Trump, Putin, Netanyahu: Amnistía Internacional llama a resistir frente a los líderes “depredadores”
Por Alonso Rosales
El más reciente informe de Amnistía Internacional no deja espacio para ambigüedades: el mundo atraviesa una peligrosa regresión moral y política, impulsada por líderes que han hecho de la fuerza, la intimidación y el desprecio por el derecho internacional su principal herramienta de poder. Señalar directamente a figuras como Donald Trump, Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu no es un gesto retórico, sino un diagnóstico alarmante de la deriva global.
El informe no solo acusa; desnuda una realidad incómoda: la cobardía de buena parte de la comunidad internacional. Mientras estos líderes consolidan estrategias de dominación basadas en la violencia, la represión y la imposición, otros gobiernos —especialmente en Europa— han optado por la pasividad, el cálculo político o el silencio cómplice. No es simplemente una falta de acción, es una renuncia deliberada a los principios que supuestamente sostienen el orden internacional desde 1945.

Lo más inquietante es la normalización de lo inaceptable. Según el informe, acciones como ataques extrajudiciales, represión interna brutal o campañas militares con consecuencias devastadoras para civiles ya no generan la respuesta firme que deberían. En el caso de Israel, la acusación de continuar un “genocidio” en Gaza, aun tras acuerdos de alto el fuego, expone una fractura ética profunda en la política global. No se trata solo de un conflicto, sino de la incapacidad —o falta de voluntad— de detenerlo.
Por su parte, Estados Unidos, bajo la administración de Trump, es señalado por socavar décadas de avances en derechos humanos, particularmente en materia de derechos de las mujeres, además de actuar unilateralmente en el escenario internacional. La coincidencia ideológica entre Trump y Putin, descrita como una visión “racista y patriarcal”, revela una convergencia peligrosa que trasciende fronteras y redefine alianzas.

El problema no termina en estos tres nombres. El informe también expone atrocidades en países como Myanmar y Sudán, donde la violencia contra civiles alcanza niveles atroces. Sin embargo, el foco sigue siendo claro: cuando las potencias globales actúan sin restricciones, envían un mensaje inequívoco al resto del mundo: todo está permitido.
Aun así, hay destellos de resistencia. Desde trabajadores portuarios que bloquean envíos de armas hasta ciudadanos que desafían políticas migratorias injustas, la sociedad civil emerge como el último bastión frente a la inacción estatal. Pero confiar únicamente en estos esfuerzos es insuficiente. La responsabilidad recae, inevitablemente, en los gobiernos y en las instituciones internacionales.
La advertencia de Agnès Callamard es clara: estamos en un punto de inflexión. Lo construido en las últimas ocho décadas —derechos, tratados, mecanismos de justicia— está en riesgo de colapsar. Y si cae, no será por accidente, sino por omisión.
La historia ha demostrado que el apaciguamiento frente a líderes autoritarios no evita conflictos; los agrava. La pregunta ya no es si el mundo enfrenta una crisis, sino quién está dispuesto a enfrentarse a ella. Resistir no es una opción heroica: es una obligación urgente.


