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miércoles, 04 de agosto del 2021

Rockeros en La Luna

La Luna era un restaurante en que se presentaba en vivo grupos de música, teatro, danza y poesí­a, generalmente los espectáculos eran de miércoles a sábado. El público dependí­a del tipo de espectáculo: cuando tocaba una buena orquesta de salsa, llegaban muchachos y muchachas de la clase media, que normalmente se divertí­an en lugares de la Colonia Escalón; cuando habí­a teatro y poesí­a la mayorí­a de los asistentes eran personas de más de cuarenta años. En la época en que yo frecuentaba este lugar cultural, estaba situado en la Urbanización Buenos Aires, Calle Berlí­n #228, San salvador, donde ahora está la Buho´s Pizza, frente al puesto de la PNC. Después de que falleció mi esposa, yo pasaba en ese lugar de las siete a las diez de la noche, todos los dí­as de la semana, cuando habí­a alguna presentación artí­stica participaba activamente con aplausos y comentarios, en el resto de los dí­as me dedicaba a leer cuentos y novelas, ya que en ese lugar habí­a una pequeña biblioteca bastante surtida que disfrutábamos los amigos personales de la dueña.

Me llamaba la atención ver que casi todos los dí­as llegaba un joven escritor, se sentaba en la misma mesa, preferentemente sólo para observar y escribir, luego supe que era Horacio Castellanos Moya; varios años después me di cuenta que estaba escribiendo la novela El Asco, en la cual hace uso de la crí­tica mordaz para señalar algunos rasgos culturales de la sociedad salvadoreña; ese libro trata de las supuestas impresiones del autor al conversar con un antiguo compañero de colegio, que vivió en Canadá y que tuvo que regresar a El Salvador para enterrar a su madre. A La Luna, llegaban muchos artistas e intelectuales, varios de ellos con pensamiento de izquierda, estas personas generalmente recibí­an un trato preferencial y descuento en el consumo de bebidas alcohólicas y comestibles.

Durante una época, La Luna programó en la tarde de los sábados, la presentación de tres a cuatro grupos de rock pesado, atrayendo a jóvenes de ambos sexos que se deleitaban con este género musical. Yo era un caso raro entre los asistentes a estos conciertos, especialmente por mi vejez y porque llegaba con mi vestuario cotidiano, propio de un profesor universitario, mientras que el resto lo hací­a luciendo prendas de vestir de color negro y mostrando orgullosamente sus perforaciones (pirsin), aretes u otras piezas de joyerí­a. Una de esas tardes yo estaba sentado en una mesa al lado del escenario, con una amplia visión del resto del local; en una mesa cercana estaban cuatro jóvenes vestidos cotidianamente, posiblemente eran estudiantes universitarios; uno de los meseros llegó y les decomisó una botella de ron, que habí­an internado en forma clandestina, los muchachos se quedaron para escuchar el resto del concierto sin consumir bebidas alcohólicas; llamé al mesero y le dije que sirviera a esos muchachos cuatro tragos de ron y que los cargara a mi cuenta; los muchachos se sorprendieron cuando les llevaron las bebidas, argumentando que ellos no las habí­an pedido, el mesero les explicó y señaló con su mano hacia la mesa en donde yo estaba sentado; los muchachos probaron las bebidas, luego se levantaron para ir a darme sus agradecimientos. Unos meses después fui a escuchar un concierto de rock a la ciudad de San Martí­n, llegué un poco tarde y estacioné mi vehí­culo a varias cuadras del local; como a las nueve de la noche, cuando finalizó el toque, estaba caminando hacia donde habí­a dejado mi automóvil y me asaltaron cuatro mareros; cuando estaba entregándoles mis posesiones, uno de ellos dijo que me devolvieran todo, porque yo era el “tí­o” que los habí­a invitado en La Luna; ellos se disculparon, para quitar el mal sabor de esa noche yo los invité a unas cervezas, que compramos en una tienda cercana y las bebimos en las gradas de un almacén que ya estaba cerrado, la conversación fue sobre el rock pesado y los grupos musicales más conocidos, luego me escoltaron hasta el lugar en que habí­a dejado estacionado mi vehí­culo.

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