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lunes, 02 de agosto del 2021

Recordando a una protagonista después de 73 años de la caí­da del Martinato

Al igual que las mujeres metapanecas que destacaron en los sucesos previos a la Independencia (1821), Graciela nació en el mismo departamento, pero en la ciudad de Santa Ana, el 13 de enero de 1920. Y murió en San Salvador el 21 de octubre de 2001.

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Una mí­nima reseña biográfica

Fue maestra normalista con una amplia actividad para beneficio del gremio y de la educación salvadoreña. Asimismo, pese a la carga de sus múltiples ocupaciones, incursionó en la literatura y en 1994 obtuvo un reconocimiento en el III Concurso Laboral Iberoamericano de Cuento y Poesí­a, organizado por la Caja de Compensación "Javiera Carrera", Valparaí­so, Chile.

Escribió cuento y poesí­a. Sus versos con matices bucólicos no escaparon del fuerte influjo social, quizás influida por la poesí­a del Grupo SEIS o por la misma vivencia agobiante que fácilmente se trocaba en trenos y protestas. Pero, además, Graciela desarrolló una destacada labor al lado de varias mujeres y se ubicó en la historia como cofundadora de la Liga Femenina Salvadoreña, cuyos detalles ha dejado plasmados en su libro El proceso histórico y mis memorias que concluyó hacia 1990.

El fallido Golpe de Estado de 1944

Con interesantes detalles sobre personajes, sitios y momentos de tensión social, Graciela narra los sucesos que culminaron con la renuncia de Maximiliano Hernández Martí­nez o el Gral. Martí­nez como todaví­a se le recuerda.

Tras mencionar los héroes de la gesta del 2 de abril, describe cómo el entonces bachiller Humberto Romero Alvergue recogió muertos y heridos de las calles de San Salvador en su carro "fantasma", con el amparo de una bandera de la Cruz Roja Salvadoreña que habí­a conseguido. Y luego agrega:

"(…) En Santa Ana se enrolaron más de 300 jóvenes; vení­an por la carretera, cuando a la altura de San Andrés, departamento de La Libertad, los emboscaron y fue una dolorosa mortandad. No tení­an entrenamiento, sólo corazón. Las únicas radiodifusoras que habí­a eran la YSP y la YSR; fueron tomadas por Arturo Romero, Crescencio Castellanos Rivas, Ulises Flores, Manuel de Jesús Mena, el Chino Jiménez C. (abogado), desde donde se transmitieron patrióticos discursos (Y aunque Graciela no la menciona, también se sabe que en ese grupo participó la recordada escritora Matilde Elena López).

Cuando Piche Menéndez y Aguilar Rivas hicieron disparos magistrales contra El Zapote, se silenciaron las baterí­as que estaban destruyendo el VI Regimiento; mientras la Policí­a volaba en pedazos. Tras una jugada marrullera de Martí­nez, izaron las banderas blancas la Guardia Nacional y El Zapote. Los revolucionarios interpretaron que se trataba de una rendición y se prepararon para parlamentar. El Cuartel 1o. de Infanterí­a izó su bandera blanca. Ya pacificados los agarraron por varios flancos a los revolucionarios, los encontraron desprevenidos y fueron dominados.

Vinieron los juicios sumarios siendo condenados a muerte todos los militares revolucionarios y algunos civiles (…)".

En  los dí­as que siguieron el pesar embargó a toda la población y aunque persistí­a la idea de derrocar al brujo de las aguas azules entre los sectores y grupos progresistas, el terror impuesto por la dictadura no permití­a concebir la acción polí­tica que resultara más viable.

La idea de una huelga de brazos caí­dos

Componiendo el mundo  era un grupo casi secreto de estudiantes universitarios al que pertenecí­an: Humberto Romero Alvergue, David Hernández Echegoyén, Mario Estrada, Jorge Alfaro Jovel y Graciela Mancí­a, entre otros. Se reuní­a frecuentemente para comentar sobre la lectura de libros y reflexionar sobre la realidad, pero uno de esos dí­as, bajo la atmósfera de represión, recordaron que el autor costarricense Vicente Saénz en su libro Rompiendo cadenas, exponí­a una experiencia de huelga general en Latinoamérica y con resultados excelentes.

Así­  lo dice doña Graciela: "(…) Una ráfaga de luz iluminó nuestras mentes  y corazones y dijimos casi simultáneamente: ¡Eureka! esa es la solución  que buscábamos y se inició la planificación para luego trasladarla a la  Universidad (…)".

Y más adelante, agrega:

"(…) Media vez organizada la Huelga General de Brazos Caí­dos de la Universidad pasó  a los otros sectores laborales y sociales con una rapidez vertiginosa.

El  5 de mayo de 1944 se cerró la Huelga General. Primeramente salimos grupos de mujeres de todas las clases sociales a persuadir a los almacenistas y dueños de fábricas para que suspendieran labores y botar al enemigo común y accedieron. El capital respondió al llamado.

Toda  actividad se habí­a paralizado. La gente andaba estoicamente aguantando hambre. Se hicieron comisiones para conseguir dinero y provisiones.

El  8 de mayo sucedió un hecho lamentable y providencial. ¡Nunca habrá paz mientras sigan cayendo mártires! Surgió un mártir inocente hijo de una familia acaudalada y norteamericana, quien les dijo: "Nosotros sólo estamos conversando como amigos, somos estudiantes de secundaria y no estamos haciendo nada malo", cuando fueron interrogados por policí­as. "Ya aprenderán a no reunirse en Estado de Sitio", y acto seguido lo ametrallaron (…)".

Aquel joven mártir resultó ser José Wright Alcaine, pero dicho incidente, según otros autores, ocurrió el dí­a anterior, pues el 8 de mayo a primeras horas de la noche desde la cabina  de YSP La Voz de Cuscatlán, y tras una supuesta presión por parte del embajador estadounidense, el dictador comunicó su renuncia e hizo estallar en júbilo a la mayorí­a de la población. La huelga general de brazos caí­dos habí­a triunfado.

Surge la Liga Femenina Salvadoreña

“(…)  Una joven menor de edad, en Santa Tecla, fue atacada por quince furibundos ebrios, no sabemos si endrogados, y la violaron golpeándola hasta dejarla en paso de muerte.

Nos reunimos varias señoras para discutir con toda seriedad y humanismo tan grave problema social. Es bien sabido que cuando una acción descomedida sucede en el ambiente, son  repetidas por los mediocres y los psicópatas. Entonces, tení­amos que ponerle paro a otro desaguisado y debí­amos ampararnos en nuevas leyes para proteger a la Mujer y al Niño (…)".

Así­ resume doña Graciela el motivo que impulsó a un grupo de mujeres a fundar la Liga Femenina Salvadoreña, en una reunión que tuvo lugar en las instalaciones  del Liceo 14 de Abril de la ciudad de San Salvador, el 20 de mayo de 1947. En el acto de fundación se dieron cita: Ana Rosa Ochoa, Rosa Amelia Guzmán (despúes de Araujo), Marí­a Solano v. de Guillén, Tránsito Huezo Córdova de Ramí­rez, Laura de Paz, Ada Gloria Parrales, Lucila de González, Clara Luz Montalvo, Graciela Mancí­a de Alfaro Jovel, Marí­a Cruz Palma (después de Yáñez), Luz Cañas Arocha, Faustina Villegas, Soledad de Rivera Escobar, Salvadora de Marroquí­n, Marina de Barrios, Olivia Montalvo y Estebana Perla.

Posteriormente se incorporaron a la Liga Femenina Salvadoreña otras mujeres, según lo detalla doña Graciela, quien después dice:

"(…)  Desde la fundación de la LFS, planificamos nuestras metas; todas eran difí­ciles de alcanzar pero estábamos resueltas a llegar.

Conseguimos  primeramente la personerí­a jurí­dica para lo cual tuvimos que redactar los estatutos y luego gestionar que fueran aprobados. El segundo objetivo fue conseguir los derechos ciudadanos de la mujer para que pudiera votar. Estos derechos habí­an sido aprobados teóricamente por el Representante de El Salvador en la Conferencia de San Francisco, el 25 de abril de 1945.

La LFS le expuso al Dr. Reynaldo Galindo Pohl, diputado de la Constituyente que promulgó la Constitución de 1950, que hiciera suya la ponencia de conceder los derechos ciudadanos a la mujer.  El aceptó gustoso tal iniciativa de Ley. Ya en plenaria hubo muchos debates, unos acalorados, otros conscientes; después de enjundiosas deliberaciones aprobaron los Artí­culos 24, 21 y 22 del Tí­tulo III, por los cuales se concede a la mujer la ciudadaní­a y su derecho de ocupar cualquier puesto público en el paí­s. (…) Su aprobación fue el 26 de junio de 1950 (…)".

En adelante, la Liga Femenina Salvadoreña obtuvo otros logros, pero esos los revelarí­a El proceso histórico y mis memorias, libro que al parecer todaví­a no ha sido publicado y cuya autora es Graciela Mancí­a v. de Alfaro Jovel (QED).

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