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viernes, 30 de julio del 2021

RELATO | El juicio sumario de Vladimir

Basado en un hecho real

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-Ustedes no son más que unos hijos de puta bien hechos ““con esas palabras, pronunciadas despacito, con calma, pero con un odio profundo, comenzó Vladimir su alegato de defensa, aunque él mismo sabí­a que ya estaba condenado a muerte.

El juicio sumario se celebraba en una casa de seguridad del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una organización polí­tica militar de El Salvador, a finales de los años 70.

Ante el acusado, esposado de pies y manos, estaban los miembros de la dirección de esa organización guerrillera, la más violenta y militarista de la época. Estaban en un cuarto de paredes blancas, sin ninguna ventana, en medio de esa casa ubicada en una zona bástate exclusiva de la capital. Un solo foco, algo amarillento, alumbraba el recinto.

Le habí­an dicho que tení­a cinco minutos para defenderse de las acusaciones de falta de ética revolucionaria que le habí­an imputado. Esa era una especie de broma retorcida de mal gusto, pues sus mismos captores no tení­an ni los más mí­nimos principios revolucionarios que pregonaban, al llamarse en sus publicaciones clandestinas seguidores del Che Guevara o Carlos Marighella.

Tras volver a pasar su potente mirada sobre las caras serias y silenciosas de sus jueces, algunos de ellos mucho más jóvenes que él, Vladimir siguió hablando en su tono de voz cí­nico y directo:

-Me van a matar después de que me utilizaron a su antojo por tantos años. Me decí­an: Vladimir, hace esto, Vladimir, hace lo otro, y yo allí­ iba y hací­a lo que ustedes me decí­an, sin hacer preguntas y solo siguiendo sus órdenes”¦ porque eso era lo más importante: siempre cumplir las órdenes dadas por un jefe militar”¦ y lo peor de todo es que ustedes mismos me premiaban por mis acciones, me decí­an bien hecho, eres un gran revolucionario”¦

Se detuvo un momento. Volvió a ver al joven armado que tení­a al lado y le indicó con un movimiento de cabeza que le secara el sudor de la frente, que ya le estaba inundando los ojos. Escupió despacio al suelo, y prosiguió su defesa:

-Y ahora me van a matar precisamente por lo que hice siguiendo sus órdenes, me van a fusilar simple y sencillamente para darles una muestra a los otros movimientos guerrilleros de que ustedes ya cambiaron, que ya no son los mismos locos asesinos de antes y a mí­ me van a echar el muerto encima, me van a echar toda la culpa, incluida el asesinato del poeta Roque Dalton, al que tú mismo asesinaste, Joaquí­n.

Joaquí­n, el jefe máximo de la organización, lo miraba seriamente, las  palabras de Vladimir lo enojaban, lo enfurecí­an, le hací­an temblar sus manos finas y tensionar su enorme quijada, porque bien sabí­a que eran verdad. Casi lo mismo sucedí­a con el resto de los presentes, quienes se moví­an incómodos sobre sus sillas, ansiosos porque el acusado terminara de hablar.

Vladimir habí­a pertenecido, desde la fundación de la guerrilla, a la misma camarilla de la dirección que ahora lo juzgaba y que pocos dí­as atrás lo habí­a destituido como jefe militar de su columna  guerrillera.

A Vladimir le decí­an El Vaquerito porque siempre andaba armado y era intrépido en su accionar. Pero, sobre todo, era un asesino patológico, un tipo que habí­a perdido la cabeza. Le tení­a un odio inmenso a José Napoleón Duarte, el lí­der de la oposición polí­tica de la dictadura, porque lo consideraba el principal obstáculo para el crecimiento y triunfo de la guerrilla. Además, Vladimir tení­a un profundo odio contra los miembros de la Guardia Nacional, los mismos que  habí­an asesinado a sus padres frente a él, cuando aún era un pequeño niño de seis años, que viví­a en una zona marginal en las afueras de la capital.

-Ustedes son ingenuos -continuó diciendo Vladimir-. Están confundidos”¦ Creen que se van a salir con la suya, pero al final se sabrá la verdad y ustedes serán juzgados por mi asesinato y por los cientos de asesinatos más que mandaron a hacer”¦ porque si en realidad cometí­ barbaridades, las hice bajo su venia: por eso me dan asco, no son  lo suficientemente hombres para aceptar lo que hicieron ““dijo, antes de  volver a escupir al suelo, un poco estremecido por su convulsión interior. Se sentí­a inútil, reducido, enjaulado”¦ todo lo contrario a su naturaleza criminal”¦ bien hubiera podido matar a todos los que estaban allí­ con sus propias manos, pies y dientes”¦ si tan sólo tuviera una oportunidad”¦

Afuera de la casa donde estaban reunidos, la noche era hermosa”¦ serena, fresca, estrellada”¦

-Y se dicen llamar revolucionarios, hombres nuevos, pero son iguales de mierda que los ricos y militares que yo he combatido.

Joaquí­n  ya no aguantó más. Se levantó de su silla, rápido, y se acercó al acusado. Se miraron por un segundo a los ojos. Luego se le acercó al oí­do y le dijo: “Tienes toda la razón, Vladimir. Fuiste un instrumento fundamental para el entrenamiento de nuestros cuadros, pero ahora ya no nos sirves”¦ Al menos vete con la satisfacción de haber cumplido un papel  importante en el nacimiento y consolidación de esta organización. Esta no es una decisión personal, es una decisión polí­tica, pero tú eres demasiado estúpido para entender la diferencia”¦”

Luego se volteó y  le dijo a los demás: “Se acabó el tiempo”. ¿Para qué andar con tantos formalismos, si esto ya está bien cocinado?, pensó y entonces tomó su pistola nueve milí­metros, le puso el largo silenciador y allí­ mismo, sin  decir nada más, le pegó un tiro en la cabeza a Vladimir, cuya sangre caliente comenzó a esparcirse como chorro enloquecido en aquella pequeña  habitación de paredes blancas, ahora manchadas de rojo escarlata.

La  muerte, o, mejor dicho, el asesinato de Vladimir, en efecto marcó un cambio de la polí­tica militarista y violenta del ERP, que luego, durante  la guerra, se convirtió en una de las fuerzas más grandes y audaces de la unión guerrillera, del FMLN, pero ahora, sus lí­deres históricos están  viejos y no pueden dormir tranquilos. Todas las atrocidades que cometieron regresan a asustarlos por noche, en medio de la oscuridad de sus opulentas mansiones o casas miserables, dependiendo de cómo le fue a  cada uno de ellos después de la piñata del final de la guerra.

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Fotografí­a de portada: Giovanni Palazzo.

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