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jueves, 29 de julio del 2021

Primarias: purga necesaria para clase polí­tica

Polí­tica es algo diferente para cada individuo.  Son cientos de acepciones que nos dan los diccionarios y otros conceptos originados en las palabras de polí­ticos famosos e infames. Pase tres años de cátedras en ciencias polí­ticas y teorí­a del estado en la Universidad Nacional de El Salvador con catedráticos graduados en la URSS, durante los años de represión polí­tica. Tengo aún mucho respeto por mis maestros de la UES de Santa Ana, porque me dieron la base teórico-polí­tica y filosófica. Sin embargo, es la definición que me dieron en mi primera clase de Ciencias Polí­ticas en la Universidad del Distrito de Columbia la que aplica para analizar la tragedia de la clase polí­tica, y la clase media en El Salvador y resto de América Latina. Y esa definición es en inglés: “who gets What” o sea “Quien Corta el Bacalao” como me lo tradujo un puertorriqueño — o sea que el enriquecimiento ilí­cito es parte del “arte de lo posible”. Eso explica que algunos militantes funcionarios,  se inclinen por darle licitaciones a grandes empresas, en vez de los sastres y zapateros por no tener capital.

Tanto la sociedad salvadoreña, como otras, acepta la condición delictiva inherente al manejo del erario público. Hay un dicho que nos recuerda Leonardo Heredia en su legado: “el que de polí­tico no se compone, es por puro pendejo”.  Lo altamente diseminado por las redes sociales de la descarada malversación de fondos del estado, el derroche y lujuria de algunos funcionarios públicos y el alto número de casos de enriquecimiento ilí­cito de estos en los tribunales ha llevado a las instituciones del estado salvadoreño al más alto grado de desprestigio.  La población no siente el más mí­nimo respeto por los tres órganos del estado.  Hasta el mismo órgano judicial ha caí­do en la más baja reputación, lo cual está volviendo cí­nica, alienada e indiferente a la clase media que otrora fuera en el paí­s su más vocal proponente de una modernización del estado.  Hoy dí­a, la clase media salvadoreña en su desdeño por sus connacionales y el estado mismo, aboga por la intervención internacional, la privatización de los recursos del estado, incluso los fondos de sus propias pensiones de retiro. Las comodidades que dan la tecnologí­a y la infusión de dinero sudado por otras personas en otros paí­ses, o simplemente de dudosa procedencia, han hecho creer a una gran parte de la clase media salvadoreño que son burguesí­a pura y que deben protegerse de un estado que derrocha sus impuestos en servicios sociales y en salarios inmerecidos.

Además del desprestigio que les han dado sus desaciertos y la probada corrupción de sus funcionarios, los partidos polí­ticos han caí­do en una inhabilidad de producir sus propios candidatos y en la necesidad de forzar la lealtad de sus miembros a través de leyes como la ley contra tránsfugas, para retener a sus miembros cuya deserción es cada vez más frecuente.  Pero este deterioro, ni es nuevo ni irreparable, ya que se debe a la falta de democracia interna que sus dirigencias han instituido al interior de sus filas y a la que sus bases se han acostumbrado. La representación de candidatos sin militancia partidaria en las elecciones presidenciales de los partidos ARENA y FMLN no es suerte que haya traí­do una ave de mal agüero, sino resultado de la falta de procesos de funcionamiento que le den vida útil y no utilitarista a sus partidos.

¿Serí­a aceptable asumir, que los candidatos de fuera del partido son más confiables?  En los casos de Mauricio Funes y Antonio Saca que se erigieron en lí­deres sin haber sudado la camisola partidaria, mientras los que han hecho mérito intrapartidario no tuvieron el liderazgo ni apoyo suficiente para candidatearse, el único factor sobresaliente es su capacidad como comunicadores. Este fenómeno no solamente ocurre a nivel nacional, ni es exclusivo de El Salvador, muchos candidatos a alcalde también han surgido de fuera de los partidos que los llevaron al poder en sus respectivos municipios. EEUU, modelo de la democracia occidental, eligió a un presidente sin militancia ni práctica polí­tica alguna. Es simplemente un conflicto sui generis de la clase económica a la que representan dichos partidos en estos paí­ses. Dicha clase determina “Who gets What” o “Quien corta y reparte el Queso”, para ser más especí­ficos.

Pero no siempre la cura tiene que ser peor que la enfermedad. En estos dí­as, tanto los partidos grandes como los pequeños están enfrascados en acusaciones de corrupción y traición desde fuera y dentro de su misma militancia. En el FMLN los ataques intrapartidarios han llegado a tal grado que están a punto de interrumpir y hasta impedir las futuras candidaturas a la alcaldí­a de la capital y por supuesto estropear las de la presidencia. La aseveración de Nayib Bukele de que no hay presidente en El Salvador sino un politburó y la sugerencia de que el edil consume drogas por la ex-presidente de la Asamblea Legislativa Lorena Pena, están a punto de provocar la renuncia de Nayib a su candidatura a alcalde y a salirse del frente para crear su propio partido, lo cual no solo puede darle un gane a ARENA en San Salvador, sino en las presidenciales del 2019. Pareciera que el FMLN adolece de una enfermedad terminal.

La falta de democracia interna hace catastróficas las diferencias entre miembros de un mismo partido. Durante la guerra las diferencias en muchos casos se arreglaron con balas o simplemente con acusaciones de pertenecer a la CIA y a partidos contrarios.  Después de la negociación de la guerra, las diferencias interapartidarias se hicieron más frecuentes, pero las soluciones fueron menos dramáticas, ya que se resolvieron con renuncias y expulsiones del partido. En EEUU, el modelo de democracia que con más frecuencia citamos, los partidos polí­ticos y los lí­deres del paí­s son mucho más tolerantes que los polí­ticos de América Latina y otros paí­ses que pretenden ser democráticos. Los cambios de partido y las renuncias a los partidos no tienen mayor trascendencia, y por lo general, no hay expulsiones.  Los funcionarios públicos son tan abiertos a la crí­tica que no solo son el tema de la mayorí­a de comediantes, sino que ellos mismo se prestan a hacer una comedia en la televisión de su propia trayectoria, hábitos, deslices, escándalos y otras vicisitudes.

La situación de Arena tampoco es menos dramática que la del frente. Ellos también han tenido miembros que han sacrificado sus vidas sudando la camisola partidaria en tiempos de crisis, mientras la dirigencia acepta sin mayores consecuencias que se le imponen candidaturas desde fuera del partido, simplemente porque se trata de individuos con capacidad de pagar su propia campaña, como lo hizo Donald Trump en EEUU.  Por lo tanto, mi propuesta de que los partidos polí­ticos adopten el sistema de elecciones primarias para la selección de sus candidatos a todo nivel es para todos los partidos, especialmente al FMLN y ARENA en lo inmediato.

Las elecciones primarias no son solo un mecanismo para escoger candidatos, sino para formar dirigentes, conocer su militancia y el potencial electorado. El adormecimiento que ha postrado a los partidos al punto que deben buscar candidatos desde fuera es lo que ha contribuido a las deserciones, descontrol y deslealtad entre su militancia. La competencia para representar a su partido en contiendas electorales municipales, departamentales y nacionales, romperí­a con la ineptitud, parálisis y oportunismo de sus cuadros que a menudo ocupan posiciones públicas para las que no son idóneos y termina corrompiéndolos por que no sienten lealtad a nadie, porque nadie los ha elegido.  El flujo de ideas y la confrontación de perspectivas a lo interno de los partidos evitarí­an el amiguismo que ha dado lugar a la formación de mafias para obtener empleos y favoritismo entre sus filas.  La comunicación generada por la competencia interna por el liderazgo  podrí­a despertar al militante empleado que ha reducido su práctica polí­tica a vestir la camisola en eventos gubernamentales. Las elecciones primarias son la única solución a las crisis orgánicas de los partidos polí­ticos y la demás plaga de males que los partidos débiles y desorganizados traen a las instituciones del estado.

En un caso hipotético de elecciones primarias en el FMLN, los miembros potencialmente presidenciables como Nayib, Bukele, Gerson Martí­nez, Hugo Martí­nez, Norma Guevara y Medardo González, no tendrí­an que conspirar uno contra el otro, sino organizar cada quien su equipo que le ayude a elaborar una agenda y presentar su trayectoria y visión a toda la membresí­a del partido.  Un proceso de democracia interna acabarí­a con ese vací­o de ideas, porque obligarí­a a los candidatos a comunicar su pensamiento a sus miembros y someterlo a escrutinio polí­tico entre propios antes de llevarlo a competir con la agenda de partidos adversarios.

ARENA también se beneficiarí­a de elecciones primarias, porque darí­a la oportunidad tanto a sus financistas Callejas y Siman, como a los cuadros que han hecho méritos para representar a sus partidos en una contienda presidencial, lo cual los fortalecerí­a. No es democrático seleccionar candidato solo porque tiene o ha tenido la capacidad de hacer dinero. El solo hecho de haber revitalizado el centro histórico y mejorar los mercados y guarderí­as no deberí­a ser suficiente para elegir a Nayib, como tampoco todas las carreteras de tres pisos en Antiguo Cuscatlan, en Santa Tecla y en el occidente de San Salvador deberí­an ser razones para elegir a Gerson, ni solo la sobriedad y moderación con la que Hugo Martí­nez ha mantenido la relación con EEUU, Taiwán y la OEA. Tampoco son razones que se elijan candidatos solamente por su abolengo o jinetas. Todos deben demostrar que tienen visión, perspectiva y agenda para El Salvador.

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