En la operación anticorrupción que se libra en El Salvador, al igual que el carterista de barrio, el corrupto intercepta el botín, salta el muro y barajusta calle abajo en busca del atajo que lo lleve hasta un lugar seguro, pero, en la guinda, el fiscal asignado ahora sí corre tras él. El corrupto dobla en la esquina sobre el callejón y, con el aliento del fiscal encima de la nuca, tropieza y cae.
Una vez aprendido, el corrupto no confiesa su delito, nunca acepta haber cometido ningún acto de corrupción. Se siente inocente como una blanca paloma en un palomar. Su primera reacción es que hay alguna “confabulación” en su contra para desprestigiar su imagen y su gestión.
Por muy claras y contundentes que sean las pruebas, el corrupto negará las evidencias, rechazará los hechos, y siempre respirará el aire de su inocencia y creerá concienzudamente que el mundo conspira contra él.
El corrupto dará una versión sólida sobre su gestión y alegará ser víctima de alguna persecución política de parte de sus adversarios. En el psique del corrupto, no existe prueba válida contra él, solo un complot, un complot cuidadosamente diseñado por sus enemigos para hacerlo caer.
El corrupto alegará envidia, odio, desquite, engaño, trampa, deslealtad. Pedirá públicamente que se le acuse, por todos los pecados del mundo, excepto por haber cometido algún ilícito. El corrupto denunciará que ha habido vicios en el proceso, rechazará el sistema de justicia que le imputa los cargos y denunciará las profundas violaciones de sus derechos como ciudadano.
El corrupto acusará a los medios de dar noticias falsas y tendenciosas y repetirá una y otra vez que tiene la “conciencia tranquila.”
El corrupto llegará a la casa por la noche y dirá a su mujer, que no se preocupe, que tiene todo bajo control, porque es totalmente inocente de los cargos que se le acusa. Por la mañana, el corrupto restará peso a la alarma de sus suegros y cuñados, y les pedirá una vez más que depositen en él un último voto de confianza para esclarecer el caso.
El corrupto dirá a sus hijos que todo saldrá bien, porque él ha obrado bien, que son los demás los que están obrando mal en contra de él y de su familia.
El corrupto arremeterá contra jueces, fiscales, testigos, periodistas, comentaristas, ex colaboradores y todo aquel amigo que crea en las evidencias del caso para apuntalar a cualquier precio su inocencia.
En su tozudez, el corrupto no acepta que a lo mejor se equivocó y no asume que probablemente su inocencia solo es un espejismo fluctuando en el líquido al interior de su cerebro, como producto del trastorno psíquico y emocional que le ha causado el caso.
(*) Columnista salvadoreño en Washington, DC.