de 1965.

Estando en Praga decidimos venir para Cuba. Ya él tení­a la idea clara de irse para El Salvador. Habí­a conocido mucha gente que estaba en la guerrilla en Guatemala, todos los que pasaban por Praga llegaban a nuestra casa. Ya habí­an matado al Che estando nosotros en Checoslovaquia. Vine yo primero con los niños, en diciembre de 1967. Roque se quedó en Praga entregando el apartamento y también asuntos de trabajo. Llegó en febrero de 1968.”

La llegada a Cuba”¦

Aí­da me cuenta que en el Hotel Nacional estuvieron seis meses, hasta que el Partido (Partido Comunista de Cuba, PCC) les ofreció un apartamento. “Era muy pequeño, Roque no podí­a escribir”. Luego de un tiempo, vinimos para aquí­, y desde entonces aquí­ vivo, aquí­ despedí­ a Roque”, me dice.

Habí­amos pasado por La Habana camino a Praga. Yo era muy joven, con tres niños, me sentí­a muy afligida. Pero aquí­ la gente es muy amigable. Nos hospedaron en el Hotel Presidente. Y allí­ la pasamos bien. Roberto (Fernández Retamar) nos hací­a la visita.

Cuando regresamos definitivamente Haydee y Roberto fueron muy amables. Me sentí­ más a gusto. Pero me pasaba algo: no entendí­a cuando me hablaban, porque hablaban tan rápido, que siempre les preguntaba a mis hijos qué habí­an dicho.

Roque comenzó a trabajar en la revista Casa de las Américas y también fue invitado a ser jurado del Premio Casa. Y desde entonces esa ha sido nuestra Casa también.

Aí­da me cuenta que desde agosto de 1969 vive en este apartamento de la calle J, en El Vedado. “Aquí­ vinimos todos”.

“Era él quien se ocupaba de todo. Era él quien iba a las reuniones de padres, por eso le dieron una vez un certificado de Padre destacado”, dice Aí­da y vuelve a sonreí­r. No puedo imaginarme a Roque Dalton en una reunión de padres, en una beca. Esa fue otra batalla.

“Le dije: yo voy a ocuparme de las cosas de la casa, pero tú encárgate de los muchachos, de sus estudios, de estar pendiente de ellos. Y así­ fue”.

Me dice Aí­da que todos los domingos Roque iba a la beca a visitar a los dos hermanos mayores. Llevaban al más pequeño que habí­a quedado en casa.

“Se ocupó de velar por las amistades que tení­an. Pero no se enojaba con sus hijos, la que me poní­a enojada era yo, pero me tocaba porque habí­a que lidiar con tres muchachos, pero eran muy buenos. Roque estaba contento porque sacaban buenas notas”.

¿Cuál era su sueño con respecto a sus hijos?

“Él me decí­a que habí­a que dejar que ellos decidieran, pero les decí­a que tení­an que escoger algo que les sirviera para sus vidas”. Y lo decí­a el poeta. “Porque la herencia que les dejo es el estudio, no tenemos riquezas, tienen que aprovechar estudiar en Cuba porque aquí­ pueden hacer sus carreras, por eso yo decidí­ venir y no regresar a El Salvador”.

“Y se cumplió lo que él dijo”.

“Estando aquí­ conoció a muchos dirigentes de Centroamérica vinculados a la guerrilla. Es cuando decidió entonces que tení­a que irse, cumplir también. Y así­ fue. Era el 71. Ya en esa fecha él estaba clandestino aquí­”.

Cuando Roque se fue le dijo “Mira Aí­da, yo he representado a El Salvador, prácticamente lo han conocido aquí­ por mí­, por mis escritos. Hoy te quedas tú y debes ocuparte de eso. Y me dejó ese cargo a mí­. Hice lo mejor que pude”.

Teclas en la noche”¦.

“Le gustaba trabajar de noche. Los vecinos se quejaban de que oí­an la máquina de escribir por todo el vecindario. De madrugada, y él escribiendo. En realidad, la mayor parte de su obra la escribió en Cuba porque fue cuando tuvo tiempo para hacerlo.”

Yo le ayudaba en algunas cosas. Desgraciadamente perdimos la máquina de escribir que Haydee le regaló. Roque escribí­a mucho en la noche. Como tení­a tantas amistades, pasaba el tiempo con muchos amigos. Aquí­ en la mañana tocaban a la puerta muy temprano, a veces vení­an a desayunar con él. Le traí­an escritos para que él los revisara, también los polí­ticos. Viví­a muy ocupado, en realidad. A veces yo le reclamaba que no tení­a tiempo ni para la casa. No sé a qué hora puedo contar contigo, porque en la noche escribes y entonces yo no puedo dormir, le decí­a. Y es verdad, me tení­a que ir al cuarto de los niños para poder dormir porque con la luz encendida y el ruido de la máquina no podí­a.

Roque hací­a tiempo para todo, hasta para dormir porque era dormilón. Escribí­a mucho con los amigos. Te voy a decir una cosa. Encima de todo, de todo lo que tení­a que hacer y pensar, su casa, sus hijos, él viví­a muy pendiente de El Salvador.

A veces se poní­a muy triste, y me decí­a que la falta del paí­s para él era fundamental.

Aí­da llora y me pide disculpas. No sé qué decirle.

Fí­jate que casi toda su obra la escribí­a pensando en su paí­s, viví­a pendiente de lo que pasaba allá. Era poca la gente que vení­a de El Salvador, tení­an que dar una vuelta muy grande por Europa. De vez en cuando llegaba un intelectual y él corrí­a para ver a esas personas. Viví­a pendiente de su madre. Ella vino cuando él se fue.

Decidió irse, y yo no me opuse”¦

“Él  viví­a admirando al Che y todo lo que pasó a su alrededor, todos los movimientos revolucionarios en Centroamérica. La gente de Nicaragua querí­a que él se fuera con ellos, los de Guatemala también. Pero en El Salvador comenzaron los grupos a prepararse para la guerrilla. Yo no me opuse. Sabí­a que iba a una tarea de la cual quizá no podrí­a sobrevivir, pero no me opuse.

Se fue y se incorporó al grupo que lo mató

La última imagen”¦

Fue cuando él se fue. Fuimos a despedirnos todos, mis hijos y yo. El mayor lo visitaba mucho donde él estaba recluido, preparándose, porque Roque pedí­a muchos libros. Nunca dejó de escribir.

El aconsejó a sus hijos antes de marcharse. Les dijo que tení­an que estudiar, respetar a su mamá, a la Revolución Cubana, aprender muchas cosas. Más que todo, educarse en sus estudios.

Un caso pendiente”¦

Aún no se ha hecho justicia. Mis hijos están enfrascados en que los que quedaron vivos de ese grupo hablen. Hay dos que están implicados en el asesinato de Roque. Uno de ellos vive afuera, y el otro ocupa un puesto en el gobierno de El Salvador. Mis hijos han enviado cartas, hemos abierto un juicio para que nos digan al menos dónde está enterrado. Y no nos han querido decir. No veo ninguna esperanza.

Mis hijos, amigos, familiares, incluso gente de otros paí­ses se han interesado en el caso. A mucha gente ahora se les ha quitado el miedo y han dado bastantes testimonios a mis hijos de cómo sucedieron las cosas, de la casa donde estuvo Roque antes de que lo mataran. Han dado información de quiénes fueron, en qué lugar estaba.

No sabemos dónde está. Algunos dicen que en las cercaní­as del lugar donde un volcán tuvo una erupción y borró las huellas de un campamento que tuvo el ERP. El que ocupa el cargo del gobierno dijo que él iba a hablar pero cuando quisiera.  Mis hijos han abierto una causa en las Fiscalí­a. Mi hijo Juan José ha ido a Washington a plantear una demanda. Todo está en proceso.

Hace unos años atrás, cuando se presentó el volumen Materiales de la revista Casa de las Américas de/sobre Roque Dalton, algunos de los asistentes hablaron de su sentido del humor, de la incomprensión que generaba entre sus supuestos compañeros de lucha, quienes nunca lo entendieron bien”¦

 “Roque era muy amigable, alegre. Le gustaba hacer bromas, a veces era hasta irrespetuoso. Iba a una fiesta y lo que hací­a era juntarse con los amigos y contarse chistes. Manuel Galich era uno de los que sabí­an muchos chistes y los apuntaba en una libreta para no olvidarlos. Todo eso hací­a Roque. También era muy duro a la hora de criticar. Era un inconforme

Yo tuve mucha relación con esos grupos guerrilleros de El Salvador. Cuando vení­an a Cuba se quedaban en mi casa y empecé a observar que tení­an inclinaciones y pensamientos que no eran los nuestros. Les interesaba el maoí­smo y en esa etapa era algo que no estaba bien en la conducta de los guerrilleros. Yo le mandé a decir todo eso a Roque. Me preocupé porque veí­a cosas que no estaban bien. Que tuviera cuidado y que si podí­a, viniera. Él se dio cuenta, era un polí­tico, no era un militar. Y eso no lo comprendieron, lo acusaron de pequeño burgués, de intelectual que no le interesaban las armas. Él quiso politizar el Partido, pero a ellos eso no les interesaba, solo pensaban en la guerra.

Tuvo esa contradicción, no pegó con la gente. Hubo gente de adentro que sí­ lo apoyó, y empezaron a tener problemas también por estar de acuerdo con Roque, con lo que él creí­a que debí­a ser el Partido.

Y eso no lo entendieron. Le tení­an mucha envidia. Roque era de un pensamiento que ninguno de ellos tení­a. Fí­jate, lo acusaron de ser espí­a de los gringos, de los cubanos, de los soviéticos.”

Su muerte en una hoja suelta”¦

“La gente se enteró porque el ERP distribuyó una hoja suelta en la Universidad. Enseguida se la llevaron a mi suegra. En esa hoja decí­an que lo habí­an fusilado por traidor, por agente soviético, norteamericano y cubano. Así­ es como ella sabe de su muerte, enseguida llamó a mi familia. Mi tí­a me llamó por teléfono, porque mi suegra no podí­a hablar, aunque ella no creí­a mucho en la noticia.

“Firmaba la hoja el ERP. Yo sí­ me preocupé y no dudé porque conocí­a a la gente que habí­a venido aquí­ y ya sabí­a que Roque tení­a problemas internos. Entonces llamé a la gente del Partido (PCC) y les dije que habí­a recibido esa llamada.

Ellos me aconsejaron que no dijera nada, que podí­a ser también el gobierno que lo querí­a ubicar para saber dónde estaba. Yo no podí­a decir nada. Mi hijo mayor estaba conmigo cuando recibí­ la noticia, los otros dos seguí­an becados. Me pidió que no les dijera nada a sus hermanos cuando vinieran de pase ese sábado, hasta que supiéramos la verdad. Y así­ fue. Nos tragamos eso y no les dijimos nada. Ellos no se dieron cuenta. Cuando regresaron a la semana siguiente, entonces fue que pude decirles lo que habí­a pasado.

“El Partido vino aquí­ y me lo confirmó.”

“Fue un 10 de mayo, fecha que se celebra en Centroamérica y en México el Dí­a de las Madres. Hasta eso hicieron”.

Nos damos cuenta de que este año, en que se conmemoran los 40 de su muerte, la misma edad que tení­a cuando lo asesinaron, en Cuba el segundo domingo de mayo, Dí­a de las Madres, cayó 10.

“Lo que nos ha quedado es seguir luchando para que se haga justicia. No queremos venganza. Solo queremos saber dónde está enterrado y que nos digan, sí­, es cierto, lo matamos y lo enterramos en tal parte. Estamos luchando por eso.”

Aí­da me pide que apague la grabadora. No está segura de que sea conveniente hacer pública su opinión sobre cómo se ha manejado el proceso por el asesinato de Roque. Aun así­ no pierde las esperanzas. En la sala del apartamento, Roque no se ha ido, acompaña a sus hijos pequeños en fotos minúsculas y grandes. En una aparecen los cinco acompañados de Miguel Mármol, histórica figura a quien Roque dedicó una extensa investigación [2]. Es un parque de Praga, debe ser verano, llevan ropas frescas y ligeras. Es una foto de familia, podrí­a parecer igual a muchas en cualquier sala de cualquier apartamento.

__

[1] 1962: El turno del ofendido;   1963: Los testimonios; 1966: Los pequeños infiernos
[2] Miguel Mármol. Los sucesos de 1932  en El Salvador, Fondo Editorial Casa de las Américas, 1983.

Ví­a: La Ventana.

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